“Usted es depresivo y lo será siempre” esto es lo que le dijo el jefe de psiquiatría de la unidad mental a uno de mis primeros clientes, cuando este proponía que le rebajara un poco la medicación. Es verdad que el cliente llevaba 11 años en depresión y que el psiquiatra le había recetado “casi de todo”, incluso lo había tenido en cama inyectándole potentes antidepresivos y tranquilizantes, con lo que al no “desaparecer” la depresión concluía que eso era una “enfermedad crónica de mi cliente” y que si le disminuía la medicación iba a volver a estar “muy malito”. Os podéis imaginar con la cara de “hundido” con la que venía a mi consulta en la siguiente visita. Tenía que estar toda la sesión volviéndole a explicar qué era la depresión, cuál era su origen y mantenimiento así como hacerle ver los avances que había alcanzado con la terapia. En las siguientes sesiones seguíamos trabajando y él iba adquiriendo control sobre su estado emocional hasta la próxima visita con el psiquiatra. Entonces el cliente volvía a pedir al psiquiatra que le rebajara la medicación, porque estaba muy bien y estaba acudiendo a terapia, por supuesto el psiquiatra le decía que la terapia no le serviría para nada, que él era depresivo y lo sería siempre y que, además, venía el otoño y recaería… De nuevo volvía el sufrido cliente a mi consulta convencido que lo suyo no tenía remedio y con una cara de gran abatimiento, y con ello vuelta otra vez a empezar a explicarle qué era la depresión y como él la estaba superando aprendiendo las técnicas psicológicas. Al final, tras varias consultas en las que el cliente le decía al psiquiatra que estaba muy bien y que quería que le rebajara la medicación, éste accedió a rebajarle muy poquito porque, claro estaba, que él volvería a caer en la más profunda de las depresiones. Pero no fue así, sino que el cliente estaba cada vez mejor y aplicaba muy bien las técnicas que había aprendido. Cuando ya estabamos en seguimiento, vino el cliente y me dijo que él mismo se había retirado el poco medicamento que le quedaba, porque el psiquiatra seguía empeñado en no quitárselo, y él se había dado cuenta que no necesitaba las pastillas y que no quería seguir dependiendo de ellas para siempre. Pues si, compañeros, esta fue mi primera gran lucha contra el “establishment médico”; yo era una joven psicóloga, que tenía la consulta en su casa, “desafiando” la opinión de un médico “con mucha experiencia” y para más inri, jefe de la unidad de psiquiatría de un Centro de Salud. La verdad es que ganar esta batalla de credibilidad ante el cliente, fue lo más difícil de toda la terapia, aunque aún no sé muy bien cual fue la circunstancia determinante de que el cliente decidiera seguir la terapia conmigo y desatender la opinión del psiquiatra, quizá fuera que yo le explicaba y razonaba mis conclusiones, le hacía participar de ellas, incluso le recomendaba bibliografía que apoyaba lo que le estaba diciendo y el psiquiatra solo daba una opinión categórica; quizá fue el hecho de que el cliente se sentía “sujeto activo” del proceso de terapia y con el tratamiento médico era un “sujeto pasivo”, tal vez fuera mi actitud de trabajo, colaboración y entusiasmo en su mejora, o que yo le ofrecía una esperanza y el psiquiatra no simplemente que, tras 11 años de tratamiento farmacológico, había experimentado menos mejoría que con unos meses de terapia psicológica.

En realidad yo creo que fue la suma de todos estos factores lo que me hizo ganar la batalla y con ello, por qué no decirlo, ganar en seguridad y autoestima profesional tan importante cuando se está empezando a ejercer una especialidad científica “nueva” con respecto a otras ya establecidas durante siglos, como la medicina, en la que el mero hecho de tener el título da un prestigio que no nos da a nosotros (por ahora) el título de psicólogo clínico. Tal vez “casi” abocado al ejercício privado, mientras los médicos tienen toda una potente estructura detrás de ellos como es la Seguridad Social con sus centros de salud, hospitales…

A partir de esta terapia tomé varias decisiones, entre ellas, que yo no trabajaría en un Centro de Salud, pero que me trasladaría a un despacho grande, bonito y con “solera” en la población en la que trabajo. ¡Qué caray! La imagen cuenta y si no podía hacer nada con respecto a mi juventud y al hecho de ser mujer, sí podía hacerlo respecto al espacio físico donde se desarrolla la terapia. También decidí seguir trabajando y formándome ampliamente, porque esta era la primera de las arduas “batallas” que libraría a lo largo de mi vida profesional, y debía sentirme segura y respaldada por toda la ciencia en la que trabajo, y esto a veces, trabajando en solitario, es complicado.

Pues bien compañeros como imaginé fue la primera de muchas “batallas” en las que me he visto envuelta pues con los años me han seguido entrando casos en los que el psiquiatra o médico de cabecera se empeñaba en que la terapia no “servia para nada”, en los que se le decía a una persona con pánico que eso era para siempre y que se hiciera a al idea que iba a necesitar medicamentos de por vida, en los que le diagnosticaba a una persona con fobia social generalizada, trastorno corporal y depresión, tras 20 minutos de consulta que era paranoico y que lo sería siempre, cuando a mí me costó evaluar el caso 5 sesiones y muchos cuestionarios, autoinformes… además de entrevistarme con su mujer para que me aclarara y ampliara algunos puntos; en los que se decía a una madre de una niña tartamuda que lo suyo es genético y que siempre tartamudeará, unas veces más y otras menos… y el momento culmen fue cuando, a petición de un cliente, llamé a su psiquiatra para informarle de la evaluación y, hablando de los pensamientos de suicidio del cliente, me dijo, adquiriendo un todo de superioridad, que él ya se había dado cuenta por la cara del cliente, la verdad es que me quedé a cuadros y decidí, aunque cordialmente, dar por concluida la conversación.

Así pues con los años he ido ganando en edad, experiencia y credibilidad y en la actualidad incluso algunos médicos de la población, cuando ya no saben qué hacer con su paciente, me lo remiten. Incluso médicos de la Seguridad Social han confiado en mi criterio a la hora de dar el alta o la baja a un paciente y ya, para mayor satisfacción de todos, algún psiquiatra, al informarle el paciente que acudía a la consulta de un psicólogo, le ha dicho que la medicación es un apoyo temporal, pero que debe seguir trabajando a fondo en la terapia psicológica ¡Aleluya! Quizás soplan aires de cambio para la posición y el trabajo del psicólogo clínico. Por nuestra parte, compañeros, tenemos que seguir amando nuestra profesión, formándonos constantemente y estando dispuestos a trabajar y luchar mucho para que ésta, nuestra ciencia, y nosotros los psicólogos ocupemos el lugar que nos merecemos en la sociedad.

Amparo Guaita Sanchis

Máster 9ª promoción

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