Pequeños milagros conductuales: Exposición con prevención de respuesta, desrealización, despersonalización y TOC.

Pequeños milagros conductuales: Exposición con prevención de respuesta, desrealización, despersonalización y TOC.

Abelardo Canalejo Quiles. 31ª promoción Master psicología clínica.

Me gustaría relatar un caso que tuve hace unos meses, alrededor de seis. Considero que es interesante porque refleja bien las vicisitudes y las circunstancias que se dan en la práctica clínica diaria, las cuales hacen invitar a la reflexión sobre cuestiones no sólo metodológicas, sino también paradigmáticas, entrando de lleno en las cuestiones básicas que fundamentan los paradigmas en psicología. Es un tema importante teniendo en cuenta que tal y como el conocimiento es estructurado podemos llegar a comprender de manera correcta los fenómenos psicológicos que estudiamos. Antes de entrar en este tipo de cuestiones me gustaría describir el caso.

El cliente es A., un joven de treinta años, que acude a consulta porque le pasan varias cosas que en principio no sabe describir muy bien. Así que cuando es preguntado empieza a contar lo siguiente. Cuando tenía trece años, uno de sus primos, de tan sólo diecinueve, estando todos en familia, se lleva la mano al pecho y le dice a su padre (el padre del primo, no de A.) que no se encuentra bien. El primo se levanta y se aproxima a su padre, con la mano en el pecho, diciendo, no me encuentro bien, varias veces, mientras se va acercando cada vez más a su padre. Al decir por tercera vez no me encuentro bien, cae sobre el hombro de su padre, fulminado, muriendo en ese instante. A. dice que ese hecho le marcó mucho, pero que no fue lo único que sucedió que lo marcó fuertemente. En los siguientes tres años, mueren de muerte súbita, su abuelo, su tío y su tía. Algo que influyó mucho en él, aunque comenta claramente que la muerte que más le marcó fue la de su primo. Cuando se le pregunta porqué más la de su primo que las otras muertes, dice que no lo sabe, pero que lo dejó muy marcado y muy impactado. La causa de las muertes es desconocida por él, los médicos no dieron con las razones por las que sus familiares fallecieron de esta manera, y comenta que no todos los fallecidos estaban unidos por lazos de consanguinidad. Su tía fallecida era política, es decir, la esposa de uno de los hermanos de su padre y no guardaba ningún tipo de relación genética ni con su primo, ni con su tío, ni con su abuelo. El hecho de estas muertes tan repentinas de sus familiares marcó a A., que desarrolló, como era de esperar, miedo a morir de repente.

Resulta necesario describir bien todo lo que le sucedía a A., pues es lo que hace tan interesante este caso. En un primer momento comenta lo que es claramente un trastorno de pánico. Cada vez que tenía algunas sensaciones físicas, A. creía que podía morir en cualquier momento. Tenía toda la sintomatología del pánico, como es la sudoración, palpitaciones, ansiedad y mareos. Además, cuando sentía estas sensaciones con sus padres y amigos, se volvía ausente. Los mareos son importantes en este caso, porque son, a mi juicio, junto con las ausencias, la causa de la afección principal de la que se queja A., que no son los ataques de pánico sino algo que él llama desconexión. Es decir, el motivo principal de la consulta es esta desconexión, que pasaré a describir más adelante, después de aclarar que los ataques de pánico ya casi no le sucedían, pues decía que había aprendido a controlarlos. Es importante precisar aquí que A. acude a consulta a la edad de treinta años, y que padece esto desde apenas trece. Con esto quiero especificar el infierno que estuvo viviendo durante diecisiete años y lo preocupante que resulta que ningún médico al que acudió comentase nada sobre que tenía ataques de ansiedad o de pánico. Así pues, durante tanto tiempo A. había pasado por muchas variaciones diferentes del mal que padecía, y decía que lo que más le hacía sufrir era la desconexión. La paso a describir a continuación.

Preguntado por a qué se refiere con desconexión A. dice que está desconectado de su cuerpo. Cuando se le pide que describa con precisión y más detalle a qué se refiere con esto relata que él nota que su cuerpo está donde está, pero su mente o su ser está más adelante, como fuera de su cuerpo. Puso el ejemplo de que ahora mismo, cuando estaba sentado en la silla de la consulta, él sabía que su cuerpo estaba en la silla pero su mente estaba como más adelante. Decía que esto era muy molesto para él y que además le pasaban otras cosas. Enseguida le pregunté a qué cosas se refería, y decía que él tenía la creencia de que no podía controlar su cuerpo, de que él era como una especie de robot, de autómata, y que no tenía el control de su cuerpo. Claro, evidentemente, me preocupé. La siguiente pregunta fue si creía que alguien o algo controlaba su cuerpo, a lo que respondió que no, pero que él se sentía así. Además, en ese estado de desconexión, que era prácticamente sempiterno, le acosaban pensamientos obsesivos, del tipo, estoy loco, yo no soy normal, llegando a desesperarse y creer que su vida no tenía sentido porque era un robot, una especie de cámara de vídeo, pues tenía la sensación de que su vida era una especie de cinta de vídeo que veía pasar por delante de él sin poder controlar. Estos pensamientos le generaban mucho sufrimiento y ansiedad.

Evidentemente yo quería evaluar muy bien y hacer el análisis funcional lo más correcto y profundo posible, porque tenía miedo de que sufriera algún trastorno de tipo psicótico, aunque es cierto que esto era algo que tenía prácticamente descartado. No escuchaba voces, no veía nada extraño, no tenía delirios aunque en un primer momento las expresiones fuera de mi ser,  no controlar mi cuerpo y mi vida es una película de vídeo incitaran a pensar que podía haber algo de ello. A todo esto había que sumarle una suerte de TOC dentro del estado de desconexión que percutía su mente constantemente, y también miedo a morir, miedo a hablar de la muerte y todo lo relacionado con ella, como ataúdes, cementerios, o las caras y lugares donde habían muerto sus familiares repentinamente. Todo esto lo llevaba sufriendo nada más y nada menos que durante ¡17 años!

En este momento me parece apropiado dar más información sobre la vida de A. y elogiar la fortaleza de su carácter, pues es algo que no sólo claramente merece la pena ser contado sino que es importante para las conclusiones finales de este artículo. A. comentó que tenía cierto miedo al rechazo social porque era homosexual. Este miedo al rechazo, que realmente era una especie de mini fobia social (hay que recordar que esto para él no era apenas importante y que acude a consulta por lo mal que lo está pasando con la desconexión) estaba fuertemente condicionado por el hecho de que cuando comenta a su madre que es homosexual, hecho que ocurre cuando tenía alrededor de quince años, su madre le responde que ya puede ir cambiando porque no aceptamos estas cosas en nuestra casa, añadiendo que no le comente nada a su padre del tema. Sin embargo, comete el error de comentarlo a su abuela, la cual cree que su padre va a ser más comprensivo de lo que realmente sería. Al día siguiente de que su padre se entera de que es homosexual, entra en su habitación y nada más entrar le dice cómo es eso de que eres homosexual y le suelta una bofetada en la cara, diciendo que eso se puede quitar y que ya puede ir cambiando. Desde ese momento, su padre entraba con frecuencia en su habitación y le preguntaba cómo llevaba la homosexualidad, que si ya se encontraba mejor, como si fuera una enfermedad que tuviera cura. Por si esto no fuera suficiente, cuando fue a la universidad a estudiar derecho, a la Universidad de Alicante, en el campus, al cual acude con sus padres de visita los primeros días, el padre ve a dos jóvenes de la mano, se acerca a ellos y les dice que no hay en el campus suficientes árboles para que los cuelguen. A partir de ese momento sus padres se vuelven más controladores, porque consideran que el entorno universitario no es bueno para sanar la homosexualidad de A., hasta que A. decide que tiene que abandonar el campus y la casa de sus padres, trasladándose a Valencia, en donde busca trabajo en una conocida red de supermercados y estudia derecho (la cual terminó con muy buenas notas) mientras trabaja. Sufriendo, además, toda la sintomatología ya narrada anteriormente. Es por esto que hay que reconocer claramente la fortaleza de su carácter.

Así pues, era necesario seguir evaluando con mayor profundidad para aclarar todo. A. relata que nunca había sufrido desconexión antes de las muertes de sus familiares y de los ataques de pánico. También relata que en un primer momento la desconexión le pasaba cuando le daban los mareos de los ataques de pánico, pero que luego ya no. Estaba bastante claro que después de diecisiete años había aprendido a entrar en desconexión sin los ataques de pánico. Dicha desconexión era prácticamente perpetua, y contaba muy pocos episodios en los que no la sufriera, de hecho, le pasaba también mientras hablaba conmigo en la consulta.

Las sesiones se sucedían y yo seguía evaluando. Le pregunté si sentía ansiedad cuando se re-conectaba, a lo que respondió que no sabía cómo hacer eso, que nunca lo había hecho. Un primer ejercicio que hicimos, a manera experimental, fue que intentara meter su conciencia o ser dentro de su cuerpo, porque lo tenía siempre fuera, algo adelantado a la presencia física corporal. Hay que aclarar que él no se veía a sí mismo fuera de su cuerpo. Su conciencia era normal, él  podía mirar sus manos o las partes de su cuerpo y las sentía y veía igual que nosotros. Lo que sucedía a A. es que se veía adelantado, como fuera de su cuerpo. Es decir, su parte psicológica adelantada al lugar físico donde se encontraba su cuerpo. Así que le dije que intentara meterse dentro, a ver qué pasaba, por ver si sentía ansiedad o mareos. Lo cierto es que lo intentaba y podía hacerlo, pero duraba poco tiempo, volviendo al estado anterior y no sintiendo ni ansiedad ni mareos el tiempo que estaba conectado. Así que llegado este momento, tuve que elegir cuál era la técnica o técnicas principales que tenía que realizar para intentar sacar de ese estado de desconexión a A. El hecho de que en unos pequeños intentos de exposición en sesión no hubiera sentido los síntomas propios de los ataques de ansiedad hacía creer en un primer momento que la exposición no era útil, pues no había respuesta a la que habituarse. La principal hipótesis en este caso es que la desconexión era producto de un aprendizaje automático de su cuerpo ante los mareos producto de los ataques de ansiedad, para huir de estos mareos y del malestar. Luego el cuerpo se había habituado a estar en ese estado de desconexión, y la conciencia y percepción de ese estado había generado el TOC (¿Qué me pasa? Estoy loco. Soy una película de vídeo, etc). No obstante, al volver a ese estado, ni aparecía ansiedad, ni aparecía nada. Así que decidí probar con mindfulness.

El hecho de elegir mindfulness venía porque A. había relatado durante la evaluación que en ocasiones, cuando estaba despistado o prestando atención a otra cosa, como viendo una película, se olvidaba de su estado de desconexión. Teniendo en cuenta que se consideraba incapaz de volver a conectarse por sí mismo y que cuando hacía el esfuerzo para conectarse no se producía ningún tipo de respuesta a extinguir o habituar, consideré el hecho de realizar mindfulness para fomentar la conciencia plena y a ver si así, centrándose en determinadas partes de su cuerpo y evitando juzgar sus pensamientos, podía irse conectando con paciencia y poco a poco salir de ese estado.

Es importante decir que a A., el cual era (y es) un chico inteligente, le fueron explicados los principios de aprendizaje, los cuales aprendió y entendió muy bien, hecho que ayudó mucho a la hora de aplicar las técnicas y que su motivación por el cambio era muy alta. Hacía todo lo que se le pedía fuera de las sesiones, incluso se apuntó a yoga para intentar conectar y probar si funcionaba para salir del estado de desconexión. El yoga, actividad semanal, lo llegó a hacer en dos ocasiones. Le pedí que en ningún momento la meditación o el yoga hicieran de reforzamiento negativo, en lo relativo al TOC. Sin embargo, sorprendentemente, ni el mindfulness ni el yoga hicieron falta.

En una de las sesiones de mindfulness, intentando evaluar la hipótesis de que la desconexión era un reforzamiento negativo de los mareos, los cuales eran producto de la ansiedad, la cual estaba producida por determinados estímulos situacionales, no replicables en consulta, es decir, una hipótesis de concatenación de estímulos, A. empezó a sentir ansiedad al conectarse, algo que no había pasado hasta el momento, y fue porque le venían imágenes intrusas de muerte, específicamente la escena era que él moría.

En usas (unidades subjetivas de ansiedad) puntuaba un 8. Así que, como ya habían sido explicados los principios de aprendizaje y sus técnicas en sesiones anteriores, comenzamos sin perder ocasión una exposición en imaginación a dicha escena, hasta que llegó a 0 usas. La exposición siguió con la misma escena pero con sus padres delante, viéndolo morir, percatandonos enseguida que cuando sus padres y amigos estaban delante la ansiedad era mayor, en este caso 9.5 usas. Cuando llegó a 0 usas, se le preguntó qué más estímulos le generaban tanta ansiedad, así que pasamos por una exposición al cementerio, luego a ataúdes en el cementerio y finalmente el rostro de su abuelo muerto en el ataúd, al cual finalmente enterramos en nicho, lápida incluida. En todos los casos la ansiedad llegó a cero el tiempo suficiente. En la siguiente sesión se produjo el milagro conductual.

  1. llegó a la consulta exultante, feliz y sonriente porque aseguraba que ya no tenía absolutamente nada. Cuando se refería a absolutamente nada también incluía al TOC y a la desconexión. He llorado de felicidad, comentó. Nunca antes he estado tan bien desde las muertes, aseguró. Tuve que preguntarle qué había pasado. A. relató que como había entendido bien lo que era el reforzamiento negativo y los diferentes tipos de exposiciones, las había hecho en todas las ocasiones y circunstancias en las que se encontraba mal. Esto era algo que pensábamos hacer más adelante, pero que él hizo a motu propio. Entre otras cosas fue al cementerio él solo y se expuso hasta que la ansiedad le llegó a cero. También en las sesiones familiares y en las comidas con amigos, previa información de lo que iba a hacer por su parte a ellos. Evidentemente, A. había roto la concatenación de estímulos. Ya no se ausentaba en las reuniones con los padres (algo que también había comentado en las sesiones de evaluación y que era otro reforzamiento negativo), lo cual era el estímulo situacional que le provocaba la desconexión. Al no haber estado de desconexión, no había TOC, que era una respuesta estimulada por los pensamientos productos de la desconexión. Tampoco estaban dichos pensamientos, pues eran una respuesta del estado de desconexión. Le pregunté a A. que cuándo había hecho las exposiciones, a lo que respondió que al día siguiente de la sesión anterior, y que llevaba ya varios días sin nada. A. estaba curado. Aunque la expresión correcta en este caso sería extinto o habituado. Sigue así hasta la fecha.

Llegado a este punto me gustaría hacer una reflexión sobre metodología y sobre el paradigma cognitivo-conductual, sobre todo sobre el conductual.

La primera de ellas es el pequeño milagro que es la exposición, incluso en este caso, la exposición en imaginación. Cuesta creer que algo tan simple como la exposición pueda quitar problemas tan perturbadores como son la desrealización, la despersonalización o el TOC. Lo aquí narrado es un buen ejemplo de cómo siguiendo los resultados de los experimentos, aquellos que demuestran que las técnicas conductuales son las únicas eficaces para este tipo de problemas, son resueltos dichos problemas. Es un ejemplo de cómo se debe confiar en dichos estudios y experimentos, en la epistemología de base, como puede ser el positivismo lógico, así como en todos aquellos que hacen dichos experimentos en centros y universidades, los cuales son constantemente criticados por miembros de otros paradigmas. Esto me lleva claramente a otra reflexión.

Recordando que A. es homosexual, sus padres lo rechazaban por ello, tenía miedo a la muerte y pensaba que no estaba conectado a su cuerpo, ¿qué habrían hecho con él terapeutas de otros paradigmas, como por ejemplo el psicoanálisis o derivados psicodinámicos? Pensémoslo bien: homosexualidad, muerte, padres… ¿No es este un ejemplo más que nos confirma que el paradigma conductual es el correcto (o si no, el más correcto)? ¿Qué le habrían dicho a A. los que afirman que todo esto puede ser producto de una especie de conflicto profundo? ¿Qué le dirían aquellos que forman parte de paradigmas que afirman cosas tales como: el todo es más que la suma de las partes? ¿Quizá lo mismo que aquellos que malentendiendo la metodología afirman que la psicología conductual es reduccionista? Es importante defender lo experimental y lo empírico, y lo que se ha demostrado efectivo. Y el paradigma conductual lo es. Este caso es un ejemplo más de cómo comportamientos y problemas complejos son bien solucionados por el paradigma conductual, paradigma que llega a generar pequeños milagros que hacen la vida mejor a todos. Sobre todo a A., diecisiete años después. Pequeños milagros conductuales.

ADOLESCENCIA Y COVID-19

Blanca Hortal Miguel. 31ª Promoción. Máster en Psicología Clínica. Cetecova.

Mi interés por escribir este artículo parte de la necesidad de poder aportar datos, desde mi práctica profesional actual, que apoyan el origen de ciertos estados emocionales como la depresión y la ansiedad y los factores de mantenimiento que presentan mis clientes adolescentes en esta situación de pandemia. Son factores vitales y que, tan excelentemente nos han enseñado a detectar Carmen Pastor y Juan Sevillá en el Máster; factores como la pérdida de reforzadores debido a la aparición de un cambio en la vida de la persona, a las posibles rupturas de cadenas conductuales o al aumento en la cantidad o la calidad de la aversión y que juegan un papel tan importante en la depresión; o como en el caso de los trastornos de ansiedad, cuyo origen puede ser motivado por el efecto de eventos diarios y de estresores. Al mismo tiempo, quiero exponer la situación y las condiciones vividas por los adolescentes en sus diferentes roles.

Los adolescentes como colectivo vulnerable

El estado de alerta generado por la COVID-19 supone un conjunto de nuevos estresores que implica una tendencia aumentada a experimentar síntomas ansiosos y depresivos y, por tanto, a desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Numerosos estudios apuntan cómo dichos estresores están provocando alteraciones en la población juvenil, la cual tiene entre sus principales riesgos el estrés psicosocial y los problemas psicológicos consecutivos al aislamiento físico.

Un elemento fundamental es la vulnerabilidad, es decir, hay personas que por sus características presentan más riesgo de desarrollar trastornos psicológicos. Si a esto se suma una situación de incertidumbre, el riesgo aumenta considerablemente. Los adolescentes constituyen un colectivo de especial vulnerabilidad que puede incrementarse si estos presentan características familiares, educacionales, socioeconómicas o condiciones físicas y/o mentales desfavorables. Y ante esta situación, el adolescente se ha tenido que mantener activo, con muchos cambios impuestos y abruptos que, en muchos casos, les está afectando negativamente a su desarrollo académico, social y emocional y que está dejando cicatrices importantes.

En general, ante este tipo de situación de pandemia aparecen sentimientos y emociones que son absolutamente normales, como tristeza, miedo, malestar, etc., pero tras un largo periodo como el que estamos viviendo, los efectos emocionales en nuestros adolescentes derivan en una intensidad mayor, sin control y manejo como la tristeza y la ansiedad porque, principalmente, perciben el mundo como amenaza.

La etapa de la adolescencia es crítica clínicamente hablando, es la etapa en la que surgen síntomas que se pueden traducir en trastornos y que se pueden sostener y cronificar en trastornos psicológicos en la vida adulta. En esta etapa existen situaciones de mayor vulnerabilidad como, por ejemplo, cuando la persona se encuentra en una etapa de transición o aquella que ya presenta síntomas previos; también supone un periodo de inicio de conductas de riesgo como, por ejemplo, para la salud mental o para la inadaptación social. Por otro lado, las emociones se acentúan, pero el adolescente todavía no está desarrollado emocionalmente, es inmaduro psicológicamente hablando porque no ha terminado de desarrollar los recursos emocionales que le ayuda a adaptarse a los cambios; por lo que dicha inmadurez y falta de competencia se traduce en un riesgo de alteraciones emocionales.

El adolescente y sus roles en la pandemia

La vida académica del escolar ha estado marcado por un vaivén de cambios y de incertidumbre y los alumnos más mayores, los de las etapas superiores, todavía en mayor medida. Las clases presenciales se interrumpieron en marzo de 2020 para dar paso, por primera vez en la historia de nuestro país, ha hacerse en modalidad online hasta el final de curso. En las etapas de la E.S.O, Bachillerato y Universidad, el inicio del curso 2020-2021 comienza combinando las modalidades presencial y online, es decir, ciertos días de la semana un número de alumnos asisten físicamente a clase mientras que otros se quedan en casa conectándose a las clases con sus ordenadores. El primer impacto fue el de tener que adaptarse tecnológicamente para poder seguir el ritmo de las clases, y, a su vez, cambiar de contexto, cambiar el aula por su habitación. Las repercusiones académicas de este cambio, de lo presencial a lo online, han sido muy relevantes; numerosos alumnos se han visto afectados por la falta de atención y concentración para poder seguir las explicaciones del profesor, lo que ha derivado en la presencia de lagunas académicas y dificultades para adquirir un hábito de estudio óptimo y que se ha traducido, en un número importante de casos, en resultados académicos bajos, lo que supone un factor estresante para el alumno. Además, los alumnos más mayores han tenido que sobrellevar, entre todos estos cambios, la anulación de las prácticas curriculares, y con ello, la pérdida de un importante reforzador que les ha generado más desmotivación e incertidumbre.

Por otra parte, las consecuencias debidas al aislamiento físico durante el horario escolar han sido especialmente relevantes, un aislamiento que supuso al inicio de la pandemia, estar solo en la habitación, sin el acompañamiento de los compañeros, delante de una pantalla, sin poder comentar, sonreír, mirar a los ojos al compañero de pupitre; una deprivación para el alumno a lo largo de muchas horas al día, de muchas horas a la semana que han tenido que compensar con las nuevas tecnologías. Posteriormente, a pesar de que se retomaron las clases presenciales, los alumnos siguen sufriendo cierto aislamiento social. Y si en esas condiciones ya es difícil gestionar la relación con sus compañeros, todavía de agrava más con aquellos que acaban de iniciar el primer grado de la Universidad o los que han cambiado de centro escolar y que tienen que hacer nuevos amigos para integrarse y adaptarse al nuevo curso académico. Como terapeuta, lidiar con esta situación resulta realmente difícil con alguien que sufre fobia social porque se ha de llevar a cabo una intervención en una situación caracterizada por la deprivación social y, por tanto, por la presencia de elementos que limitan la comunicación como la distancia social, el uso de mascarillas, la ausencia de actividades de ocio, etc.

Todo este escenario de cambios inesperados y situaciones estresantes que el alumno ha tenido que sufrir diariamente y a lo largo de muchos meses ha generado un estado de preocupación e inquietud en el estudiante que los profesores me verbalizaban constantemente, especialmente en las fases con mayores repuntes de contagios. Me contaban, con gran preocupación,cómo sus alumnos a menudo les preguntaban si iban a tener que quedarse de nuevo en casa porque no querían, ellos querían seguir asisitiendo a las clases y tener una rutina, una estabilidad y, sobre todo, poder estar con sus compañeros. Este estado de preocupaciones excesivas ha limitado su funcionamiento y en un número de casos importantes ha dado lugar a ataques de ansiedad o crisis de angustia, que de cronificarse se pueden convertir en trastornos de pánico.

En el ámbito social el cambio ha sido drástico, especialmente en la primera fase del estado de alarma ya que, drásticamente, tuvieron que dejar de quedar con sus amigos, se anulaban las actividades extraescolares, se cerraban las escuelas deportivas, etc.; y aunque progresivamente se está abriendo y normalizando la situación, todavía están sufriendo cierto aislamiento social y físico. Para los adolescentes sus compañeros y amigos son una fuente de apoyo porque pasan por lo mismo que ellos, y más en los momentos difíciles les aportan diversión y la amistad es más intensa que en cualquier otra etapa. Y a lo largo de esta pandemia, han tenido que cortar con su rutina social y los encuentros sociales que tienen con su grupo de iguales no son como a ellos les gustaría que fuesen. Muchos de estos chic@s se inician en esta etapa en una relación de pareja y han tenido que hacerlo de una manera totalmente diferente y antinatural, sin poder abrazarse, tocarse, o sin poder besarse.

Los periodos de tiempo de convivencia con la familia han aumentado en detrimento de las relaciones con su grupo de iguales, lo que supone una tendencia inversa a lo que, por naturaleza, debería acontecer durante este periodo. Y como consecuencia, aumentan los roces familiares en la convivencia que expresan con quejas: “veo demasiado a mi familia”, “echo de menos la fiesta del fin de semana porque no me puedo desahogar, bailar, reírme con mis amigos” y “aunque quedo con mis amigos, por la calle, en el río o en la terraza de un bar, no es lo mismo”.

Esta  incapacidad para desarrollar las actividades cotidianas y participar en acciones gratificantes impacta negativamente en la capacidad para regular con éxito tanto el comportamiento como las emociones.

Y toda esta situación enmarcada en un estado que no sabían cuánto podía durar ni entender realmente lo que estaba pasando. Todo esto supuso para ellos pasar por una situación altamente estresante, una amenaza cercana y real caracterizada por la falta de seguridad, de libertad y de relaciones. La mente por naturaleza es social porque procesa información social, está diseñado para sistemas sociales y la privación del contacto social va en contra de nuestra naturaleza humana. Este aislamiento parcial actual impacta directamente en el estado de ansiedad y se intensifica, ya que, fisiológicamente hablando, aumenta el cortisol y disminuye la dopamina y la serotonina.

Por tanto, los adolescentes han tenido que enfrentarse a muchos retos en esta etapa: la incertidumbre académica constante, las restricciones comunicativas y de actividades extraescolares, la falta de ejercicio físico, los escasos encuentros con los amigos, la intensificación en la convivencia con la familia, etc.

Ante todo esto, como el adolescente todavía no ha llegado a la madurez y la gran mayoría no tiene recursos para defenderse, muchos manifiestan cualquier problema por medio del enojo derivado de la impotencia que experimentan. Esa frustración y enojo lo manejan como pueden, a menudo se desahogan de manera inadecuada con los padres, o con las redes sociales, ya que no lo pueden hacer con su deporte habitual, ni tampoco con sus amigos porque la relación son sus amistades y las actividades de ocio o extraescolares también han sido cortadas. No hay que olvidar que biológicamente, sufren grandes cambios hormonales y el efecto de la relación directa entre las hormonas y las emociones.

Entre los efectos directos ante estos cambios que limitan su comportamiento se incluyen alteraciones conductuales y/o emocionales, como señales de depresión que se manifiestan en estados de incertidumbre y ansiedad; desánimo y tristeza que derivan en comportamientos tales como llorar más de lo habitual, problemas de sueño o apetito, aumento o disminución de su energía, apatía, desatención a los comportamientos referidos a la promoción de salud, problemas de concentración, así como también en hiperactividad e irritabilidad.

Consideraciones finales

Los profesionales de la salud nos sentimos con el deber de vigilar la evolución de las manifestaciones psicológicas consecutivas a este evento, en el sentido de su intensificación y prolongación en el tiempo, lo cual genera limitantes para el desarrollo normal y adquiere un significado psicopatológico. Y también no sentimos con el deber de propiciar a los adolescentes recursos y habilidades para afrontar adecuadamente situaciones de crisis y estrés psicosocial.

Desde la Asociación Española de Pediatría sobre los escolares, estiman que actualmente el 20-22% de los escolares tienen problemas importantes de patologías psicológicas, datos importantísimos porque los adolescentes de ahora son nuestros adultos del futuro. Estamos hablando, como advierten los pediatras, de una “pandemia” de salud mental en la población infanto-juvenil.

Los datos son de impacto y significativos, pero pese a esta situación que nos ha traído la COVID-19, no hay que olvidar que la adolescencia también se caracteriza por su capacidad de adaptación y creatividad, cuestión que me permite ser optimista con la apertura de medidas post-confinamiento que poco a poco nos deja disfrutar de nuevo de nuestras rutinas y actividades que tan importantes son para la salud mental del ser humano. Estamos saliendo de la pandemia, y afortunadamente, ayudará a que un gran número de jóvenes sean capaces de superar su estado de malestar emocional actual.

Y cierro este artículo con una frase que me dijo una de mis chicas adolescentes al hilo de la flexibilización de las medidas de ocio y su plan de fin de semana que me sirve como premisa para el optimismo: “hay que disfrutar a tope, mañana será otro día. Lo que venga después, ya se verá”.

Estudio de caso: solastalgia o ansiedad por el cambio Climático.

Estudio de caso: solastalgia o ansiedad por el cambio  Climático.

Deborah Blázquez Marín. Promoción 30ª Máster Psicología Clínica. CETECOVA

 

ORGANISMO:

L Es una mujer de 37 años que trabaja de médica en un hospital. Nació fuera de España pero lleva 10 años viviendo aquí.  Está casada y no tiene hijos . Es una persona muy inteligente y empática. En su tiempo libre disfruta de aficiones artísticas, deportivas y culturales.

Toma la decisión de buscar ayuda cuando siente que las emociones le desbordan en relación a su principal preocupación: el cambio climático. Desde que recuerda, ha estado muy concienciada con el medio ambiente. Antes disfrutaba informándose sobre el cambio climático, los animales y la naturaleza, pero desde hace varios años no solo ha dejado de disfrutarlo, si no que siente mucha ansiedad con respecto a este tema. Además, tiene la duda de si quiere tener hijos. Piensa que no, pero no está segura de si es una decisión firme o de si está causada por la ansiedad que le genera el futuro del planeta.  Tiene otra gran duda que le hacer sentir cierta reticencia ante la terapia y es que no quiere cambiar su conciencia con el medio ambiente, tan solo reducir el malestar, pero no engañarse negando el cambio climático o dejando de hacer sus aportaciones al medio ambiente: reciclaje, no usar vehículos a motor o comprar en tiendas de productos a granel.

Recuerda que la primera vez que sintió ansiedad por el cambio climático fue a raíz de una excursión escolar, donde pudo contemplar grandes niveles de contaminación. Además, al venir a España se dio cuenta de que un país que ella creía más desarrollado apenas tenía políticas adecuadas de protección del medio ambiente ni de reciclaje. También cuenta que el cambio fue gradual, pasando de ir a la montaña o a la playa para disfrutar de la naturaleza, empezar algunos días a recoger plásticos porque le generaba emociones intensas de ansiedad y tristeza el ver el daño que hace el ser humano al planeta. Poco a poco fue sintiéndose peor ante estas situaciones hasta finalmente decidir no acudir a estos sitios.

La evaluación se realizó durante 3 sesiones y los instrumentos utilizados fueron: entrevista, autoregistro y  BDI.

ANÁLISIS FUNCIONAL DEL CASO

ESTÍMULOS

Noticias sobre el cambio climático

Ver plástico en el cauce del río Turia

Ver que no se recicla en el trabajo

Duda sobre tener hijos o adoptar

Noticias con imágenes sobre incendios

RESPUESTA COGNITIVA

No tengo la solución

Los políticos no cumplen los acuerdos

La gente no tiene conciencia

Menudo futuro para los niños

Y si sacrifico demasiado por no tener hijos

RESPUESTA FISIOLÓGICA

Frustración

Ansiedad

Ganas de llorar

Respiración agitada

Tristeza

RESPUESTA MOTORA

Pensar en cosas agradables

Distraerse con cualquier actividad

Recoger plásticos del suelo en espacios naturales (en playa o montaña)

Divulgar noticias positivas

Buscar alternativas (p.e. adoptar en vez de tener hijos propios)

HIPÓTESIS

En la  4ª sesión se le explicó la hipótesis, detallando cómo había comenzado este problema y cómo se estaba manteniendo en la actualidad. Se le explicó el análisis funcional y cómo todo aquello que estaba realizando de manera voluntaria para sentirse mejor era precisamente lo que mantenía el problema.

TRATAMIENTO

Se realizó una jerarquía (Nivel de ansiedad de 0 a 10) con aquellas situaciones que disparaban su ansiedad y se ordenó en base al nivel de ansiedad que le producían

Noticias científicas sobre cambio climático con o sin tablas de datos)    Nivel  3 de ansiedad

Ver plástico por el suelo mientras camina o va en bicicleta                      Nivel 4 de ansiedad

Ver plásticos por el suelo en espacios naturales (playa o montaña)        Nivel 5 de ansiedad

Ir a un supermercado y observar la cantidad de plástico utilizada           Nivel 6 de ansiedad

Quedar con amigos en sus casas y observar que no reciclan                  Nivel 7 de ansiedad

Observar la cantidad de desperdicio en el hospital donde trabaja        Nivel 8 de ansiedad

Noticias con imágenes de playas llenas de plástico o incendios             Nivel 9 de ansiedad

Ver un documental de sufrimiento animal                                                  Nivel 10 de ansiedad

Recordar su pasado cuando comía animales                                             Nivel 10 de ansiedad

Decisión de tener hijos ¿Y si estoy renunciando a demasiado?              Nivel 10 de ansiedad

La técnica utilizada fue la terapia de exposición in vivo con prevención de respuesta

En las primera sesión L se expuso a noticias con datos científicos sin imágenes de naturaleza. Debía exponerse sin ningún pensamiento neutralizador. La primera sesión se realizó en el despacho, leyendo noticias sobre el cambio climático. El pensamiento principal que le producen estas noticias, así como todos los otros ítems de la jerarquía es: no tenemos solución (refiriéndose al daño que produce el ser humano al planeta Tierra y cómo eso va cada día a peor sin posibilidad de cambio). Entendió rápidamente la técnica y continuo exponiéndose en casa. En las exposiciones a ver plástico en el suelo (fuese por la ciudad o en espacios naturales) la prevención de respuesta consistió en no recogerlo ella misma, tal y como hacía antes de la terapia tratando de reducir su malestar.

En los ítems intermedios L avanzó con rapidez puesto que se produjo gran generalización de los avances realizados con respecto a la ansiedad en ítems inferiores. Una de las mayores dificultades fue a la hora de saber si realmente quería ser madre o no. Estaba bastante segura de que no quería serlo, pero en ocasiones dudaba de si aquella decisión no era real y estaba basada en su miedo al futuro. Para ello, a llegar al último ítem de su jerarquía tuvo que exponerse a la idea de ser madre y traer a un niño a un futuro que ella prevé más hostil en muchos aspectos (por la pérdida de calidad de vida que vamos a tener debido al cambio climático). Una vez se expuso a él y ya no le producía ansiedad fue cuando pudo tomar la decisión sin estar condicionada por la ansiedad. Su decisión a día de hoy sigue siendo no ser madre.

SEGUIMIENTO

Se le ha pedido un resumen de lo que ha aprendido en terapia y del cambio que ha supuesto aplicarlo en su vida. Además, L está realizando varios viajes a países donde había estado antes  y ha podido comprobar que las ciudades continúan creciendo en detrimento de los espacios naturales. En estos viajes está aprovechando para hacer un sobreaprendizaje, aplicando la técnica de exposición con prevención de respuesta a situaciones nuevas que le generan cierto grado de ansiedad. L contó que antiguamente plantaba un árbol cada vez que viajaba en avión  y que ahora comprendía que una conducta destinada a aliviar el malestar generado por contribuir al daño del Planeta por lo que entendía que debía dejar de hacerlo. Acordamos que  no lo haría en las ocasiones en que viajara ni lo utilizaría como compensación de nada, pero podía hacerlo alguna vez en su vida, simplemente porque era algo que la hacía feliz.

ADOLESCENCIA Y COVID-19

Blanca Hortal Miguel. 31ª Promoción. Máster en Psicología Clínica. Cetecova.

Mi interés por escribir este artículo parte de la necesidad de poder aportar datos, desde mi práctica profesional actual, que apoyan el origen de ciertos estados emocionales como la depresión y la ansiedad y los factores de mantenimiento que presentan mis clientes adolescentes en esta situación de pandemia. Son factores vitales y que, tan excelentemente nos han enseñado a detectar Carmen Pastor y Juan Sevillá en el Máster; factores como la pérdida de reforzadores debido a la aparición de un cambio en la vida de la persona, a las posibles rupturas de cadenas conductuales o al aumento en la cantidad o la calidad de la aversión y que juegan un papel tan importante en la depresión; o como en el caso de los trastornos de ansiedad, cuyo origen puede ser motivado por el efecto de eventos diarios y de estresores. Al mismo tiempo, quiero exponer la situación y las condiciones vividas por los adolescentes en sus diferentes roles.

Los adolescentes como colectivo vulnerable

El estado de alerta generado por la COVID-19 supone un conjunto de nuevos estresores que implica una tendencia aumentada a experimentar síntomas ansiosos y depresivos y, por tanto, a desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Numerosos estudios apuntan cómo dichos estresores están provocando alteraciones en la población juvenil, la cual tiene entre sus principales riesgos el estrés psicosocial y los problemas psicológicos consecutivos al aislamiento físico.

Un elemento fundamental es la vulnerabilidad, es decir, hay personas que por sus características presentan más riesgo de desarrollar trastornos psicológicos. Si a esto se suma una situación de incertidumbre, el riesgo aumenta considerablemente. Los adolescentes constituyen un colectivo de especial vulnerabilidad que puede incrementarse si estos presentan características familiares, educacionales, socioeconómicas o condiciones físicas y/o mentales desfavorables. Y ante esta situación, el adolescente se ha tenido que mantener activo, con muchos cambios impuestos y abruptos que, en muchos casos, les está afectando negativamente a su desarrollo académico, social y emocional y que está dejando cicatrices importantes.

En general, ante este tipo de situación de pandemia aparecen sentimientos y emociones que son absolutamente normales, como tristeza, miedo, malestar, etc., pero tras un largo periodo como el que estamos viviendo, los efectos emocionales en nuestros adolescentes derivan en una intensidad mayor, sin control y manejo como la tristeza y la ansiedad porque, principalmente, perciben el mundo como amenaza.

La etapa de la adolescencia es crítica clínicamente hablando, es la etapa en la que surgen síntomas que se pueden traducir en trastornos y que se pueden sostener y cronificar en trastornos psicológicos en la vida adulta. En esta etapa existen situaciones de mayor vulnerabilidad como, por ejemplo, cuando la persona se encuentra en una etapa de transición o aquella que ya presenta síntomas previos; también supone un periodo de inicio de conductas de riesgo como, por ejemplo, para la salud mental o para la inadaptación social. Por otro lado, las emociones se acentúan, pero el adolescente todavía no está desarrollado emocionalmente, es inmaduro psicológicamente hablando porque no ha terminado de desarrollar los recursos emocionales que le ayuda a adaptarse a los cambios; por lo que dicha inmadurez y falta de competencia se traduce en un riesgo de alteraciones emocionales.

El adolescente y sus roles en la pandemia

La vida académica del escolar ha estado marcado por un vaivén de cambios y de incertidumbre y los alumnos más mayores, los de las etapas superiores, todavía en mayor medida. Las clases presenciales se interrumpieron en marzo de 2020 para dar paso, por primera vez en la historia de nuestro país, ha hacerse en modalidad online hasta el final de curso. En las etapas de la E.S.O, Bachillerato y Universidad, el inicio del curso 2020-2021 comienza combinando las modalidades presencial y online, es decir, ciertos días de la semana un número de alumnos asisten físicamente a clase mientras que otros se quedan en casa conectándose a las clases con sus ordenadores. El primer impacto fue el de tener que adaptarse tecnológicamente para poder seguir el ritmo de las clases, y, a su vez, cambiar de contexto, cambiar el aula por su habitación. Las repercusiones académicas de este cambio, de lo presencial a lo online, han sido muy relevantes; numerosos alumnos se han visto afectados por la falta de atención y concentración para poder seguir las explicaciones del profesor, lo que ha derivado en la presencia de lagunas académicas y dificultades para adquirir un hábito de estudio óptimo y que se ha traducido, en un número importante de casos, en resultados académicos bajos, lo que supone un factor estresante para el alumno. Además, los alumnos más mayores han tenido que sobrellevar, entre todos estos cambios, la anulación de las prácticas curriculares, y con ello, la pérdida de un importante reforzador que les ha generado más desmotivación e incertidumbre.

Por otra parte, las consecuencias debidas al aislamiento físico durante el horario escolar han sido especialmente relevantes, un aislamiento que supuso al inicio de la pandemia, estar solo en la habitación, sin el acompañamiento de los compañeros, delante de una pantalla, sin poder comentar, sonreír, mirar a los ojos al compañero de pupitre; una deprivación para el alumno a lo largo de muchas horas al día, de muchas horas a la semana que han tenido que compensar con las nuevas tecnologías. Posteriormente, a pesar de que se retomaron las clases presenciales, los alumnos siguen sufriendo cierto aislamiento social. Y si en esas condiciones ya es difícil gestionar la relación con sus compañeros, todavía de agrava más con aquellos que acaban de iniciar el primer grado de la Universidad o los que han cambiado de centro escolar y que tienen que hacer nuevos amigos para integrarse y adaptarse al nuevo curso académico. Como terapeuta, lidiar con esta situación resulta realmente difícil con alguien que sufre fobia social porque se ha de llevar a cabo una intervención en una situación caracterizada por la deprivación social y, por tanto, por la presencia de elementos que limitan la comunicación como la distancia social, el uso de mascarillas, la ausencia de actividades de ocio, etc.

Todo este escenario de cambios inesperados y situaciones estresantes que el alumno ha tenido que sufrir diariamente y a lo largo de muchos meses ha generado un estado de preocupación e inquietud en el estudiante que los profesores me verbalizaban constantemente, especialmente en las fases con mayores repuntes de contagios. Me contaban, con gran preocupación,cómo sus alumnos a menudo les preguntaban si iban a tener que quedarse de nuevo en casa porque no querían, ellos querían seguir asisitiendo a las clases y tener una rutina, una estabilidad y, sobre todo, poder estar con sus compañeros. Este estado de preocupaciones excesivas ha limitado su funcionamiento y en un número de casos importantes ha dado lugar a ataques de ansiedad o crisis de angustia, que de cronificarse se pueden convertir en trastornos de pánico.

En el ámbito social el cambio ha sido drástico, especialmente en la primera fase del estado de alarma ya que, drásticamente, tuvieron que dejar de quedar con sus amigos, se anulaban las actividades extraescolares, se cerraban las escuelas deportivas, etc.; y aunque progresivamente se está abriendo y normalizando la situación, todavía están sufriendo cierto aislamiento social y físico. Para los adolescentes sus compañeros y amigos son una fuente de apoyo porque pasan por lo mismo que ellos, y más en los momentos difíciles les aportan diversión y la amistad es más intensa que en cualquier otra etapa. Y a lo largo de esta pandemia, han tenido que cortar con su rutina social y los encuentros sociales que tienen con su grupo de iguales no son como a ellos les gustaría que fuesen. Muchos de estos chic@s se inician en esta etapa en una relación de pareja y han tenido que hacerlo de una manera totalmente diferente y antinatural, sin poder abrazarse, tocarse, o sin poder besarse.

Los periodos de tiempo de convivencia con la familia han aumentado en detrimento de las relaciones con su grupo de iguales, lo que supone una tendencia inversa a lo que, por naturaleza, debería acontecer durante este periodo. Y como consecuencia, aumentan los roces familiares en la convivencia que expresan con quejas: “veo demasiado a mi familia”, “echo de menos la fiesta del fin de semana porque no me puedo desahogar, bailar, reírme con mis amigos” y “aunque quedo con mis amigos, por la calle, en el río o en la terraza de un bar, no es lo mismo”.

Esta  incapacidad para desarrollar las actividades cotidianas y participar en acciones gratificantes impacta negativamente en la capacidad para regular con éxito tanto el comportamiento como las emociones.

Y toda esta situación enmarcada en un estado que no sabían cuánto podía durar ni entender realmente lo que estaba pasando. Todo esto supuso para ellos pasar por una situación altamente estresante, una amenaza cercana y real caracterizada por la falta de seguridad, de libertad y de relaciones. La mente por naturaleza es social porque procesa información social, está diseñado para sistemas sociales y la privación del contacto social va en contra de nuestra naturaleza humana. Este aislamiento parcial actual impacta directamente en el estado de ansiedad y se intensifica, ya que, fisiológicamente hablando, aumenta el cortisol y disminuye la dopamina y la serotonina.

Por tanto, los adolescentes han tenido que enfrentarse a muchos retos en esta etapa: la incertidumbre académica constante, las restricciones comunicativas y de actividades extraescolares, la falta de ejercicio físico, los escasos encuentros con los amigos, la intensificación en la convivencia con la familia, etc.

Ante todo esto, como el adolescente todavía no ha llegado a la madurez y la gran mayoría no tiene recursos para defenderse, muchos manifiestan cualquier problema por medio del enojo derivado de la impotencia que experimentan. Esa frustración y enojo lo manejan como pueden, a menudo se desahogan de manera inadecuada con los padres, o con las redes sociales, ya que no lo pueden hacer con su deporte habitual, ni tampoco con sus amigos porque la relación son sus amistades y las actividades de ocio o extraescolares también han sido cortadas. No hay que olvidar que biológicamente, sufren grandes cambios hormonales y el efecto de la relación directa entre las hormonas y las emociones.

Entre los efectos directos ante estos cambios que limitan su comportamiento se incluyen alteraciones conductuales y/o emocionales, como señales de depresión que se manifiestan en estados de incertidumbre y ansiedad; desánimo y tristeza que derivan en comportamientos tales como llorar más de lo habitual, problemas de sueño o apetito, aumento o disminución de su energía, apatía, desatención a los comportamientos referidos a la promoción de salud, problemas de concentración, así como también en hiperactividad e irritabilidad.

Consideraciones finales

Los profesionales de la salud nos sentimos con el deber de vigilar la evolución de las manifestaciones psicológicas consecutivas a este evento, en el sentido de su intensificación y prolongación en el tiempo, lo cual genera limitantes para el desarrollo normal y adquiere un significado psicopatológico. Y también no sentimos con el deber de propiciar a los adolescentes recursos y habilidades para afrontar adecuadamente situaciones de crisis y estrés psicosocial.

Desde la Asociación Española de Pediatría sobre los escolares, estiman que actualmente el 20-22% de los escolares tienen problemas importantes de patologías psicológicas, datos importantísimos porque los adolescentes de ahora son nuestros adultos del futuro. Estamos hablando, como advierten los pediatras, de una “pandemia” de salud mental en la población infanto-juvenil.

Los datos son de impacto y significativos, pero pese a esta situación que nos ha traído la COVID-19, no hay que olvidar que la adolescencia también se caracteriza por su capacidad de adaptación y creatividad, cuestión que me permite ser optimista con la apertura de medidas post-confinamiento que poco a poco nos deja disfrutar de nuevo de nuestras rutinas y actividades que tan importantes son para la salud mental del ser humano. Estamos saliendo de la pandemia, y afortunadamente, ayudará a que un gran número de jóvenes sean capaces de superar su estado de malestar emocional actual.

Y cierro este artículo con una frase que me dijo una de mis chicas adolescentes al hilo de la flexibilización de las medidas de ocio y su plan de fin de semana que me sirve como premisa para el optimismo: “hay que disfrutar a tope, mañana será otro día. Lo que venga después, ya se verá”.

LA INFORMACIÓN ES PODER: TERAPIA COGNITIVO- CONDUCTUAL EN UN CASO DE ABUSO SEXUAL

LA INFORMACIÓN ES PODER: TERAPIA COGNITIVO- CONDUCTUAL EN UN CASO DE ABUSO SEXUAL

Maria José Hernández de Alba Mir. Promoción 31ª Máster en Psicología Clínica. CETECOVA.

RESUMEN

En este artículo se describe el tratamiento con terapia cognitivo- conductual de un caso de trastorno por estrés postraumático por abuso sexual. La paciente, de 25 años de edad, fue víctima un año antes de acudir a terapia de abuso sexual por parte de un fisioterapeuta cuando se estaba tratando una tendinitis. El tratamiento constó de 8 sesiones de intervención en un periodo de 10 semanas. Tras 6 meses de seguimiento, la paciente se encontraba totalmente recuperada,  se habían extinguido las conductas de evitación y sus cogniciones de culpabilidad y de negatividad acerca del mundo habían remitido.

INTRODUCCIÓN

A lo largo de la historia, el trastorno por estrés postraumático ha sido denominado con multitud de nombres. Neurosis compensatoria, fatiga de guerra o shock nervioso eran los términos que se utilizaban a principios del siglo XX a raíz de las secuelas observadas por los soldados combatientes en la 1º Guerra Mundial. Pero fue en 1980 cuando se acuñó por primera vez dicho término al aparecer en el Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales III (DSM-III).

Con el paso de los años se ha ido investigando dicho fenómeno y se  ha concluido que no solamente la gente que ha vivido situaciones de guerra pueden desarrollar este problema emocional, si no que por el contrario un alto porcentaje de la población  general (entorno al 60-70%) puede vivir una trauma susceptible de crear un TEP a lo largo de su vida aunque no todos acabarán desarrollándolo (solamente en torno al 1%). ¿De qué tipo de eventos estamos hablando? Agresiones de cualquier tipo como violencia de género, violaciones, atracos, etc., desastres naturales, secuestros, accidentes, guerras, etc. y es que no hace falta vivir dicho evento para poder “crear” el problema si no que ser testigo es también un factor en contra para que se desarrolle. Es este hecho el que motiva a la comunidad científica a seguir investigando para ir alcanzando cada vez tratamientos con mejor tasa de éxito.

Todas las personas que sufren trastorno por estrés postraumático comparten las mismas características a nivel cognitivo: los flashbacks y/o pesadillas que hacen recordar el acontecimiento traumático junto con el miedo a que vuelva a pasar. Estos pensamientos siempre van acompañados de alta activación fisiológica que puede llegar incluso al bloqueo y/o la despersonalización. Esta combinación a nivel de pensamiento y de emoción hacen que el sujeto empiece a evitar y/o huir de los pensamientos y las situaciones temidas, instaurando así el problema.

MÉTODO

Sujeto

La paciente es una mujer de 25 años, soltera, diseñadora industrial de profesión , que vive con sus padres y un hermano. Acude a la consulta en septiembre de 2020, 13 meses después de la agresión.

El problema se originó en julio de 2019 cuando acudió a un fisioterapeuta recomendado por unas conocidas para tratarse un problema de tendinitis en su abductor izquierdo. En la tercera sesión y sin consentimiento de la paciente , el fisioterapeuta agredió a la joven tocándole en sus partes íntimas. En este momento se sintió paralizada a nivel físico y una gran activación fisiológica (sudoración y temblores mayormente) y le pidió que parara.

La paciente refiere sufrir dolores de estómago recurrentes cuando se encuentra en situaciones que le recuerdan la situación vivida. Tiene pensamientos relacionados con la vergüenza, la injusticia y culpabilidad por no haber reaccionado de forma diferente ante la situación estresante que desencadenó su problema emocional, estos pensamientos aparecen de forma súbita. La paciente ha empezado evitar todo tipo de especialistas de la salud, sobretodo si son hombres, y evita acudir a la población donde el fisioterapeuta tiene la consulta. Su estado de ánimo ha bajado desde entonces considerablemente y ha dejado de realizar algunas de las aficiones que tenía.

Procedimiento

  1. Evaluación

El proceso de evaluación consistió en varias entrevistas clínicas con la paciente para conocer las respuestas fisiológicas, motoras y cognitivas ante la situación estresante vivida, y el resto situaciones y pensamientos que elicitan respuestas de ansiedad, enfado, irritabilidad o culpa entre otras (análisis funcional) relacionadas con dicho suceso.

Otras herramientas de evaluación además de la entrevista fueron:

– Historia personal. Cuestionario biográfico de Pastor y Sevillá, 1990.

– Autorregistros.

Día /hora Situación Emoción

(nivel de malestar 0-10)

Cognición Actuación
  • Guía de evaluación en trastornos de estrés post-traumático de Scott y Stradling, 1993. (entrevista estructurada)

– Inventario de cogniciones postraumáticas, ICPT. En este cuestionario se evalúan mediante 36 ítems las cogniciones que puede presentar el sujeto que ha sido víctima del hecho traumático. Hace distinción entre 3 tipos diferentes de pensamientos: Cogniciones negativas sobre sí mismo, cogniciones negativas acerca del mundo y pensamientos autopunitivos. La paciente presentó las mayores puntuaciones en la parte de las cogniciones negativas acerca del mundo con una puntuación media de 5,6, teniendo en cuenta que los resultados se miden en base a una escala tipo Likert de 1-7. Los resultados en cuando a los pensamientos punitivos tuvieron una media de 4,9 y las cogniciones negativas sobre sí misma fueron de 3,5 de media.

  1. Hipótesis explicativa

Una vez llevada a cabo la evaluación y teniendo en cuenta los resultados que tanto de la entrevista como de los cuestionarios se ha obtenido, se le da a la paciente información detallada sobre la ansiedad, más concretamente sobre el trastorno por estrés post-traumático y se le explican los factores de adquisición y mantenimiento de este trastorno. Estas explicaciones son de gran interés para que la paciente entienda la naturaleza de su respuesta original de ansiedad (bloqueo) y desencadenante de su problema emocional y con ello contribuir a la disminución del pensamiento de culpa ante lo ocurrido.

El elemento desencadenante es la agresión en si y por un proceso de condicionamiento clásico la paciente empieza a generar las mismas respuestas de ansiedad ante situaciones percibidas como similares, reviviendo así el hecho traumático. Poco a poco empieza a huir de dichos eventos (se distrae con redes sociales, viendo series o quedando con amigos) y con esto lo que hace es mantener su miedo ante estas nuevas situaciones hasta llegar al punto de evitarlas por completo. Lo que a corto plazo hace que su ansiedad desaparezca (escapar de las situaciones), a largo plazo hace que se mantenga el problema emocional (no me expongo por lo que no me doy cuenta de que aquello que tanto temo no ocurre).

  1. Tratamiento

El plan de intervención elegido en este caso fue en primer lugar hacer psico-educación para la ansiedad asociado a los niveles de ansiedad que la paciente refiere ante cada situación y pensamiento. Con esto se consiguió que conociera la naturaleza de la ansiedad y como el instinto de supervivencia fue lo que le bloqueó en un primer momento. A continuación se hizo terapia cognitiva, siendo la parte principal de la terapia ya que los pensamientos de culpa y desconfianza hacia los sanitarios le generaban gran malestar. Los pensamientos sobre los que se trabajó fueron:

  • La culpa es mía, debería haber reaccionado de otra forma.
  • No puedes fiarte de nadie.
  • Me quedé paralizada, no puedo fiarme de mi cuerpo.

En tercer lugar, se hizo terapia de exposición prolongada y repetida en imaginación a los recuerdos traumáticos, realizando una narración acerca del evento y secuenciándola según niveles de ansiedad (jerarquía) y por último se trabajó con terapia de exposición in vivo con prevención de respuesta para abordar el miedo de asistir a la localidad donde se situaba la clínica donde se originó su problema de ansiedad. Se realizó una jerarquía teniendo en cuenta la cercanía al local donde ocurrió el evento estresante ya que la paciente necesitaba seguir yendo por al zona ya que tiene amigos por allí.  El primer ítem correspondió a estar en una gasolinera que hay en la entrada de la población donde se encontraba la clínica donde ocurrió el evento estresante, este ítem tenía una puntuación de 5 sobre 10 en ansiedad y el último ítem con una puntuación de 10 consistió en pasear por las calles colindantes a la clínica. En primer lugar se realizaron las exposiciones con ayuda de un coterapeuta y una vez superados los ítems de esta forma, pasó a auto exposición.

— Estructura básica de las sesiones de tratamiento cognitivo- conductual para un caso de trastorno por estrés postraumático.

1– Psicoeducación de la ansiedad

2– Explicación del modelo ABC de Beck y  explicación de la terapia cognitiva.

3– terapia cognitiva.

4– terapia cognitiva.

5– explicación de la terapia de exposición en imaginación + in vivo.

6– exposición en imaginación.

7– exposición en imaginación.

8– exposición in vivo con prevención de respuesta.

RESULTADOS

Tras las 8 sesiones de terapia encontramos que, tras la sesión de psicoeducación donde se trabajó y se dio información sobre ansiedad y agresiones sexuales ya refirió mejoría sobretodo con respecto a la parte de las cogniciones sobre culpabilidad al quedarse inmóvil y no reaccionar ante la agresión.

Las siguientes 2 sesiones consistieron en terapia cognitiva y con ellas mejoró las emociones tristeza por no sentirse confiada sobre su propio cuerdo y sobre el personal sanitario y por último se hicieron 5 sesiones de terapia de exposición (tanto a nivel de imaginación como la in vivo) consiguió que dejara de evitar lugares, personas y pensamientos y con ello su ansiedad y toda la sintomatología fisiológica (dolor de estómago, inquietud, agotamiento .flojedad dolores de cabeza y problemas de sueño) desapareció.

Cabe apreciar que la paciente mostró gran interés hacia la terapia y realizó todas las tareas intersesión y en cada sesión se preocupaba de resolver todas las dudas, por lo que el aprovechamiento de  las sesiones fue máximo.

La red de apoyo tanto familiar y social  como laboral facilitaron que la paciente se sintiera cómoda comentando sus avances por lo que el esfuerzo se vio reforzado casi a diario.

CONCLUSIONES

Es sabido, por múltiples estudios, que la terapia cognitivo-conductual es la terapia de elección para el tratamiento del trastorno de estrés post-traumático debido a su evidencia científica pero una buena labor a la hora de presentar la hipótesis y ofrecer la psicoeducación puede jugar un papel fundamental a la hora de reducir el tiempo en los protocolos establecidos.

Esto lo podemos encontrar en publicaciones como la de J.M. Bulacio, M.C. Vieyra, D. Alvarez, D. donde se concluye que los profesionales de salud deben identificar con claridad el problema para enfocar de forma correcta un  tratamiento y con ello ayudarles a mejorar su calidad de vida, ofreciendo la información adecuada a cada caso.

Mediante un buen programa de psicoeducación lo que se pretende es llevar tanto al paciente como a sus familiares a un papel activo dentro de su propia mejora, disminuyendo así el número de recaídas y mejorando la adherencia al tratamiento.

REFERENCIAS

Foa, E.B. y cols. (2003): Tratamiento del estrés postraumático. Ariel.

(2)J.M. Bulacio, M.C. Vieyra, D. Alvarez, D. Benatuil

El uso de la psicoeducación como estrategia terapéutica. [Internet]

(2004)

(3) O. López, M. Hernández

Efectividad de la psicoeducación en la calidad de vida en pacientes con enfermedad mental

El estigma de salud mental: medicalización, cuñadismos y silencios.

El estigma de salud mental: medicalización, cuñadismos y silencios.

Pedro Salmerón Sánchez

Doctor en Psicología

31ª Promoción Máster Psicología Clínica CETECOVA

La concepción de la salud mental en el imaginario sanitario y social presenta a lo largo de las diferentes épocas una evidente transformación (Porter, 2003). Ya no somos esos seres poseídos a los que quemar en una hoguera, ni seres místicos, pero tampoco moralmente insanos, ni simples locos a los que encerrar más allá de los muros de la ciudad o en un manicomio. La evolución de la terminología también ha sido evidente acorde a la transformación científica y sanitaria. De la locura pasamos a la enfermedad mental, al trastorno mental y, ahora, a la salud mental. Pero no creamos que lo que tenemos hoy es la panacea. De hecho, la transformación en la conceptualización de la salud mental a lo largo de los siglos ha ido acompañada de otra trasformación: la del estigma, el prejuicio y la discriminación.

Podríamos pensar que, dado el mejor conocimiento científico del que disponemos, el prejuicio hacia la salud mental es un concepto que haya podido quedar obsoleto. Y ojalá fuera así. Ojalá al hablar de una depresión, de un trastorno bipolar, de la ansiedad social, de la agorafobia o de un trastorno psicótico todo el mundo a nuestro alrededor lo interiorizara como ocurre con los problemas de salud física y aceptara, sin más, la importancia y necesidad de participar en un proceso terapéutico. Y que ahí se quedara la cosa, es decir, que nos acompañaran y nos apoyaran como cuando necesitamos recibir una terapia médica.

Pero más que desaparecer el prejuicio, lo que ha ocurrido con la salud mental ha sido su transformación. Y aquí es donde aparece un concepto que, a pesar de haber pasado un cuarto de siglo desde que se propuso por primera vez, sigue siendo tan actual, si no más, que entonces. El prejuicio manifiesto y el prejuicio sutil (Pettigrew y Meertens, 1995), o la discriminación sutil y manifiesta o el estigma sutil y manifiesto. El prejuicio manifiesto es aquel que podemos calificar como más tradicional, es decir, es aquel que lleva a una forma cercana y directa de discriminar. La conducta que acompaña al prejuicio es muy obvia, siendo la manifestación por excelencia la agresión, tanto física como verbal. El prejuicio sutil hay quien lo denomina “la forma moderna del prejuicio” y se manifiesta mediante la frialdad, la distancia y de una forma indirecta.

Si nos paramos a reflexionar unos instantes sobre esta diferenciación podemos observar algunas cuestiones que considero relevantes. En primer lugar, el cambio social que se está produciendo en la última década. Estamos construyendo una sociedad que no solamente fomenta valores de respeto a la diversidad y la diferencia, sino que también condena cualquier manifestación de rechazo y discriminación tradicional.

Por otro lado, este modelo de orden moral basado en la igualdad y el respeto es incongruente con que una persona a nivel individual muestre de manera abierta sus prejuicios. De hecho, aunque cualquiera de nosotros tiene formados sus propios prejuicios, ¿quién los verbaliza abiertamente? Incluso nos negamos que los tengamos, pero, párate un segundo a pensar y a sincerarte contigo. ¿De verdad crees que no tienes ningún prejuicio hacia nada ni hacia nadie? Con todo esto no parece sorprendente que, si bien desde algunos foros se considere que se ha vencido al estigma de la salud mental, realmente lo que ocurre es que se ha convertido en un prejuicio sutil, con su consiguiente discriminación sutil.

Por último, esta evolución hacia lo sutil del estigma y del prejuicio no es exclusiva de la salud mental, como tampoco lo eran las hogueras de los locos ni los electroshocks de los homosexuales ni los campos de concentración de los judíos. Tal vez todo esto lo veamos más claro con otra realidad social. El colectivo LGTB, donde todavía hoy observamos ambos tipos de discriminación. Lo manifiesto lo vemos en agresiones y palizas a personas homosexuales, lesbianas, bisexuales y personas trans o a las sedes de las asociaciones. Lo sutil, en comentarios que seguro hemos escuchado (o hemos dicho) del tipo: “pero si ya está todo bien, si ya os podéis casar, ¿no?”; o el ya famoso “yo tengo muchos amigos gays” o el simple uso de la palabra “maricón o nenaza” como ataque a la masculinidad (tradicional, por supuesto); o uno de mis favoritos: “antes era un tío” (siempre ha sido un tío).

¿Y cómo es esa sutileza en la salud mental? Al inicio he comentado que los problemas de salud mental ya no suponen agresiones. Vale, hemos superado el prejuicio manifiesto. Tal vez ya no haya agresiones físicas, aunque las verbales sí que están. Seguimos utilizando la palabra “loco” y “loca”. Y eso es prejuicio. Pero hay otras situaciones que me gustaría señalar en este sentido. La primera que quiero resaltar es la medicalización de la salud mental. Ya sabemos que es muy habitual que se nos recete algún fármaco en lugar de remitir a la persona a un/a profesional de la Psicología. Aquí la discriminación tiene dos direcciones. Una hacia la propia persona que sufre el problema de salud mental al no reconocerle los tratamientos que puede necesitar. La otra dirección tiene que ver con la propia profesión y disciplina de la Psicología. ¿Dónde queda la Psicología dentro del Sistema Nacional de Salud?

La segunda situación, es la que tiene su base en el efecto Dunning-Kruger (Kruger & Dunning, 1999) o lo que en este país se conoce como “cuñadismo”, es decir, cuando vives un problema de salud mental parece que todo el mundo sabe mejor que tú, y que tu psicólogo/a, lo que tienes que hacer. Y resalto el “tienes que”. Porque no son recomendaciones, no, suena a una orden. “Tú lo que tienes que hacer es animarte”, “vamos a irnos de cervezas y verás cómo se te pasa”, “tienes que exponerte; ven, que vamos a ir a…” y tantas otras. Lo mejor (y lo peor) de esto, es que en la mayoría de los casos seguro que hay una buenísima intención detrás y a ver cómo le dices a esa persona y a su “cuñadismo bienintencionado” que sus consejos no son Psicología; que los libros de autoayuda no es ir un/a psicólogo/a; o que la Psicología no se aprende de la vida. Por no mencionar, también ahora, la medicalización: “yo me estoy tomando estas pastillas que, oye, son divinas, ya ni lloro; pruébalas, toma”.

Aunque mi manifestación preferida del prejuicio hacia la salud mental es el silencio. Me refiero a aquellas personas que al saber que alguien de su entorno presenta un problema de salud mental, se sienten tan perdidas que la única salida que ven es desaparecer o, si no desaparecen, optan por no hablar del tema, por no preguntar ni mostrar de ninguna manera su apoyo. Lo que no se nombra, no existe. Y ahí te quedas con tu salud mental, con tu vergüenza y sin acompañamiento a tu alrededor.

Y he dicho que el silencio es mi favorito porque podemos encontrar dos silencios más. Por un lado, un silencio que puede ser hasta valioso para quien sufre el problema de la salud mental. Y que puede ser, incluso, una manera de mostrar apoyo. Es el silencio del respeto, aquel silencio que las personas de tu alrededor muestran para no presionarte, para no cohibirte, para que tu vergüenza no vaya a más. Podríamos entenderlo como lo contrario al cuñadismo, pues no te digo lo que tienes que hacer, pero te muestro mi apoyo de alguna otra manera, por ejemplo, respetando que tengas tus crisis de ansiedad y no haciéndote un interrogatorio si no has venido a comer, pero te refuerzo el más mínimo momento de valor o de cambio. No hay presión, no te echo en cara nada; solamente te hago saber que puedes contar conmigo.

Por otro lado, está el silencio de la vergüenza. Yo, que tengo un problema de salud mental, me callo, hago lo posible por ocultarlo, lo disfrazo de otra cosa para que nadie se entere, porque no quiero que la gente se aleje de mí, porque no quiero que me miren con lástima, porque no quiero que cambien su manera de interactuar conmigo, porque no quiero que me digan lo que tengo que hacer, porque no quiero que mi alrededor se llene de tazas con mensajes “súper positivos”. Y esto ya es otro tema que daría para largo. El daño de esos mensajes tan de moda de que si sonríes cada mañana tu vida maravillosa o si no eres feliz es porque no quieres. “¿Qué pasa entonces, que yo elijo vivir con miedo, con desesperanza? Si puedo elegir ser feliz y no me siento así… ¡otro fracaso más!”. Y es que si este es el entorno que me encuentro si visibilizo mi situación de salud mental, es más difícil que me plantee buscar ayuda profesional y, aunque la busque, la puesta en práctica de las técnicas que aprenda con mi psicólogo/a va a ser más complicado llevarlas a la práctica.

Quiero finalizar anotando una última cuestión. La suma de estigmas. Cuando hablamos de estigma es fundamental dejar de verlo como categorías estancas. No, no son compartimentos separados. Una persona puede ir sumando características por las que ser rechazada o discriminada. Por ejemplo, en algunos contextos sumas ser mujer y tener un problema de salud mental. En otros, puedes sumar a la salud mental la discriminación hacia una persona trans. Tal vez sumas más de dos: tengo VIH, soy de otro país o raza y tengo un problema de salud mental. Y en este punto también creo relevante destacar las diferentes sensibilidades hacia la salud mental. Quiero decir que no es lo mismo, por ejemplo, la consideración que tu entorno puede mostrar si tienes depresión que acompaña a tu diagnóstico de cáncer que si esa misma sintomatología del estado de ánimo la tienes por un diagnóstico de infección por VIH-sida. Y no es lo mismo porque la percepción moralista del cáncer y del VIH no es la misma a nivel social. Y, además, toda esta suma de prejuicios puede ser sutil y/o manifiesta; sutil hacia unas características y manifiesta hacia otras, en función de lo aceptado y moralmente correcto o incorrecto en tu entorno y tu sociedad.

Y con lo sutil y lo manifiesto llegamos, de nuevo, al principio. Y es que como dice una famosa serie: todo está conectado. Y para comenzar a desconectar es importarte visibilizarnos, visibilizar nuestra salud mental. Pues yo, para tratar mi salud mental, antes que mi médico me prescriba unas pastillas, como alguien ha recomendado recientemente, o acudir a los consejos de un/a coach o facilitador/a, prefiero que me acompañe un/a psicólogo/a que es quien puede ayudarme, desde la ciencia, a salir de mi pozo de ansiedad y depresión.

Referencias

Kruger, J., & Dunning, D. (1999). Unskilled and unaware of it: how difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121–1134.

Pettigrew, T., & Meertens, R. (1995). Subtle and blatant prejudice in western Europe. European Journal of Social Psychology,1(25), 57-75.

Porter, R. (2003). Breve historia de la locura. Turner

ADOLESCENCIA Y COVID-19

ADOLESCENCIA Y COVID-19

Blanca Hortal Miguel. 31ª Promoción. Máster en Psicología Clínica. Cetecova.

Mi interés por escribir este artículo parte de la necesidad de poder aportar datos, desde mi práctica profesional actual, que apoyan el origen de ciertos estados emocionales como la depresión y la ansiedad y los factores de mantenimiento que presentan mis clientes adolescentes en esta situación de pandemia. Son factores vitales y que, tan excelentemente nos han enseñado a detectar Carmen Pastor y Juan Sevillá en el Máster; factores como la pérdida de reforzadores debido a la aparición de un cambio en la vida de la persona, a las posibles rupturas de cadenas conductuales o al aumento en la cantidad o la calidad de la aversión y que juegan un papel tan importante en la depresión; o como en el caso de los trastornos de ansiedad, cuyo origen puede ser motivado por el efecto de eventos diarios y de estresores. Al mismo tiempo, quiero exponer la situación y las condiciones vividas por los adolescentes en sus diferentes roles.

Los adolescentes como colectivo vulnerable

El estado de alerta generado por la COVID-19 supone un conjunto de nuevos estresores que implica una tendencia aumentada a experimentar síntomas ansiosos y depresivos y, por tanto, a desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Numerosos estudios apuntan cómo dichos estresores están provocando alteraciones en la población juvenil, la cual tiene entre sus principales riesgos el estrés psicosocial y los problemas psicológicos consecutivos al aislamiento físico.

Un elemento fundamental es la vulnerabilidad, es decir, hay personas que por sus características presentan más riesgo de desarrollar trastornos psicológicos. Si a esto se suma una situación de incertidumbre, el riesgo aumenta considerablemente. Los adolescentes constituyen un colectivo de especial vulnerabilidad que puede incrementarse si estos presentan características familiares, educacionales, socioeconómicas o condiciones físicas y/o mentales desfavorables. Y ante esta situación, el adolescente se ha tenido que mantener activo, con muchos cambios impuestos y abruptos que, en muchos casos, les está afectando negativamente a su desarrollo académico, social y emocional y que está dejando cicatrices importantes.

En general, ante este tipo de situación de pandemia aparecen sentimientos y emociones que son absolutamente normales, como tristeza, miedo, malestar, etc., pero tras un largo periodo como el que estamos viviendo, los efectos emocionales en nuestros adolescentes derivan en una intensidad mayor, sin control y manejo como la tristeza y la ansiedad porque, principalmente, perciben el mundo como amenaza.

La etapa de la adolescencia es crítica clínicamente hablando, es la etapa en la que surgen síntomas que se pueden traducir en trastornos y que se pueden sostener y cronificar en trastornos psicológicos en la vida adulta. En esta etapa existen situaciones de mayor vulnerabilidad como, por ejemplo, cuando la persona se encuentra en una etapa de transición o aquella que ya presenta síntomas previos; también supone un periodo de inicio de conductas de riesgo como, por ejemplo, para la salud mental o para la inadaptación social. Por otro lado, las emociones se acentúan, pero el adolescente todavía no está desarrollado emocionalmente, es inmaduro psicológicamente hablando porque no ha terminado de desarrollar los recursos emocionales que le ayuda a adaptarse a los cambios; por lo que dicha inmadurez y falta de competencia se traduce en un riesgo de alteraciones emocionales.

El adolescente y sus roles en la pandemia

La vida académica del escolar ha estado marcado por un vaivén de cambios y de incertidumbre y los alumnos más mayores, los de las etapas superiores, todavía en mayor medida. Las clases presenciales se interrumpieron en marzo de 2020 para dar paso, por primera vez en la historia de nuestro país, ha hacerse en modalidad online hasta el final de curso. En las etapas de la E.S.O, Bachillerato y Universidad, el inicio del curso 2020-2021 comienza combinando las modalidades presencial y online, es decir, ciertos días de la semana un número de alumnos asisten físicamente a clase mientras que otros se quedan en casa conectándose a las clases con sus ordenadores. El primer impacto fue el de tener que adaptarse tecnológicamente para poder seguir el ritmo de las clases, y, a su vez, cambiar de contexto, cambiar el aula por su habitación. Las repercusiones académicas de este cambio, de lo presencial a lo online, han sido muy relevantes; numerosos alumnos se han visto afectados por la falta de atención y concentración para poder seguir las explicaciones del profesor, lo que ha derivado en la presencia de lagunas académicas y dificultades para adquirir un hábito de estudio óptimo y que se ha traducido, en un número importante de casos, en resultados académicos bajos, lo que supone un factor estresante para el alumno. Además, los alumnos más mayores han tenido que sobrellevar, entre todos estos cambios, la anulación de las prácticas curriculares, y con ello, la pérdida de un importante reforzador que les ha generado más desmotivación e incertidumbre.

Por otra parte, las consecuencias debidas al aislamiento físico durante el horario escolar han sido especialmente relevantes, un aislamiento que supuso al inicio de la pandemia, estar solo en la habitación, sin el acompañamiento de los compañeros, delante de una pantalla, sin poder comentar, sonreír, mirar a los ojos al compañero de pupitre; una deprivación para el alumno a lo largo de muchas horas al día, de muchas horas a la semana que han tenido que compensar con las nuevas tecnologías. Posteriormente, a pesar de que se retomaron las clases presenciales, los alumnos siguen sufriendo cierto aislamiento social. Y si en esas condiciones ya es difícil gestionar la relación con sus compañeros, todavía de agrava más con aquellos que acaban de iniciar el primer grado de la Universidad o los que han cambiado de centro escolar y que tienen que hacer nuevos amigos para integrarse y adaptarse al nuevo curso académico. Como terapeuta, lidiar con esta situación resulta realmente difícil con alguien que sufre fobia social porque se ha de llevar a cabo una intervención en una situación caracterizada por la deprivación social y, por tanto, por la presencia de elementos que limitan la comunicación como la distancia social, el uso de mascarillas, la ausencia de actividades de ocio, etc.

Todo este escenario de cambios inesperados y situaciones estresantes que el alumno ha tenido que sufrir diariamente y a lo largo de muchos meses ha generado un estado de preocupación e inquietud en el estudiante que los profesores me verbalizaban constantemente, especialmente en las fases con mayores repuntes de contagios. Me contaban, con gran preocupación,cómo sus alumnos a menudo les preguntaban si iban a tener que quedarse de nuevo en casa porque no querían, ellos querían seguir asisitiendo a las clases y tener una rutina, una estabilidad y, sobre todo, poder estar con sus compañeros. Este estado de preocupaciones excesivas ha limitado su funcionamiento y en un número de casos importantes ha dado lugar a ataques de ansiedad o crisis de angustia, que de cronificarse se pueden convertir en trastornos de pánico.

En el ámbito social el cambio ha sido drástico, especialmente en la primera fase del estado de alarma ya que, drásticamente, tuvieron que dejar de quedar con sus amigos, se anulaban las actividades extraescolares, se cerraban las escuelas deportivas, etc.; y aunque progresivamente se está abriendo y normalizando la situación, todavía están sufriendo cierto aislamiento social y físico. Para los adolescentes sus compañeros y amigos son una fuente de apoyo porque pasan por lo mismo que ellos, y más en los momentos difíciles les aportan diversión y la amistad es más intensa que en cualquier otra etapa. Y a lo largo de esta pandemia, han tenido que cortar con su rutina social y los encuentros sociales que tienen con su grupo de iguales no son como a ellos les gustaría que fuesen. Muchos de estos chic@s se inician en esta etapa en una relación de pareja y han tenido que hacerlo de una manera totalmente diferente y antinatural, sin poder abrazarse, tocarse, o sin poder besarse.

Los periodos de tiempo de convivencia con la familia han aumentado en detrimento de las relaciones con su grupo de iguales, lo que supone una tendencia inversa a lo que, por naturaleza, debería acontecer durante este periodo. Y como consecuencia, aumentan los roces familiares en la convivencia que expresan con quejas: “veo demasiado a mi familia”, “echo de menos la fiesta del fin de semana porque no me puedo desahogar, bailar, reírme con mis amigos” y “aunque quedo con mis amigos, por la calle, en el río o en la terraza de un bar, no es lo mismo”.

Esta  incapacidad para desarrollar las actividades cotidianas y participar en acciones gratificantes impacta negativamente en la capacidad para regular con éxito tanto el comportamiento como las emociones.

Y toda esta situación enmarcada en un estado que no sabían cuánto podía durar ni entender realmente lo que estaba pasando. Todo esto supuso para ellos pasar por una situación altamente estresante, una amenaza cercana y real caracterizada por la falta de seguridad, de libertad y de relaciones. La mente por naturaleza es social porque procesa información social, está diseñado para sistemas sociales y la privación del contacto social va en contra de nuestra naturaleza humana. Este aislamiento parcial actual impacta directamente en el estado de ansiedad y se intensifica, ya que, fisiológicamente hablando, aumenta el cortisol y disminuye la dopamina y la serotonina.

Por tanto, los adolescentes han tenido que enfrentarse a muchos retos en esta etapa: la incertidumbre académica constante, las restricciones comunicativas y de actividades extraescolares, la falta de ejercicio físico, los escasos encuentros con los amigos, la intensificación en la convivencia con la familia, etc.

Ante todo esto, como el adolescente todavía no ha llegado a la madurez y la gran mayoría no tiene recursos para defenderse, muchos manifiestan cualquier problema por medio del enojo derivado de la impotencia que experimentan. Esa frustración y enojo lo manejan como pueden, a menudo se desahogan de manera inadecuada con los padres, o con las redes sociales, ya que no lo pueden hacer con su deporte habitual, ni tampoco con sus amigos porque la relación son sus amistades y las actividades de ocio o extraescolares también han sido cortadas. No hay que olvidar que biológicamente, sufren grandes cambios hormonales y el efecto de la relación directa entre las hormonas y las emociones.

Entre los efectos directos ante estos cambios que limitan su comportamiento se incluyen alteraciones conductuales y/o emocionales, como señales de depresión que se manifiestan en estados de incertidumbre y ansiedad; desánimo y tristeza que derivan en comportamientos tales como llorar más de lo habitual, problemas de sueño o apetito, aumento o disminución de su energía, apatía, desatención a los comportamientos referidos a la promoción de salud, problemas de concentración, así como también en hiperactividad e irritabilidad.

Consideraciones finales

Los profesionales de la salud nos sentimos con el deber de vigilar la evolución de las manifestaciones psicológicas consecutivas a este evento, en el sentido de su intensificación y prolongación en el tiempo, lo cual genera limitantes para el desarrollo normal y adquiere un significado psicopatológico. Y también no sentimos con el deber de propiciar a los adolescentes recursos y habilidades para afrontar adecuadamente situaciones de crisis y estrés psicosocial.

Desde la Asociación Española de Pediatría sobre los escolares, estiman que actualmente el 20-22% de los escolares tienen problemas importantes de patologías psicológicas, datos importantísimos porque los adolescentes de ahora son nuestros adultos del futuro. Estamos hablando, como advierten los pediatras, de una “pandemia” de salud mental en la población infanto-juvenil.

Los datos son de impacto y significativos, pero pese a esta situación que nos ha traído la COVID-19, no hay que olvidar que la adolescencia también se caracteriza por su capacidad de adaptación y creatividad, cuestión que me permite ser optimista con la apertura de medidas post-confinamiento que poco a poco nos deja disfrutar de nuevo de nuestras rutinas y actividades que tan importantes son para la salud mental del ser humano. Estamos saliendo de la pandemia, y afortunadamente, ayudará a que un gran número de jóvenes sean capaces de superar su estado de malestar emocional actual.

Y cierro este artículo con una frase que me dijo una de mis chicas adolescentes al hilo de la flexibilización de las medidas de ocio y su plan de fin de semana que me sirve como premisa para el optimismo: “hay que disfrutar a tope, mañana será otro día. Lo que venga después, ya se verá”.

DIARIO DE UN PSICÓLOGO DE RESIDENCIA EN TIEMPOS DE COVID

DIARIO DE UN PSICÓLOGO DE RESIDENCIA EN TIEMPOS DE COVID.  Jaime Romualdo Huerta. Promoción 31ª. Master en Psicología Clínica.

Llegas a la residencia, te pones gel hidroalcohólico, fichas, te quitas la ropa, te colocas el mono, la bata, el gorro del pelo, cuatro guantes (dos en cada mano), mascarilla ffp2, mascarilla higiénica, la pantalla, los zuecos y sus respectivos peucos. Empieza la fiesta…Revisa las videollamadas. Éstas para ti, éstas las haces tú y para mí éstas.

Ves al pasillo de los 100, ¿cómo te encuentras? ¿te hace falta algo? Tráeme esto, tráeme lo otro. Reconduce a la gente alterada, anima a los que están decaídos, sales del pasillo, te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, el gorro del pelo, cuatro guantes (dos en cada mano), mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Tienes videollamada. Ves a la habitación. Tranquiliza a la persona y a su familia mientras hablan 30 minutos.Te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono,  te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Vámonos a los 200.¿Cómo te encuentras? ¿Te hace falta algo?, Tráeme esto, tráeme lo otro. Reconduce a la gente alterada, anima a los que están decaídos, sales del pasillo, te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Tienes videollamada. Ves a la habitación. Tranquiliza a la persona y a su familia mientras hablan 30 minutos. Te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano), mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

¿Tomamos café? ¿fumamos? Si, por favor. Bebe agua.

Vamos al pasillo 300, ¿cómo te encuentras? ¿te hace falta algo?, Tráeme esto, tráeme lo otro. Reconduce a la gente alterada, anima a los que están decaídos. Sales del pasillo, te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano), mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Tienes videollamada. Ves a la habitación. Tranquiliza a la persona y a su familia mientras hablan 30 minutos. Te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Son las 16h. ¿Comemos algo? Sí, por favor. Bebe agua.

Vamos al pasillo 400, ¿cómo te encuentras?¿te hace falta algo?, Tráeme esto, tráeme lo otro. Reconduce a la gente alterada, anima a los que están decaídos. Sales del pasillo, te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Tienes videollamada. Ves a la habitación. Tranquiliza a la persona y a su familia mientras hablan 30 minutos.Te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

Vámonos a los Apartamentos. ¿Cómo te encuentras? ¿Te hace falta algo?, Tráeme esto, tráeme lo otro. Reconduce a la gente alterada, anima a los que están decaídos, sales del pasillo, te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

¿Tomamos café? ¿fumamos? Si, por favor. Bebe agua.

Tienes videollamada. Ves a la habitación. Tranquiliza a la persona y a su familia mientras hablan 30 minutos. Te pones gel hidroalcohólico, te desinfectas el mono, te quitas la bata, cuatro guantes (dos en cada mano),mascarilla higiénica, desinfecta la pantalla, los zuecos y cámbiate sus respectivos peucos.

¿Qué hora es? No lo sé. ¿Nos vamos? Sí, por favor. Bebe agua.

Sales a por tu coche sin recordar ya donde has aparcado. Lo encuentras y te subes en él intentándote concentrar al máximo para poder llegar por fin hasta tu casa.

Llegas. Entras en tu casa y no saludas ni tocas a tu mujer, ni a tus perros ni ningún mueble u objeto no vaya ser que…

Te quitas la mascarilla FFP2, la mascarilla higiénica, te lavas las manos, te duchas de arriba abajo. Cenas algo y te acuestas pensando que mañana será diferente pero no lo va a ser porque en tu residencia tenéis un contagio importante.

Intentas dormir pero te duele la cabeza. Te tomas algo y consigues dormir pero a las 4 de la mañana te vuelves a despertar porque ya no puedes volver a conciliar el sueño. Te duchas, desayunas y te vistes porque esta pesadilla no ha acabado y lo peor de todo es que no sabes cuando acabará.

Llegas a la residencia, te pones gel hidroalcohólico, fichas, te quitas la ropa, te colocas el mono, la bata, el gorro del pelo, cuatro guantes (dos en cada mano), mascarilla ffp2,mascarilla higiénica, la pantalla, los zuecos y sus respectivos peucos.

Y volvemos a empezar…

Va dedicado a todxs mis compañerxs de trabajo porque sin ellxs esta “locura” hubiera sido literalmente imposible de superar. A mi familia por aguantarlo y sobre todo, por aguantarme. Y por supuesto, a ellos y a ellas. Nuestros residentes, valientes y supervivientes porque si el confinamiento ha sido duro para todxs, imagínate tener que hacerlo en una habitación sin poder salir, con otro compañero conocido o desconocido y lo peor de todo, acompañado de una enfermedad mental.

En nuestro Centro tuvimos dos brotes de COVID-19 durante los meses de Diciembre y Enero. En esos meses se contagiaron más de 120 residentes, unos 20 trabajadores y fallecieron 28 personas.

A día de hoy la lucha sigue!

Jaime Romualdo Huerta

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