LA FRUSTRACIÓN DEL PSICÓLOGO.

Deborah Blázquez Marín. 30ª Promoción. Máster en Psicología Clínica. Cetecova

 El psicólogo ante un cliente

El psicólogo se forma continuamente, debe hacerlo. El ser humano está en constante cambio y la psicología como ciencia debe adaptarse a dichos cambios, estudiarlos y encontrar técnicas y herramientas actualizadas. Siempre he pensado que tenemos una profesión curiosa. Somos una figura de ayuda, que guía al cliente en su proceso de búsqueda y cambio. En las primeras clases del máster  del Centro de Terapia de Conducta se me enseñaba cómo explicar al cliente nuestra figura: somos como un entrenador, que guía a los jugadores, estudiamos sus puntos fuertes, aquellos que más trabajo necesitan y aquellos de los que carecen; les damos técnicas, les enseñamos nuevas estrategias, pero en ningún caso jugamos el partido por ellos. Al final, los que deben salir al campo a sudar la camiseta aplicando todo lo aprendido son única y exclusivamente ellos. Me gustó mucho esta metáfora y funciona muy bien cuando se la explico a los clientes. Es una buena manera de describir nuestro papel.

Me resulta curioso cómo uno sale de la carrera todavía con cierta confusión en cuanto su propio rol, dudo de que esto pase tan a menudo en otras profesiones. A la mayoría se nos ha repetido una y otra vez una frase a lo largo de nuestra formación: el psicólogo no da consejos, un amigo cualquiera sí, pero un psicólogo no. Yo nunca lo tuve muy claro. Después conocí a Carmen y a Juan y en sus clases me dijeron ¡Claro que los damos! la próxima vez prueba esto, deja de ir a tales sitios, no huyas de esta situación cuando te venga, cambia este pensamiento si no es útil para ti…dar consejos los damos, porque estamos formados para saber lo que está ayudando a un cliente a cumplir su objetivo y lo que no. Por ejemplo, en una fobia el cliente puede caer en la trampa de la ansiedad y no darse cuenta de que aquello que hace para reducir su ansiedad (evitar el estímulo o escapar de él) es precisamente lo que está manteniendo esta ansiedad a largo plazo. Y le hablamos de ello y le aconsejamos dejar de evitar y escapar ¡Claro que sí!. Lo que no hacemos es atarlo a la fuerza para que no escape. Es decir, hay una clara diferencia entre dar consejos y tomar decisiones. Y eso sí es algo que, ciertamente, no hacemos: tomar decisiones por nuestros clientes. Es simple: no queremos, no debemos y no podemos. Nosotros somos una guía, un entrenador en la vida de un cliente, pero no somos él o ella. No podemos decidir sobre su vida, sería un grave error.  Y con esta idea lógica, argumentada y bien clara salí del máster y empecé mi trayectoria como terapeuta. Y me di de bruces contra ella.

El psicólogo ante una recaída

Hace un tiempo que comencé a ver clientes en una conocida asociación que trabaja con personas adictas. Es un trabajo bonito, enriquecedor y donde se pueden aplicar muchas de las cosas que se aprenden en un máster en clínica. Y hasta ahí todo bien. Tratamos de ayudarles, de darles las famosas herramientas, de hacerles ver su proceso adictivo, sus situaciones de alto riesgo, etc. El modelo de prevención de recaídas de Marlatt y Gordon es ahora mi más preciada herramienta. A veces, los distintos usuarios de la asociación acuden a mí pletóricos, ilusionados por contarme cómo se han enfrentado a una situación muy difícil y cómo han logrado superarla recordando mis palabras y yo, con la lección bien aprendida, les  sonrío y respondo: me alegra ver que has sabido manejar esta situación de la mejor manera. Pero el mérito no es mío, como te dije, mi función es más bien la de un entrenador, pero el que de verdad ha salido, ha jugado y ha sudado para ganar esta batalla, has sido tú. Y ellos se quedan pensando y casi puedes ver como cierto orgullo parece asomar a la comisura de sus labios, es cierto, lo han hecho ellos. Con ayuda, pero ellos. Al fin y al cabo ¿Quién no necesita ayuda en esta vida? Y yo creo de verdad lo que les estoy diciendo. Esos días me voy a casa un poco más contenta y me alegro mucho por ellos.

Como he dicho, hasta aquí todo bien. ¿Dónde está el problema? El problema surge en el caso contrario. Cuando el cliente “falla” en el uso de estas herramientas y tiene una caída (que podrá o no convertirse en recaída). Me ha pasado varias veces. El cliente viene, cabizbajo, sin apenas mirarme a los ojos y me cuenta (el que me lo cuenta) que ha consumido de nuevo. Y yo recuerdo mis lecciones y le digo: está bien. Sabíamos que esto podía suceder, las caídas y recaídas suelen formar parte del proceso adictivo. Ahora ha habido un fallo, pero no necesariamente tienes por qué abandonarlo todo y seguir consumiendo, eso sería una recaída. Ahora ha habido una caída, un tropiezo y podemos aprovecharlo. Vamos a repasar pensamientos, emociones y conductas que han acompañado a este consumo y lo trabajamos. Y lo hablamos, el cliente se detiene y analiza todo esto y se va un poquito más tranquilo. Pero ¿Qué pasa conmigo como terapeuta? Me voy a casa y no paro de pensarlo, casi rumiando. ¿Por qué no detecté todo esto antes? ¿Qué podía haber hecho yo para evitar este consumo? ¿Hubo algo que se me escapó? Si después de esta sesión que fue tan dura le hubiese llamado ¿Habría salido a consumir por la noche? ¿Y si hubiese contactado con su familia para contrastar algo de información? Y un largo etcétera de dudas que me asaltan cada vez que se da una recaída o incluso con tan solo intuir que está a punto de suceder.

El psicólogo ante una mentira

Además de recaídas, el trabajo con personas adictas cuenta con una gran desventaja: la elevada presencia de mentiras por parte de los clientes. En esta asociación, además de la palabra del cliente, se utilizan reactivos, es decir, pruebas objetivas para saber si se ha producido consumo de sustancias. No es solo que detectes mentiras cuando te cuentan lo que han hecho el fin de semana, es que además, puedes tener la certeza. Y es algo muy útil pero también muy frustrante. Conoces a un nuevo cliente, creas una buena alianza terapéutica, hay un clima de confianza mutua, empatizas con él y, cuando menos lo esperas ¡te ha estado mintiendo! Sé que es algo muy común cuando trabajamos en adicciones, más que en otras áreas, pero eso no lo hace menos difícil. En alguna ocasión un terapeuta puede dar un paso en falso y romper o al menos debilitar la alianza terapéutica: instigando demasiado, no comprendiendo el marco de referencia de su cliente o incluso incumpliendo alguna norma de confidencialidad (algo muy grave y con dudosa solución por cierto). Sin embargo, esta alianza también puede verse dañada por la otra parte y este suele ser el caso de los adictos. Y aquí es donde es crucial ser un buen terapeuta y no dejarse llevar por la frustración. En estas situaciones, que vivo, si no a diario, sí semanalmente, es importante que el cliente entienda la gravedad de mentirnos. Suelo explicarles cómo si me mienten o me ocultan información están boicoteando su propia terapia. Trato de hacerles ver que no podré ayudarles de la mejor manera posible si no cuento con información completa y veraz. Siendo sincera, no es fácil. Cuando he puesto todo mi empeño y pasión en mi trabajo y algo no sale como esperaba porque el cliente me ha estado mintiendo la primera emoción que tengo es enfado, frustración.

El psicólogo ante su propia frustración:

 En las situaciones que he descrito anteriormente, tanto ante una recaída, como ante una mentira siento una gran frustración personal y entonces me hago la correspondiente pregunta ¿Cómo puedo trabajarme esa frustración? Carmen y Juan me dieron la respuesta durante el máster. Me avisaron de que esto podía pasar y de que lo mejor sería utilizar terapia cognitiva y autoinstrucciones. Y, ciertamente, funciona, aunque es un largo proceso en el que todavía me queda mucho por trabajar. Cuando preveo que un cliente puede recaer o que me está mintiendo me paro, analizo mis emociones y mis pensamientos y trato de trabajar las ideas irracionales que hay de fondo. No es una tarea sencilla, pero está muy bien exigirse lo mismo que exigimos a nuestros clientes. Estoy empezando a conseguirlo y a separar con mayor facilidad lo personal de lo profesional. Cuando retomo las sesiones con ellos y detecto que se sienten culpables o avergonzados porque consideran que me han fallado suelo decirles que confío en ellos, pero no en su adicción y que por eso es tan importante que confíen en la terapia y me lo cuenten todo. No quiero que me digan que no tienen ganas de consumir, quiero saber la verdad sobre sus emociones y sus pensamientos para poder ayudarles. Y, si han consumido, quiero saberlo para poder trabajarlo con ellos y que sirva de aprendizaje e impulso hacia el cambio. A veces lo comprenden y dejan de mentirme, a veces no.

He preguntado  a los psicólogos que llevan muchos años en el campo de las adicciones, aunque no es el único campo en el que se dan retrocesos o recaídas de distinto tipo por  parte de los clientes. Me dicen que es normal, que además de trabajármelo tenga paciencia. Con el tiempo el terapeuta va ganando seguridad y se lo va cuestionando todo menos pero ¡Como cuesta! Y yo me pregunto de nuevo ¿Por qué? Si yo no me atribuyo el mérito de un cliente cuando logra algún objetivo ¿Por qué me atribuyo algo de culpa cuando fracasa? ¿Es una ilusión de control que me formo? Los psicólogos, en especial los que comenzamos a trabajar en el campo de la clínica tenemos un difícil trabajo por delante y es que son muchas las situaciones en las que podemos sentirnos frustrados: retrasos en las citas, tareas que no realizan, mentiras de los clientes, resistencias al cambio, recaídas en procesos adictivos… pero es parte de nuestro trabajo. Los psicólogos debemos responsabilizarnos de hacer nuestro trabajo bien y esto es: formarnos en las técnicas que científicamente demuestran ser las más adecuadas, estar actualizados, derivar cuando sea pertinente, entre otros. Pero no debemos adjudicarnos las decisiones y actos de nuestros clientes porque no, nosotros no salimos a jugar su partido. Podemos sentirnos satisfechos de un trabajo bien hecho por nuestra parte y ello suele conllevar un buen resultado, aunque no siempre, porque al fin y al cabo ellos son personas libres e independientes que nos escuchan y luego toman sus propias decisiones. No podemos responsabilizarnos de estas y, puesto que no nos responsabilizamos de lo bueno, no lo hagamos de lo malo. Si no somos sus salvadores, tampoco seamos nuestros propios verdugos.

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