Durante once meses tuve la oportunidad de observar a personas que sufrían Trastornos de la Conducta Alimentaria. A parte de haber sido una experiencia reconfortante y enriquecedora, me ha motivado a escribir este artículo de opinión, en el cual me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre los Trastornos alimentarios y la sociedad actual.

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria se caracterizan por comportamientos anómalos en los hábitos alimentarios y un miedo fóbico a aumentar de peso. No obstante, detrás del trastorno alimentario hay muchas áreas igual de importantes que deben ser atendidas por los profesionales, como son las habilidades sociales, autoestima, desequilibrios emocionales, distorsiones perceptivas y muchos aspectos  que influyen en el mantenimiento del trastorno.

En este periodo reforcé los conocimientos en cuanto a tratamiento de los trastornos alimentarios, por ejemplo en la realización de Terapia Cognitiva grupal, donde se les enseñaba a identificar las distorsiones cognitivas generadas por el propio trastorno y a modificarlas mediante una serie de estrategias. Lo que más llama la atención fue como pueden entender los pensamientos de los demás al verlo de forma objetiva. Sin embargo, aceptar los propios pensamientos y ponerlos en tela de juicio  es un proceso costoso por mucho que se asemejen a los de sus compañeros. Además, la mejor forma de modificar las creencias irracionales es mediante la comprobación y experimentación de que los pensamientos determinan la forma de comportarse.
Por ello es importante no sólo entender el problema más allá de la literatura, más allá de la teoría sino entender la carga emocional y las cogniciones que se esconden tras unas conductas que pueden pasar desapercibidas ante los demás o incluso que pueden no ser objeto de atención por el entorno debido a lo inculcadas que están en la cultura que nos rodea.

Podría destacar una gran cantidad de sensaciones y aprendizajes prácticos, pero lo que realmente pienso que merece especial atención son las influencias externas que están a la vista de todos e influyen  en el inicio y mantenimiento de los trastornos de la conducta alimentaria.

No solo repercuten las variables de vulnerabilidad psicológica y biológica, sino que estamos bombardeados por un sinfín de exigencias, anuncios publicitarios y valores culturales sobre la belleza que afectan a nuestra forma de pensar y juzgar a las personas. Quién no ha pensado en un momento dado: “Voy a hacer ejercicio porque llega el verano”, “¿Cuántas calorías tiene esto?” o “Quiero ser como las modelos”. A simple vista, no nos parece extraño que alguien realice ciertos rituales a la hora de comer, pero, ¿Realmente la sociedad es consciente de lo que es un problema en la conducta alimentaria? ¿Por qué entendemos a una persona que presenta ansiedad ante la situación de hablar en público, pero no llegamos a comprender que otra presente las mismas reacciones físicas ante un plato de comida? Y es más, ¿Estamos educando a los jóvenes en la prevención y riesgos de los trastornos de alimentación?
Al igual que es importante prevenir sobre temas como sexualidad o drogodependencias, es conveniente que las nuevas generaciones conozcan estos trastornos, tanto sus características como sus consecuencias. Sobretodo, entender que un simple insulto o una broma de mal gusto sobre la apariencia física (las cuales llevamos escuchando desde la infancia) pueden acarrear consecuencias graves. No sólo son importantes este tipo de vejaciones, también lo son los mensajes implícitos que desde pequeños vemos, leemos y escuchamos, a los que les damos más importancia al llegar a la adolescencia por el hecho de gustar a los iguales. Realmente ¿es tan importante la apariencia física para triunfar en otras áreas de la vida? La mayoría responderá que no, entonces, ¿por qué seguimos reforzándolo?

Con todo esto, me gustaría que tanto a los profesionales de otras áreas distintas a la Psicología como a la sociedad en general reflexionaran sobre el motivo del aumento de estos trastornos en los últimos años y sobre la importancia que tiene una educación  nutricional, psicológica y social a tiempo. Evidentemente no es el resultado de una investigación sino una reflexión desde mi experiencia.

Beatriz Estopiñá Juliá. Promoción 22ª.

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