Pequeños milagros conductuales: Exposición con prevención de respuesta, desrealización, despersonalización y TOC.

Abelardo Canalejo Quiles. 31ª promoción Master psicología clínica.

Me gustaría relatar un caso que tuve hace unos meses, alrededor de seis. Considero que es interesante porque refleja bien las vicisitudes y las circunstancias que se dan en la práctica clínica diaria, las cuales hacen invitar a la reflexión sobre cuestiones no sólo metodológicas, sino también paradigmáticas, entrando de lleno en las cuestiones básicas que fundamentan los paradigmas en psicología. Es un tema importante teniendo en cuenta que tal y como el conocimiento es estructurado podemos llegar a comprender de manera correcta los fenómenos psicológicos que estudiamos. Antes de entrar en este tipo de cuestiones me gustaría describir el caso.

El cliente es A., un joven de treinta años, que acude a consulta porque le pasan varias cosas que en principio no sabe describir muy bien. Así que cuando es preguntado empieza a contar lo siguiente. Cuando tenía trece años, uno de sus primos, de tan sólo diecinueve, estando todos en familia, se lleva la mano al pecho y le dice a su padre (el padre del primo, no de A.) que no se encuentra bien. El primo se levanta y se aproxima a su padre, con la mano en el pecho, diciendo, no me encuentro bien, varias veces, mientras se va acercando cada vez más a su padre. Al decir por tercera vez no me encuentro bien, cae sobre el hombro de su padre, fulminado, muriendo en ese instante. A. dice que ese hecho le marcó mucho, pero que no fue lo único que sucedió que lo marcó fuertemente. En los siguientes tres años, mueren de muerte súbita, su abuelo, su tío y su tía. Algo que influyó mucho en él, aunque comenta claramente que la muerte que más le marcó fue la de su primo. Cuando se le pregunta porqué más la de su primo que las otras muertes, dice que no lo sabe, pero que lo dejó muy marcado y muy impactado. La causa de las muertes es desconocida por él, los médicos no dieron con las razones por las que sus familiares fallecieron de esta manera, y comenta que no todos los fallecidos estaban unidos por lazos de consanguinidad. Su tía fallecida era política, es decir, la esposa de uno de los hermanos de su padre y no guardaba ningún tipo de relación genética ni con su primo, ni con su tío, ni con su abuelo. El hecho de estas muertes tan repentinas de sus familiares marcó a A., que desarrolló, como era de esperar, miedo a morir de repente.

Resulta necesario describir bien todo lo que le sucedía a A., pues es lo que hace tan interesante este caso. En un primer momento comenta lo que es claramente un trastorno de pánico. Cada vez que tenía algunas sensaciones físicas, A. creía que podía morir en cualquier momento. Tenía toda la sintomatología del pánico, como es la sudoración, palpitaciones, ansiedad y mareos. Además, cuando sentía estas sensaciones con sus padres y amigos, se volvía ausente. Los mareos son importantes en este caso, porque son, a mi juicio, junto con las ausencias, la causa de la afección principal de la que se queja A., que no son los ataques de pánico sino algo que él llama desconexión. Es decir, el motivo principal de la consulta es esta desconexión, que pasaré a describir más adelante, después de aclarar que los ataques de pánico ya casi no le sucedían, pues decía que había aprendido a controlarlos. Es importante precisar aquí que A. acude a consulta a la edad de treinta años, y que padece esto desde apenas trece. Con esto quiero especificar el infierno que estuvo viviendo durante diecisiete años y lo preocupante que resulta que ningún médico al que acudió comentase nada sobre que tenía ataques de ansiedad o de pánico. Así pues, durante tanto tiempo A. había pasado por muchas variaciones diferentes del mal que padecía, y decía que lo que más le hacía sufrir era la desconexión. La paso a describir a continuación.

Preguntado por a qué se refiere con desconexión A. dice que está desconectado de su cuerpo. Cuando se le pide que describa con precisión y más detalle a qué se refiere con esto relata que él nota que su cuerpo está donde está, pero su mente o su ser está más adelante, como fuera de su cuerpo. Puso el ejemplo de que ahora mismo, cuando estaba sentado en la silla de la consulta, él sabía que su cuerpo estaba en la silla pero su mente estaba como más adelante. Decía que esto era muy molesto para él y que además le pasaban otras cosas. Enseguida le pregunté a qué cosas se refería, y decía que él tenía la creencia de que no podía controlar su cuerpo, de que él era como una especie de robot, de autómata, y que no tenía el control de su cuerpo. Claro, evidentemente, me preocupé. La siguiente pregunta fue si creía que alguien o algo controlaba su cuerpo, a lo que respondió que no, pero que él se sentía así. Además, en ese estado de desconexión, que era prácticamente sempiterno, le acosaban pensamientos obsesivos, del tipo, estoy loco, yo no soy normal, llegando a desesperarse y creer que su vida no tenía sentido porque era un robot, una especie de cámara de vídeo, pues tenía la sensación de que su vida era una especie de cinta de vídeo que veía pasar por delante de él sin poder controlar. Estos pensamientos le generaban mucho sufrimiento y ansiedad.

Evidentemente yo quería evaluar muy bien y hacer el análisis funcional lo más correcto y profundo posible, porque tenía miedo de que sufriera algún trastorno de tipo psicótico, aunque es cierto que esto era algo que tenía prácticamente descartado. No escuchaba voces, no veía nada extraño, no tenía delirios aunque en un primer momento las expresiones fuera de mi ser,  no controlar mi cuerpo y mi vida es una película de vídeo incitaran a pensar que podía haber algo de ello. A todo esto había que sumarle una suerte de TOC dentro del estado de desconexión que percutía su mente constantemente, y también miedo a morir, miedo a hablar de la muerte y todo lo relacionado con ella, como ataúdes, cementerios, o las caras y lugares donde habían muerto sus familiares repentinamente. Todo esto lo llevaba sufriendo nada más y nada menos que durante ¡17 años!

En este momento me parece apropiado dar más información sobre la vida de A. y elogiar la fortaleza de su carácter, pues es algo que no sólo claramente merece la pena ser contado sino que es importante para las conclusiones finales de este artículo. A. comentó que tenía cierto miedo al rechazo social porque era homosexual. Este miedo al rechazo, que realmente era una especie de mini fobia social (hay que recordar que esto para él no era apenas importante y que acude a consulta por lo mal que lo está pasando con la desconexión) estaba fuertemente condicionado por el hecho de que cuando comenta a su madre que es homosexual, hecho que ocurre cuando tenía alrededor de quince años, su madre le responde que ya puede ir cambiando porque no aceptamos estas cosas en nuestra casa, añadiendo que no le comente nada a su padre del tema. Sin embargo, comete el error de comentarlo a su abuela, la cual cree que su padre va a ser más comprensivo de lo que realmente sería. Al día siguiente de que su padre se entera de que es homosexual, entra en su habitación y nada más entrar le dice cómo es eso de que eres homosexual y le suelta una bofetada en la cara, diciendo que eso se puede quitar y que ya puede ir cambiando. Desde ese momento, su padre entraba con frecuencia en su habitación y le preguntaba cómo llevaba la homosexualidad, que si ya se encontraba mejor, como si fuera una enfermedad que tuviera cura. Por si esto no fuera suficiente, cuando fue a la universidad a estudiar derecho, a la Universidad de Alicante, en el campus, al cual acude con sus padres de visita los primeros días, el padre ve a dos jóvenes de la mano, se acerca a ellos y les dice que no hay en el campus suficientes árboles para que los cuelguen. A partir de ese momento sus padres se vuelven más controladores, porque consideran que el entorno universitario no es bueno para sanar la homosexualidad de A., hasta que A. decide que tiene que abandonar el campus y la casa de sus padres, trasladándose a Valencia, en donde busca trabajo en una conocida red de supermercados y estudia derecho (la cual terminó con muy buenas notas) mientras trabaja. Sufriendo, además, toda la sintomatología ya narrada anteriormente. Es por esto que hay que reconocer claramente la fortaleza de su carácter.

Así pues, era necesario seguir evaluando con mayor profundidad para aclarar todo. A. relata que nunca había sufrido desconexión antes de las muertes de sus familiares y de los ataques de pánico. También relata que en un primer momento la desconexión le pasaba cuando le daban los mareos de los ataques de pánico, pero que luego ya no. Estaba bastante claro que después de diecisiete años había aprendido a entrar en desconexión sin los ataques de pánico. Dicha desconexión era prácticamente perpetua, y contaba muy pocos episodios en los que no la sufriera, de hecho, le pasaba también mientras hablaba conmigo en la consulta.

Las sesiones se sucedían y yo seguía evaluando. Le pregunté si sentía ansiedad cuando se re-conectaba, a lo que respondió que no sabía cómo hacer eso, que nunca lo había hecho. Un primer ejercicio que hicimos, a manera experimental, fue que intentara meter su conciencia o ser dentro de su cuerpo, porque lo tenía siempre fuera, algo adelantado a la presencia física corporal. Hay que aclarar que él no se veía a sí mismo fuera de su cuerpo. Su conciencia era normal, él  podía mirar sus manos o las partes de su cuerpo y las sentía y veía igual que nosotros. Lo que sucedía a A. es que se veía adelantado, como fuera de su cuerpo. Es decir, su parte psicológica adelantada al lugar físico donde se encontraba su cuerpo. Así que le dije que intentara meterse dentro, a ver qué pasaba, por ver si sentía ansiedad o mareos. Lo cierto es que lo intentaba y podía hacerlo, pero duraba poco tiempo, volviendo al estado anterior y no sintiendo ni ansiedad ni mareos el tiempo que estaba conectado. Así que llegado este momento, tuve que elegir cuál era la técnica o técnicas principales que tenía que realizar para intentar sacar de ese estado de desconexión a A. El hecho de que en unos pequeños intentos de exposición en sesión no hubiera sentido los síntomas propios de los ataques de ansiedad hacía creer en un primer momento que la exposición no era útil, pues no había respuesta a la que habituarse. La principal hipótesis en este caso es que la desconexión era producto de un aprendizaje automático de su cuerpo ante los mareos producto de los ataques de ansiedad, para huir de estos mareos y del malestar. Luego el cuerpo se había habituado a estar en ese estado de desconexión, y la conciencia y percepción de ese estado había generado el TOC (¿Qué me pasa? Estoy loco. Soy una película de vídeo, etc). No obstante, al volver a ese estado, ni aparecía ansiedad, ni aparecía nada. Así que decidí probar con mindfulness.

El hecho de elegir mindfulness venía porque A. había relatado durante la evaluación que en ocasiones, cuando estaba despistado o prestando atención a otra cosa, como viendo una película, se olvidaba de su estado de desconexión. Teniendo en cuenta que se consideraba incapaz de volver a conectarse por sí mismo y que cuando hacía el esfuerzo para conectarse no se producía ningún tipo de respuesta a extinguir o habituar, consideré el hecho de realizar mindfulness para fomentar la conciencia plena y a ver si así, centrándose en determinadas partes de su cuerpo y evitando juzgar sus pensamientos, podía irse conectando con paciencia y poco a poco salir de ese estado.

Es importante decir que a A., el cual era (y es) un chico inteligente, le fueron explicados los principios de aprendizaje, los cuales aprendió y entendió muy bien, hecho que ayudó mucho a la hora de aplicar las técnicas y que su motivación por el cambio era muy alta. Hacía todo lo que se le pedía fuera de las sesiones, incluso se apuntó a yoga para intentar conectar y probar si funcionaba para salir del estado de desconexión. El yoga, actividad semanal, lo llegó a hacer en dos ocasiones. Le pedí que en ningún momento la meditación o el yoga hicieran de reforzamiento negativo, en lo relativo al TOC. Sin embargo, sorprendentemente, ni el mindfulness ni el yoga hicieron falta.

En una de las sesiones de mindfulness, intentando evaluar la hipótesis de que la desconexión era un reforzamiento negativo de los mareos, los cuales eran producto de la ansiedad, la cual estaba producida por determinados estímulos situacionales, no replicables en consulta, es decir, una hipótesis de concatenación de estímulos, A. empezó a sentir ansiedad al conectarse, algo que no había pasado hasta el momento, y fue porque le venían imágenes intrusas de muerte, específicamente la escena era que él moría.

En usas (unidades subjetivas de ansiedad) puntuaba un 8. Así que, como ya habían sido explicados los principios de aprendizaje y sus técnicas en sesiones anteriores, comenzamos sin perder ocasión una exposición en imaginación a dicha escena, hasta que llegó a 0 usas. La exposición siguió con la misma escena pero con sus padres delante, viéndolo morir, percatandonos enseguida que cuando sus padres y amigos estaban delante la ansiedad era mayor, en este caso 9.5 usas. Cuando llegó a 0 usas, se le preguntó qué más estímulos le generaban tanta ansiedad, así que pasamos por una exposición al cementerio, luego a ataúdes en el cementerio y finalmente el rostro de su abuelo muerto en el ataúd, al cual finalmente enterramos en nicho, lápida incluida. En todos los casos la ansiedad llegó a cero el tiempo suficiente. En la siguiente sesión se produjo el milagro conductual.

  1. llegó a la consulta exultante, feliz y sonriente porque aseguraba que ya no tenía absolutamente nada. Cuando se refería a absolutamente nada también incluía al TOC y a la desconexión. He llorado de felicidad, comentó. Nunca antes he estado tan bien desde las muertes, aseguró. Tuve que preguntarle qué había pasado. A. relató que como había entendido bien lo que era el reforzamiento negativo y los diferentes tipos de exposiciones, las había hecho en todas las ocasiones y circunstancias en las que se encontraba mal. Esto era algo que pensábamos hacer más adelante, pero que él hizo a motu propio. Entre otras cosas fue al cementerio él solo y se expuso hasta que la ansiedad le llegó a cero. También en las sesiones familiares y en las comidas con amigos, previa información de lo que iba a hacer por su parte a ellos. Evidentemente, A. había roto la concatenación de estímulos. Ya no se ausentaba en las reuniones con los padres (algo que también había comentado en las sesiones de evaluación y que era otro reforzamiento negativo), lo cual era el estímulo situacional que le provocaba la desconexión. Al no haber estado de desconexión, no había TOC, que era una respuesta estimulada por los pensamientos productos de la desconexión. Tampoco estaban dichos pensamientos, pues eran una respuesta del estado de desconexión. Le pregunté a A. que cuándo había hecho las exposiciones, a lo que respondió que al día siguiente de la sesión anterior, y que llevaba ya varios días sin nada. A. estaba curado. Aunque la expresión correcta en este caso sería extinto o habituado. Sigue así hasta la fecha.

Llegado a este punto me gustaría hacer una reflexión sobre metodología y sobre el paradigma cognitivo-conductual, sobre todo sobre el conductual.

La primera de ellas es el pequeño milagro que es la exposición, incluso en este caso, la exposición en imaginación. Cuesta creer que algo tan simple como la exposición pueda quitar problemas tan perturbadores como son la desrealización, la despersonalización o el TOC. Lo aquí narrado es un buen ejemplo de cómo siguiendo los resultados de los experimentos, aquellos que demuestran que las técnicas conductuales son las únicas eficaces para este tipo de problemas, son resueltos dichos problemas. Es un ejemplo de cómo se debe confiar en dichos estudios y experimentos, en la epistemología de base, como puede ser el positivismo lógico, así como en todos aquellos que hacen dichos experimentos en centros y universidades, los cuales son constantemente criticados por miembros de otros paradigmas. Esto me lleva claramente a otra reflexión.

Recordando que A. es homosexual, sus padres lo rechazaban por ello, tenía miedo a la muerte y pensaba que no estaba conectado a su cuerpo, ¿qué habrían hecho con él terapeutas de otros paradigmas, como por ejemplo el psicoanálisis o derivados psicodinámicos? Pensémoslo bien: homosexualidad, muerte, padres… ¿No es este un ejemplo más que nos confirma que el paradigma conductual es el correcto (o si no, el más correcto)? ¿Qué le habrían dicho a A. los que afirman que todo esto puede ser producto de una especie de conflicto profundo? ¿Qué le dirían aquellos que forman parte de paradigmas que afirman cosas tales como: el todo es más que la suma de las partes? ¿Quizá lo mismo que aquellos que malentendiendo la metodología afirman que la psicología conductual es reduccionista? Es importante defender lo experimental y lo empírico, y lo que se ha demostrado efectivo. Y el paradigma conductual lo es. Este caso es un ejemplo más de cómo comportamientos y problemas complejos son bien solucionados por el paradigma conductual, paradigma que llega a generar pequeños milagros que hacen la vida mejor a todos. Sobre todo a A., diecisiete años después. Pequeños milagros conductuales.

ADOLESCENCIA Y COVID-19

Blanca Hortal Miguel. 31ª Promoción. Máster en Psicología Clínica. Cetecova.

Mi interés por escribir este artículo parte de la necesidad de poder aportar datos, desde mi práctica profesional actual, que apoyan el origen de ciertos estados emocionales como la depresión y la ansiedad y los factores de mantenimiento que presentan mis clientes adolescentes en esta situación de pandemia. Son factores vitales y que, tan excelentemente nos han enseñado a detectar Carmen Pastor y Juan Sevillá en el Máster; factores como la pérdida de reforzadores debido a la aparición de un cambio en la vida de la persona, a las posibles rupturas de cadenas conductuales o al aumento en la cantidad o la calidad de la aversión y que juegan un papel tan importante en la depresión; o como en el caso de los trastornos de ansiedad, cuyo origen puede ser motivado por el efecto de eventos diarios y de estresores. Al mismo tiempo, quiero exponer la situación y las condiciones vividas por los adolescentes en sus diferentes roles.

Los adolescentes como colectivo vulnerable

El estado de alerta generado por la COVID-19 supone un conjunto de nuevos estresores que implica una tendencia aumentada a experimentar síntomas ansiosos y depresivos y, por tanto, a desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Numerosos estudios apuntan cómo dichos estresores están provocando alteraciones en la población juvenil, la cual tiene entre sus principales riesgos el estrés psicosocial y los problemas psicológicos consecutivos al aislamiento físico.

Un elemento fundamental es la vulnerabilidad, es decir, hay personas que por sus características presentan más riesgo de desarrollar trastornos psicológicos. Si a esto se suma una situación de incertidumbre, el riesgo aumenta considerablemente. Los adolescentes constituyen un colectivo de especial vulnerabilidad que puede incrementarse si estos presentan características familiares, educacionales, socioeconómicas o condiciones físicas y/o mentales desfavorables. Y ante esta situación, el adolescente se ha tenido que mantener activo, con muchos cambios impuestos y abruptos que, en muchos casos, les está afectando negativamente a su desarrollo académico, social y emocional y que está dejando cicatrices importantes.

En general, ante este tipo de situación de pandemia aparecen sentimientos y emociones que son absolutamente normales, como tristeza, miedo, malestar, etc., pero tras un largo periodo como el que estamos viviendo, los efectos emocionales en nuestros adolescentes derivan en una intensidad mayor, sin control y manejo como la tristeza y la ansiedad porque, principalmente, perciben el mundo como amenaza.

La etapa de la adolescencia es crítica clínicamente hablando, es la etapa en la que surgen síntomas que se pueden traducir en trastornos y que se pueden sostener y cronificar en trastornos psicológicos en la vida adulta. En esta etapa existen situaciones de mayor vulnerabilidad como, por ejemplo, cuando la persona se encuentra en una etapa de transición o aquella que ya presenta síntomas previos; también supone un periodo de inicio de conductas de riesgo como, por ejemplo, para la salud mental o para la inadaptación social. Por otro lado, las emociones se acentúan, pero el adolescente todavía no está desarrollado emocionalmente, es inmaduro psicológicamente hablando porque no ha terminado de desarrollar los recursos emocionales que le ayuda a adaptarse a los cambios; por lo que dicha inmadurez y falta de competencia se traduce en un riesgo de alteraciones emocionales.

El adolescente y sus roles en la pandemia

La vida académica del escolar ha estado marcado por un vaivén de cambios y de incertidumbre y los alumnos más mayores, los de las etapas superiores, todavía en mayor medida. Las clases presenciales se interrumpieron en marzo de 2020 para dar paso, por primera vez en la historia de nuestro país, ha hacerse en modalidad online hasta el final de curso. En las etapas de la E.S.O, Bachillerato y Universidad, el inicio del curso 2020-2021 comienza combinando las modalidades presencial y online, es decir, ciertos días de la semana un número de alumnos asisten físicamente a clase mientras que otros se quedan en casa conectándose a las clases con sus ordenadores. El primer impacto fue el de tener que adaptarse tecnológicamente para poder seguir el ritmo de las clases, y, a su vez, cambiar de contexto, cambiar el aula por su habitación. Las repercusiones académicas de este cambio, de lo presencial a lo online, han sido muy relevantes; numerosos alumnos se han visto afectados por la falta de atención y concentración para poder seguir las explicaciones del profesor, lo que ha derivado en la presencia de lagunas académicas y dificultades para adquirir un hábito de estudio óptimo y que se ha traducido, en un número importante de casos, en resultados académicos bajos, lo que supone un factor estresante para el alumno. Además, los alumnos más mayores han tenido que sobrellevar, entre todos estos cambios, la anulación de las prácticas curriculares, y con ello, la pérdida de un importante reforzador que les ha generado más desmotivación e incertidumbre.

Por otra parte, las consecuencias debidas al aislamiento físico durante el horario escolar han sido especialmente relevantes, un aislamiento que supuso al inicio de la pandemia, estar solo en la habitación, sin el acompañamiento de los compañeros, delante de una pantalla, sin poder comentar, sonreír, mirar a los ojos al compañero de pupitre; una deprivación para el alumno a lo largo de muchas horas al día, de muchas horas a la semana que han tenido que compensar con las nuevas tecnologías. Posteriormente, a pesar de que se retomaron las clases presenciales, los alumnos siguen sufriendo cierto aislamiento social. Y si en esas condiciones ya es difícil gestionar la relación con sus compañeros, todavía de agrava más con aquellos que acaban de iniciar el primer grado de la Universidad o los que han cambiado de centro escolar y que tienen que hacer nuevos amigos para integrarse y adaptarse al nuevo curso académico. Como terapeuta, lidiar con esta situación resulta realmente difícil con alguien que sufre fobia social porque se ha de llevar a cabo una intervención en una situación caracterizada por la deprivación social y, por tanto, por la presencia de elementos que limitan la comunicación como la distancia social, el uso de mascarillas, la ausencia de actividades de ocio, etc.

Todo este escenario de cambios inesperados y situaciones estresantes que el alumno ha tenido que sufrir diariamente y a lo largo de muchos meses ha generado un estado de preocupación e inquietud en el estudiante que los profesores me verbalizaban constantemente, especialmente en las fases con mayores repuntes de contagios. Me contaban, con gran preocupación,cómo sus alumnos a menudo les preguntaban si iban a tener que quedarse de nuevo en casa porque no querían, ellos querían seguir asisitiendo a las clases y tener una rutina, una estabilidad y, sobre todo, poder estar con sus compañeros. Este estado de preocupaciones excesivas ha limitado su funcionamiento y en un número de casos importantes ha dado lugar a ataques de ansiedad o crisis de angustia, que de cronificarse se pueden convertir en trastornos de pánico.

En el ámbito social el cambio ha sido drástico, especialmente en la primera fase del estado de alarma ya que, drásticamente, tuvieron que dejar de quedar con sus amigos, se anulaban las actividades extraescolares, se cerraban las escuelas deportivas, etc.; y aunque progresivamente se está abriendo y normalizando la situación, todavía están sufriendo cierto aislamiento social y físico. Para los adolescentes sus compañeros y amigos son una fuente de apoyo porque pasan por lo mismo que ellos, y más en los momentos difíciles les aportan diversión y la amistad es más intensa que en cualquier otra etapa. Y a lo largo de esta pandemia, han tenido que cortar con su rutina social y los encuentros sociales que tienen con su grupo de iguales no son como a ellos les gustaría que fuesen. Muchos de estos chic@s se inician en esta etapa en una relación de pareja y han tenido que hacerlo de una manera totalmente diferente y antinatural, sin poder abrazarse, tocarse, o sin poder besarse.

Los periodos de tiempo de convivencia con la familia han aumentado en detrimento de las relaciones con su grupo de iguales, lo que supone una tendencia inversa a lo que, por naturaleza, debería acontecer durante este periodo. Y como consecuencia, aumentan los roces familiares en la convivencia que expresan con quejas: “veo demasiado a mi familia”, “echo de menos la fiesta del fin de semana porque no me puedo desahogar, bailar, reírme con mis amigos” y “aunque quedo con mis amigos, por la calle, en el río o en la terraza de un bar, no es lo mismo”.

Esta  incapacidad para desarrollar las actividades cotidianas y participar en acciones gratificantes impacta negativamente en la capacidad para regular con éxito tanto el comportamiento como las emociones.

Y toda esta situación enmarcada en un estado que no sabían cuánto podía durar ni entender realmente lo que estaba pasando. Todo esto supuso para ellos pasar por una situación altamente estresante, una amenaza cercana y real caracterizada por la falta de seguridad, de libertad y de relaciones. La mente por naturaleza es social porque procesa información social, está diseñado para sistemas sociales y la privación del contacto social va en contra de nuestra naturaleza humana. Este aislamiento parcial actual impacta directamente en el estado de ansiedad y se intensifica, ya que, fisiológicamente hablando, aumenta el cortisol y disminuye la dopamina y la serotonina.

Por tanto, los adolescentes han tenido que enfrentarse a muchos retos en esta etapa: la incertidumbre académica constante, las restricciones comunicativas y de actividades extraescolares, la falta de ejercicio físico, los escasos encuentros con los amigos, la intensificación en la convivencia con la familia, etc.

Ante todo esto, como el adolescente todavía no ha llegado a la madurez y la gran mayoría no tiene recursos para defenderse, muchos manifiestan cualquier problema por medio del enojo derivado de la impotencia que experimentan. Esa frustración y enojo lo manejan como pueden, a menudo se desahogan de manera inadecuada con los padres, o con las redes sociales, ya que no lo pueden hacer con su deporte habitual, ni tampoco con sus amigos porque la relación son sus amistades y las actividades de ocio o extraescolares también han sido cortadas. No hay que olvidar que biológicamente, sufren grandes cambios hormonales y el efecto de la relación directa entre las hormonas y las emociones.

Entre los efectos directos ante estos cambios que limitan su comportamiento se incluyen alteraciones conductuales y/o emocionales, como señales de depresión que se manifiestan en estados de incertidumbre y ansiedad; desánimo y tristeza que derivan en comportamientos tales como llorar más de lo habitual, problemas de sueño o apetito, aumento o disminución de su energía, apatía, desatención a los comportamientos referidos a la promoción de salud, problemas de concentración, así como también en hiperactividad e irritabilidad.

Consideraciones finales

Los profesionales de la salud nos sentimos con el deber de vigilar la evolución de las manifestaciones psicológicas consecutivas a este evento, en el sentido de su intensificación y prolongación en el tiempo, lo cual genera limitantes para el desarrollo normal y adquiere un significado psicopatológico. Y también no sentimos con el deber de propiciar a los adolescentes recursos y habilidades para afrontar adecuadamente situaciones de crisis y estrés psicosocial.

Desde la Asociación Española de Pediatría sobre los escolares, estiman que actualmente el 20-22% de los escolares tienen problemas importantes de patologías psicológicas, datos importantísimos porque los adolescentes de ahora son nuestros adultos del futuro. Estamos hablando, como advierten los pediatras, de una “pandemia” de salud mental en la población infanto-juvenil.

Los datos son de impacto y significativos, pero pese a esta situación que nos ha traído la COVID-19, no hay que olvidar que la adolescencia también se caracteriza por su capacidad de adaptación y creatividad, cuestión que me permite ser optimista con la apertura de medidas post-confinamiento que poco a poco nos deja disfrutar de nuevo de nuestras rutinas y actividades que tan importantes son para la salud mental del ser humano. Estamos saliendo de la pandemia, y afortunadamente, ayudará a que un gran número de jóvenes sean capaces de superar su estado de malestar emocional actual.

Y cierro este artículo con una frase que me dijo una de mis chicas adolescentes al hilo de la flexibilización de las medidas de ocio y su plan de fin de semana que me sirve como premisa para el optimismo: “hay que disfrutar a tope, mañana será otro día. Lo que venga después, ya se verá”.

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