Ayer mi hijo me dio un abrazo. Pero de los de verdad. De esos que te alcanzan el alma. Y supe en toda su esencia el valor de un abrazo.

Se habla mucho de la importancia de los abrazos en los bebés. La ausencia de contacto físico hace que mueran millones de neuronas en sus cerebros. Si no reciben caricias sus cerebros serán casi un 20 % más pequeños. Sin abrazos, los niños no producen suficiente hormona del crecimiento, eso que llaman el “enanismo psicosocial”. Y también la investigación nos dice que los abrazos aumentan los niveles de oxitocina y disminuyen la presión arterial y el ritmo cardíaco.

Me preocupan los niños. Los protocolos en los coles no permiten que los abracemos o que los sentemos en nuestras rodillas. Me preocupa que no puedan correr a colgarse del cuello de sus abuelos. Me preocupa porque ellos ya no los piden a sus profesoras como hacían antes. Aprenden tan rápido que han asumido que eso no se hace. Pero me pregunto, ¿qué repercusión puede tener a largo plazo esa falta de abrazos? ¿les afectará de alguna forma ese déficit que ahora es necesario por el virusito? 

Me preocupan los mayores. Que tanto agradecen el cariño de sus cuidadores. Que se derriten con un beso de sus nietos. Y que sólo con una sonrisa parece que se les abre el cielo. 

Me preocupa que esa falta de caricias, de expresión de afectividad, de contacto humano, sea uno de los factores que estén produciendo el aumento de casos en nuestras consultas psicológicas.

Pero yo ayer, recibí mi dosis. Un abrazo de los de verdad. 

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