El estigma de salud mental: medicalización, cuñadismos y silencios.

Pedro Salmerón Sánchez

Doctor en Psicología

31ª Promoción Máster Psicología Clínica CETECOVA

La concepción de la salud mental en el imaginario sanitario y social presenta a lo largo de las diferentes épocas una evidente transformación (Porter, 2003). Ya no somos esos seres poseídos a los que quemar en una hoguera, ni seres místicos, pero tampoco moralmente insanos, ni simples locos a los que encerrar más allá de los muros de la ciudad o en un manicomio. La evolución de la terminología también ha sido evidente acorde a la transformación científica y sanitaria. De la locura pasamos a la enfermedad mental, al trastorno mental y, ahora, a la salud mental. Pero no creamos que lo que tenemos hoy es la panacea. De hecho, la transformación en la conceptualización de la salud mental a lo largo de los siglos ha ido acompañada de otra trasformación: la del estigma, el prejuicio y la discriminación.

Podríamos pensar que, dado el mejor conocimiento científico del que disponemos, el prejuicio hacia la salud mental es un concepto que haya podido quedar obsoleto. Y ojalá fuera así. Ojalá al hablar de una depresión, de un trastorno bipolar, de la ansiedad social, de la agorafobia o de un trastorno psicótico todo el mundo a nuestro alrededor lo interiorizara como ocurre con los problemas de salud física y aceptara, sin más, la importancia y necesidad de participar en un proceso terapéutico. Y que ahí se quedara la cosa, es decir, que nos acompañaran y nos apoyaran como cuando necesitamos recibir una terapia médica.

Pero más que desaparecer el prejuicio, lo que ha ocurrido con la salud mental ha sido su transformación. Y aquí es donde aparece un concepto que, a pesar de haber pasado un cuarto de siglo desde que se propuso por primera vez, sigue siendo tan actual, si no más, que entonces. El prejuicio manifiesto y el prejuicio sutil (Pettigrew y Meertens, 1995), o la discriminación sutil y manifiesta o el estigma sutil y manifiesto. El prejuicio manifiesto es aquel que podemos calificar como más tradicional, es decir, es aquel que lleva a una forma cercana y directa de discriminar. La conducta que acompaña al prejuicio es muy obvia, siendo la manifestación por excelencia la agresión, tanto física como verbal. El prejuicio sutil hay quien lo denomina “la forma moderna del prejuicio” y se manifiesta mediante la frialdad, la distancia y de una forma indirecta.

Si nos paramos a reflexionar unos instantes sobre esta diferenciación podemos observar algunas cuestiones que considero relevantes. En primer lugar, el cambio social que se está produciendo en la última década. Estamos construyendo una sociedad que no solamente fomenta valores de respeto a la diversidad y la diferencia, sino que también condena cualquier manifestación de rechazo y discriminación tradicional.

Por otro lado, este modelo de orden moral basado en la igualdad y el respeto es incongruente con que una persona a nivel individual muestre de manera abierta sus prejuicios. De hecho, aunque cualquiera de nosotros tiene formados sus propios prejuicios, ¿quién los verbaliza abiertamente? Incluso nos negamos que los tengamos, pero, párate un segundo a pensar y a sincerarte contigo. ¿De verdad crees que no tienes ningún prejuicio hacia nada ni hacia nadie? Con todo esto no parece sorprendente que, si bien desde algunos foros se considere que se ha vencido al estigma de la salud mental, realmente lo que ocurre es que se ha convertido en un prejuicio sutil, con su consiguiente discriminación sutil.

Por último, esta evolución hacia lo sutil del estigma y del prejuicio no es exclusiva de la salud mental, como tampoco lo eran las hogueras de los locos ni los electroshocks de los homosexuales ni los campos de concentración de los judíos. Tal vez todo esto lo veamos más claro con otra realidad social. El colectivo LGTB, donde todavía hoy observamos ambos tipos de discriminación. Lo manifiesto lo vemos en agresiones y palizas a personas homosexuales, lesbianas, bisexuales y personas trans o a las sedes de las asociaciones. Lo sutil, en comentarios que seguro hemos escuchado (o hemos dicho) del tipo: “pero si ya está todo bien, si ya os podéis casar, ¿no?”; o el ya famoso “yo tengo muchos amigos gays” o el simple uso de la palabra “maricón o nenaza” como ataque a la masculinidad (tradicional, por supuesto); o uno de mis favoritos: “antes era un tío” (siempre ha sido un tío).

¿Y cómo es esa sutileza en la salud mental? Al inicio he comentado que los problemas de salud mental ya no suponen agresiones. Vale, hemos superado el prejuicio manifiesto. Tal vez ya no haya agresiones físicas, aunque las verbales sí que están. Seguimos utilizando la palabra “loco” y “loca”. Y eso es prejuicio. Pero hay otras situaciones que me gustaría señalar en este sentido. La primera que quiero resaltar es la medicalización de la salud mental. Ya sabemos que es muy habitual que se nos recete algún fármaco en lugar de remitir a la persona a un/a profesional de la Psicología. Aquí la discriminación tiene dos direcciones. Una hacia la propia persona que sufre el problema de salud mental al no reconocerle los tratamientos que puede necesitar. La otra dirección tiene que ver con la propia profesión y disciplina de la Psicología. ¿Dónde queda la Psicología dentro del Sistema Nacional de Salud?

La segunda situación, es la que tiene su base en el efecto Dunning-Kruger (Kruger & Dunning, 1999) o lo que en este país se conoce como “cuñadismo”, es decir, cuando vives un problema de salud mental parece que todo el mundo sabe mejor que tú, y que tu psicólogo/a, lo que tienes que hacer. Y resalto el “tienes que”. Porque no son recomendaciones, no, suena a una orden. “Tú lo que tienes que hacer es animarte”, “vamos a irnos de cervezas y verás cómo se te pasa”, “tienes que exponerte; ven, que vamos a ir a…” y tantas otras. Lo mejor (y lo peor) de esto, es que en la mayoría de los casos seguro que hay una buenísima intención detrás y a ver cómo le dices a esa persona y a su “cuñadismo bienintencionado” que sus consejos no son Psicología; que los libros de autoayuda no es ir un/a psicólogo/a; o que la Psicología no se aprende de la vida. Por no mencionar, también ahora, la medicalización: “yo me estoy tomando estas pastillas que, oye, son divinas, ya ni lloro; pruébalas, toma”.

Aunque mi manifestación preferida del prejuicio hacia la salud mental es el silencio. Me refiero a aquellas personas que al saber que alguien de su entorno presenta un problema de salud mental, se sienten tan perdidas que la única salida que ven es desaparecer o, si no desaparecen, optan por no hablar del tema, por no preguntar ni mostrar de ninguna manera su apoyo. Lo que no se nombra, no existe. Y ahí te quedas con tu salud mental, con tu vergüenza y sin acompañamiento a tu alrededor.

Y he dicho que el silencio es mi favorito porque podemos encontrar dos silencios más. Por un lado, un silencio que puede ser hasta valioso para quien sufre el problema de la salud mental. Y que puede ser, incluso, una manera de mostrar apoyo. Es el silencio del respeto, aquel silencio que las personas de tu alrededor muestran para no presionarte, para no cohibirte, para que tu vergüenza no vaya a más. Podríamos entenderlo como lo contrario al cuñadismo, pues no te digo lo que tienes que hacer, pero te muestro mi apoyo de alguna otra manera, por ejemplo, respetando que tengas tus crisis de ansiedad y no haciéndote un interrogatorio si no has venido a comer, pero te refuerzo el más mínimo momento de valor o de cambio. No hay presión, no te echo en cara nada; solamente te hago saber que puedes contar conmigo.

Por otro lado, está el silencio de la vergüenza. Yo, que tengo un problema de salud mental, me callo, hago lo posible por ocultarlo, lo disfrazo de otra cosa para que nadie se entere, porque no quiero que la gente se aleje de mí, porque no quiero que me miren con lástima, porque no quiero que cambien su manera de interactuar conmigo, porque no quiero que me digan lo que tengo que hacer, porque no quiero que mi alrededor se llene de tazas con mensajes “súper positivos”. Y esto ya es otro tema que daría para largo. El daño de esos mensajes tan de moda de que si sonríes cada mañana tu vida maravillosa o si no eres feliz es porque no quieres. “¿Qué pasa entonces, que yo elijo vivir con miedo, con desesperanza? Si puedo elegir ser feliz y no me siento así… ¡otro fracaso más!”. Y es que si este es el entorno que me encuentro si visibilizo mi situación de salud mental, es más difícil que me plantee buscar ayuda profesional y, aunque la busque, la puesta en práctica de las técnicas que aprenda con mi psicólogo/a va a ser más complicado llevarlas a la práctica.

Quiero finalizar anotando una última cuestión. La suma de estigmas. Cuando hablamos de estigma es fundamental dejar de verlo como categorías estancas. No, no son compartimentos separados. Una persona puede ir sumando características por las que ser rechazada o discriminada. Por ejemplo, en algunos contextos sumas ser mujer y tener un problema de salud mental. En otros, puedes sumar a la salud mental la discriminación hacia una persona trans. Tal vez sumas más de dos: tengo VIH, soy de otro país o raza y tengo un problema de salud mental. Y en este punto también creo relevante destacar las diferentes sensibilidades hacia la salud mental. Quiero decir que no es lo mismo, por ejemplo, la consideración que tu entorno puede mostrar si tienes depresión que acompaña a tu diagnóstico de cáncer que si esa misma sintomatología del estado de ánimo la tienes por un diagnóstico de infección por VIH-sida. Y no es lo mismo porque la percepción moralista del cáncer y del VIH no es la misma a nivel social. Y, además, toda esta suma de prejuicios puede ser sutil y/o manifiesta; sutil hacia unas características y manifiesta hacia otras, en función de lo aceptado y moralmente correcto o incorrecto en tu entorno y tu sociedad.

Y con lo sutil y lo manifiesto llegamos, de nuevo, al principio. Y es que como dice una famosa serie: todo está conectado. Y para comenzar a desconectar es importarte visibilizarnos, visibilizar nuestra salud mental. Pues yo, para tratar mi salud mental, antes que mi médico me prescriba unas pastillas, como alguien ha recomendado recientemente, o acudir a los consejos de un/a coach o facilitador/a, prefiero que me acompañe un/a psicólogo/a que es quien puede ayudarme, desde la ciencia, a salir de mi pozo de ansiedad y depresión.

Referencias

Kruger, J., & Dunning, D. (1999). Unskilled and unaware of it: how difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121–1134.

Pettigrew, T., & Meertens, R. (1995). Subtle and blatant prejudice in western Europe. European Journal of Social Psychology,1(25), 57-75.

Porter, R. (2003). Breve historia de la locura. Turner

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Más información...

ACEPTAR
Aviso de cookies
1 2 3 4 5 6 7 8