“Enhorabuena señora, ha tenido usted a un precioso… psicólogo”. Así parece empezar la vida de cada uno de nosotros. Los niños de ahora ya no vienen con una barra de pan bajo el brazo, sino que lo hacen con un título universitario que les da potestad absoluta para poder ejercer como profesionales de la psicología, aconsejando a cualquier persona sobre el “remedio” para sus problemas e incluso, en infinidad de ocasiones, contradiciendo a los profesionales con frases lapidatorias como “eso no sirve para nada”, “qué sabrá este de la vida” o mi preferida “¿y para eso pagas, para ir a lo que te da miedo?”
Pero, ¿cuál es la imagen que se tiene del psicólogo? Hagamos memoria y retrocedamos al día en el que coincides con un amigo de la infancia que no veías desde hace mucho tiempo. Evidentemente, llega la pregunta: ¿Y tú, a qué te dedicas?, “soy psicólogo” le dices orgulloso de tu logro, a lo que involuntariamente, el amigo que se había alegrado tanto de verte retrocede un paso hacia atrás, la mandíbula se le descuelga y  los ojos se le desorbitan… y eso en el mejor de los casos, porque a semejante descomposición facial suele ir asociada siempre una frase que hace referencia al análisis mental o al escaneo cerebral utilizando los típicos poderes sobrehumanos que adquirimos los psicólogos al pagar la matrícula de la universidad.
En mi opinión, creo que la persona que no conoce el campo de la psicología tiende a pensar que el psicólogo es una especia de súper hombre capaz de leer el pensamiento, manipular sus acciones y dominar su mente, vamos, poco menos que el psicólogo es una especie de faquir domacobras. Pero no sólo eso, tiene un concepto sobre el ejercicio de la psicología que dista muchísimo de lo real, haciendo referencia siempre al diván, a la interpretación de los sueños o a la pantomima de la hipnosis.
Pero, ¿por qué esta imagen del psicólogo y por qué la sorpresa cuando se le explica lo que realmente hacemos? Personalmente creo que son varias las razones que han provocado que esta profesión no se valore como se debería y que la mayoría de las personas banalicen el trabajo, esfuerzo y talento necesario que hay detrás de cada una de las sesiones.
Una de las razones tiene que ver con las revistas para adolescentes, en las cuales podíamos ver que junto al imberbe, aunque angelical rostro de DiCaprio, se ofrecía la posibilidad de rellenar un súpertest que a priori no daba la sensación de tener validez alguna, pero que, eso sí, te decía y predecía (inquietante cuanto menos), tu personalidad, utilizando para ello unos 15 ítems con su escala de valoración situado en el margen derecho. Pero aquí no acaba la contribución de estas revistas al mundo del análisis de la psique humana, sino que, en las páginas venideras siempre estaba a disposición de los más atrevidos una sección especial para resolver problemas, utilizando para ello la aportación inestimable y especializada de un genio de la psicología capaz de hacer una valoración, un análisis exhaustivo del problema y extraer conclusiones claras para, posteriormente, dar con la solución y resumirla en 8 líneas, y todo esto, por poco más de un euro.
Pero no sólo las revistas han tenido la culpa, porque ni todos nos creemos que esta profesión sea tan sencilla ni todo el mundo las lee, por lo que, a mi parecer, la disparidad de consenso a la hora de realizar una efectiva terapia de conducta también contribuye a la confusión sobre las tareas del psicólogo y su forma de realizar su trabajo.
Otras tendencias, con más años de existencia que el conductismo, se han encargado de provocar la confusión utilizando técnicas cuya única utilidad es satisfacer la curiosidad morbosa del terapeuta, utilizando para ello instrumentos tan válidos como manchas de pintura, dejando al cliente expuesto a las inquietantes interpretaciones subjetivas del “profesional”.
Con esto quiero decir que las personas no saben la cantidad de tendencias que existen en el campo de la psicología (y mucho menos saben cuáles tienen resultados demostrados y cuáles son estafas manifiestas) y que, como es natural, extraerán conclusiones generalizadas, pensando que todo el mundo que se dedica a hacer terapia psicológica tendrá las mismas funciones y realizará el mismo tipo de trabajo. Poco menos que todos con diván, gafitas redondas y una barba bien perfilada.
En conclusión, se tiene muy poca información sobre la terapia bien hecha, sobre las tareas que se llevan a cabo en consulta y sobre el trabajo desempeñado por el buen profesional, y siguen circulando muchas leyendas urbanas sobre nuestra profesión, lo que provoca que al final todo el mundo tenga licencia para opinar sobre temas tan delicados como la salud mental (y física a su vez) de las personas.
Todo el mundo parece tener remedio para los problemas psicológicos, tanto propios como ajenos, sin embargo, si fuera tan sencillo solucionarlos, ni existiría esta profesión ni tendríamos clientes.

Juan José Cardona Castro. Promoción 22ª.

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