ADOLESCENCIA Y COVID-19

Blanca Hortal Miguel. 31ª Promoción. Máster en Psicología Clínica. Cetecova.

Mi interés por escribir este artículo parte de la necesidad de poder aportar datos, desde mi práctica profesional actual, que apoyan el origen de ciertos estados emocionales como la depresión y la ansiedad y los factores de mantenimiento que presentan mis clientes adolescentes en esta situación de pandemia. Son factores vitales y que, tan excelentemente nos han enseñado a detectar Carmen Pastor y Juan Sevillá en el Máster; factores como la pérdida de reforzadores debido a la aparición de un cambio en la vida de la persona, a las posibles rupturas de cadenas conductuales o al aumento en la cantidad o la calidad de la aversión y que juegan un papel tan importante en la depresión; o como en el caso de los trastornos de ansiedad, cuyo origen puede ser motivado por el efecto de eventos diarios y de estresores. Al mismo tiempo, quiero exponer la situación y las condiciones vividas por los adolescentes en sus diferentes roles.

Los adolescentes como colectivo vulnerable

El estado de alerta generado por la COVID-19 supone un conjunto de nuevos estresores que implica una tendencia aumentada a experimentar síntomas ansiosos y depresivos y, por tanto, a desarrollar trastornos de ansiedad y depresión. Numerosos estudios apuntan cómo dichos estresores están provocando alteraciones en la población juvenil, la cual tiene entre sus principales riesgos el estrés psicosocial y los problemas psicológicos consecutivos al aislamiento físico.

Un elemento fundamental es la vulnerabilidad, es decir, hay personas que por sus características presentan más riesgo de desarrollar trastornos psicológicos. Si a esto se suma una situación de incertidumbre, el riesgo aumenta considerablemente. Los adolescentes constituyen un colectivo de especial vulnerabilidad que puede incrementarse si estos presentan características familiares, educacionales, socioeconómicas o condiciones físicas y/o mentales desfavorables. Y ante esta situación, el adolescente se ha tenido que mantener activo, con muchos cambios impuestos y abruptos que, en muchos casos, les está afectando negativamente a su desarrollo académico, social y emocional y que está dejando cicatrices importantes.

En general, ante este tipo de situación de pandemia aparecen sentimientos y emociones que son absolutamente normales, como tristeza, miedo, malestar, etc., pero tras un largo periodo como el que estamos viviendo, los efectos emocionales en nuestros adolescentes derivan en una intensidad mayor, sin control y manejo como la tristeza y la ansiedad porque, principalmente, perciben el mundo como amenaza.

La etapa de la adolescencia es crítica clínicamente hablando, es la etapa en la que surgen síntomas que se pueden traducir en trastornos y que se pueden sostener y cronificar en trastornos psicológicos en la vida adulta. En esta etapa existen situaciones de mayor vulnerabilidad como, por ejemplo, cuando la persona se encuentra en una etapa de transición o aquella que ya presenta síntomas previos; también supone un periodo de inicio de conductas de riesgo como, por ejemplo, para la salud mental o para la inadaptación social. Por otro lado, las emociones se acentúan, pero el adolescente todavía no está desarrollado emocionalmente, es inmaduro psicológicamente hablando porque no ha terminado de desarrollar los recursos emocionales que le ayuda a adaptarse a los cambios; por lo que dicha inmadurez y falta de competencia se traduce en un riesgo de alteraciones emocionales.

El adolescente y sus roles en la pandemia

La vida académica del escolar ha estado marcado por un vaivén de cambios y de incertidumbre y los alumnos más mayores, los de las etapas superiores, todavía en mayor medida. Las clases presenciales se interrumpieron en marzo de 2020 para dar paso, por primera vez en la historia de nuestro país, ha hacerse en modalidad online hasta el final de curso. En las etapas de la E.S.O, Bachillerato y Universidad, el inicio del curso 2020-2021 comienza combinando las modalidades presencial y online, es decir, ciertos días de la semana un número de alumnos asisten físicamente a clase mientras que otros se quedan en casa conectándose a las clases con sus ordenadores. El primer impacto fue el de tener que adaptarse tecnológicamente para poder seguir el ritmo de las clases, y, a su vez, cambiar de contexto, cambiar el aula por su habitación. Las repercusiones académicas de este cambio, de lo presencial a lo online, han sido muy relevantes; numerosos alumnos se han visto afectados por la falta de atención y concentración para poder seguir las explicaciones del profesor, lo que ha derivado en la presencia de lagunas académicas y dificultades para adquirir un hábito de estudio óptimo y que se ha traducido, en un número importante de casos, en resultados académicos bajos, lo que supone un factor estresante para el alumno. Además, los alumnos más mayores han tenido que sobrellevar, entre todos estos cambios, la anulación de las prácticas curriculares, y con ello, la pérdida de un importante reforzador que les ha generado más desmotivación e incertidumbre.

Por otra parte, las consecuencias debidas al aislamiento físico durante el horario escolar han sido especialmente relevantes, un aislamiento que supuso al inicio de la pandemia, estar solo en la habitación, sin el acompañamiento de los compañeros, delante de una pantalla, sin poder comentar, sonreír, mirar a los ojos al compañero de pupitre; una deprivación para el alumno a lo largo de muchas horas al día, de muchas horas a la semana que han tenido que compensar con las nuevas tecnologías. Posteriormente, a pesar de que se retomaron las clases presenciales, los alumnos siguen sufriendo cierto aislamiento social. Y si en esas condiciones ya es difícil gestionar la relación con sus compañeros, todavía de agrava más con aquellos que acaban de iniciar el primer grado de la Universidad o los que han cambiado de centro escolar y que tienen que hacer nuevos amigos para integrarse y adaptarse al nuevo curso académico. Como terapeuta, lidiar con esta situación resulta realmente difícil con alguien que sufre fobia social porque se ha de llevar a cabo una intervención en una situación caracterizada por la deprivación social y, por tanto, por la presencia de elementos que limitan la comunicación como la distancia social, el uso de mascarillas, la ausencia de actividades de ocio, etc.

Todo este escenario de cambios inesperados y situaciones estresantes que el alumno ha tenido que sufrir diariamente y a lo largo de muchos meses ha generado un estado de preocupación e inquietud en el estudiante que los profesores me verbalizaban constantemente, especialmente en las fases con mayores repuntes de contagios. Me contaban, con gran preocupación,cómo sus alumnos a menudo les preguntaban si iban a tener que quedarse de nuevo en casa porque no querían, ellos querían seguir asisitiendo a las clases y tener una rutina, una estabilidad y, sobre todo, poder estar con sus compañeros. Este estado de preocupaciones excesivas ha limitado su funcionamiento y en un número de casos importantes ha dado lugar a ataques de ansiedad o crisis de angustia, que de cronificarse se pueden convertir en trastornos de pánico.

En el ámbito social el cambio ha sido drástico, especialmente en la primera fase del estado de alarma ya que, drásticamente, tuvieron que dejar de quedar con sus amigos, se anulaban las actividades extraescolares, se cerraban las escuelas deportivas, etc.; y aunque progresivamente se está abriendo y normalizando la situación, todavía están sufriendo cierto aislamiento social y físico. Para los adolescentes sus compañeros y amigos son una fuente de apoyo porque pasan por lo mismo que ellos, y más en los momentos difíciles les aportan diversión y la amistad es más intensa que en cualquier otra etapa. Y a lo largo de esta pandemia, han tenido que cortar con su rutina social y los encuentros sociales que tienen con su grupo de iguales no son como a ellos les gustaría que fuesen. Muchos de estos chic@s se inician en esta etapa en una relación de pareja y han tenido que hacerlo de una manera totalmente diferente y antinatural, sin poder abrazarse, tocarse, o sin poder besarse.

Los periodos de tiempo de convivencia con la familia han aumentado en detrimento de las relaciones con su grupo de iguales, lo que supone una tendencia inversa a lo que, por naturaleza, debería acontecer durante este periodo. Y como consecuencia, aumentan los roces familiares en la convivencia que expresan con quejas: “veo demasiado a mi familia”, “echo de menos la fiesta del fin de semana porque no me puedo desahogar, bailar, reírme con mis amigos” y “aunque quedo con mis amigos, por la calle, en el río o en la terraza de un bar, no es lo mismo”.

Esta  incapacidad para desarrollar las actividades cotidianas y participar en acciones gratificantes impacta negativamente en la capacidad para regular con éxito tanto el comportamiento como las emociones.

Y toda esta situación enmarcada en un estado que no sabían cuánto podía durar ni entender realmente lo que estaba pasando. Todo esto supuso para ellos pasar por una situación altamente estresante, una amenaza cercana y real caracterizada por la falta de seguridad, de libertad y de relaciones. La mente por naturaleza es social porque procesa información social, está diseñado para sistemas sociales y la privación del contacto social va en contra de nuestra naturaleza humana. Este aislamiento parcial actual impacta directamente en el estado de ansiedad y se intensifica, ya que, fisiológicamente hablando, aumenta el cortisol y disminuye la dopamina y la serotonina.

Por tanto, los adolescentes han tenido que enfrentarse a muchos retos en esta etapa: la incertidumbre académica constante, las restricciones comunicativas y de actividades extraescolares, la falta de ejercicio físico, los escasos encuentros con los amigos, la intensificación en la convivencia con la familia, etc.

Ante todo esto, como el adolescente todavía no ha llegado a la madurez y la gran mayoría no tiene recursos para defenderse, muchos manifiestan cualquier problema por medio del enojo derivado de la impotencia que experimentan. Esa frustración y enojo lo manejan como pueden, a menudo se desahogan de manera inadecuada con los padres, o con las redes sociales, ya que no lo pueden hacer con su deporte habitual, ni tampoco con sus amigos porque la relación son sus amistades y las actividades de ocio o extraescolares también han sido cortadas. No hay que olvidar que biológicamente, sufren grandes cambios hormonales y el efecto de la relación directa entre las hormonas y las emociones.

Entre los efectos directos ante estos cambios que limitan su comportamiento se incluyen alteraciones conductuales y/o emocionales, como señales de depresión que se manifiestan en estados de incertidumbre y ansiedad; desánimo y tristeza que derivan en comportamientos tales como llorar más de lo habitual, problemas de sueño o apetito, aumento o disminución de su energía, apatía, desatención a los comportamientos referidos a la promoción de salud, problemas de concentración, así como también en hiperactividad e irritabilidad.

Consideraciones finales

Los profesionales de la salud nos sentimos con el deber de vigilar la evolución de las manifestaciones psicológicas consecutivas a este evento, en el sentido de su intensificación y prolongación en el tiempo, lo cual genera limitantes para el desarrollo normal y adquiere un significado psicopatológico. Y también no sentimos con el deber de propiciar a los adolescentes recursos y habilidades para afrontar adecuadamente situaciones de crisis y estrés psicosocial.

Desde la Asociación Española de Pediatría sobre los escolares, estiman que actualmente el 20-22% de los escolares tienen problemas importantes de patologías psicológicas, datos importantísimos porque los adolescentes de ahora son nuestros adultos del futuro. Estamos hablando, como advierten los pediatras, de una “pandemia” de salud mental en la población infanto-juvenil.

Los datos son de impacto y significativos, pero pese a esta situación que nos ha traído la COVID-19, no hay que olvidar que la adolescencia también se caracteriza por su capacidad de adaptación y creatividad, cuestión que me permite ser optimista con la apertura de medidas post-confinamiento que poco a poco nos deja disfrutar de nuevo de nuestras rutinas y actividades que tan importantes son para la salud mental del ser humano. Estamos saliendo de la pandemia, y afortunadamente, ayudará a que un gran número de jóvenes sean capaces de superar su estado de malestar emocional actual.

Y cierro este artículo con una frase que me dijo una de mis chicas adolescentes al hilo de la flexibilización de las medidas de ocio y su plan de fin de semana que me sirve como premisa para el optimismo: “hay que disfrutar a tope, mañana será otro día. Lo que venga después, ya se verá”.

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