Marta, Clara, Teresa, Lucía o Begoña tienen en común que son mujeres y que todas ellas son víctimas de violencia de género. Sobre alguna de ellas se ejerció violencia física grave, la mayoría llegó a temer seriamente por  su vida y en algún momento  pensó que su pareja iba a matarlas, una de ellas fue víctima de violencia sexual  de forma reiterada durante los últimos años de la relación y todas ellas fueron víctimas silenciosas de maltrato psicológico. Dos de ellas tienen estudios superiores y de éstas una ejerce en su profesión, cuatro de ellas tienen hijos y una es de origen extranjero. Sus edades oscilan entre los  17 y los 53 años y tres de ellas tienen serias dificultades para llegar a fin de mes.
Todas se preguntan cómo es posible que su propio compañero sentimental haya ejercido violencia sobre ellas o por qué han permanecido en esa situación sin dar la voz de alarma ante la primera agresión. Se esfuerzan por identificar en qué momento exacto se perdieron a sí mismas, dejaron de ser ellas para dar prioridad a cubrir las demandas y exigencias de su pareja, o quiénes son ahora cuando comienzan a recuperar su independencia y autonomía.
En todos los casos, sus compañeros emplearon la violencia (psicológica, física y/o sexual) ejerciendo poder sobre ellas como un medio de control con el fin de dominarlas y someterlas, haciendo prevalecer su autoridad. En la base de sus relaciones hay una clara asimetría marcada por la  desigualdad entre los dos miembros de la pareja.
“Te pego porque te quiero” es la justificación que algunos agresores han llegado a dar a sus víctimas tras una agresión y algunas de las mujeres a las que han ido dirigidas estas palabras han decidido compartirlo conmigo. Cada vez que escucho esta afirmación u otras similares me sigo estremeciendo. ¿Qué mensajes lleva implícitos?
Si recurrimos al marco teórico encontramos diversas teorías explicativas de esta realidad entre las que destacan la teoría del Ciclo de la Violencia de Leonor Walker y la teoría del Síndrome de Adaptación Paradójica a la Violencia Doméstica (SAPAVD) de Andrés Montero, donde el autor desmenuza los procesos psicológicos que subyacen cuando se detecta violencia psicológica en el contexto de un delito de violencia de género y  llega a establecer cierto paralelismo entre el síndrome que plantea y  el Síndrome de Estocolmo. Hay quienes lo vinculan con el estado mental del cautivo o quienes lo consideran un tipo de “secuestro psicológico” o “secuestro de la psique” haciendo especial hincapié en el hecho de que la mujer teniendo la posibilidad real y puntual de salir del ciclo de la violencia del maltrato, no contempla esta opción ni la percibe como buena elección al poder verse disminuida su capacidad cognoscitiva y volitiva.
Lo cierto es que la intermitencia del uso de la violencia en la relación de pareja, que se intercala entre periodos de tranquilidad donde predomina la intención de cambio del agresor y prevalece la afectividad y la calma, favorece la dependencia o enganche emocional, alimenta la esperanza de cambio efectiva que la víctima mantiene de forma constante durante gran parte de relación, sustenta la atención y focalización selectiva de la mujer hacia los episodios y etapas positivas y genera un gran desconcierto y pérdida de seguridad derivado de la incongruencia entre el comportamiento violento del agresor y el que manifiesta en las fases de “luna de miel”.
Profundizar en los métodos de control y dominación específicos que ha empleado el agresor durante la relación es sumamente importante para que la mujer víctima o superviviente, tal y como se tiende a denominar cada vez más en los foros de debate, reasigne las responsabilidades despojándose de la culpa, entienda y comprenda los mecanismos intrínsecos y se permita integrar lo sucedido en su historia vital reestructurando cognitivamente lo vivido y rescatando aquellos elementos de sí misma que quiere conservar para reconstruirse contando con ellos.
De una forma sutil en la mayoría de ocasiones y no tan burda en los inicios, el compañero sentimental, quien según los mitos del amor romántico siempre debería velar por su cuidado y seguridad, va estableciendo y ampliando una red de control en cuanto a las personas con las que interacciona la mujer, al uso y el acceso al dinero o en cuanto a las actividades a las que dedica su tiempo. En las fases de tensión y explosión, el agresor entra a cuestionar las ideas y opiniones de la víctima, desconfía de sus amistades y familiares, cosifica a la mujer, desvaloriza sus opiniones y actuaciones, la menosprecia, dificulta su toma de decisiones haciendo prevalecer lo que él considera (“yo sé lo que es mejor para ti”), la descalifica, destruye alguna propiedad de ella, la intimida infundiendo miedo, la culpabiliza de cualquier cosa o de todo, minimiza el abuso que está cometiendo, la chantajea emocionalmente o amenaza con abandonarla, irse de casa, no volver a ver a sus hijos, agredirla o matarla en el peor de los casos. En la otra cara de la moneda encontramos en la mayoría de los casos una mujer aterrorizada, aislada, con falta de información, que de forma operante ha aprendido a callar porque de este modo evita los conflictos y que depende económica y emocionalmente de la única fuente de afecto que consigue reconocer y visualizar, su propio agresor. La víctima se cuestiona, se culpabiliza, espera un cambio, no se escucha, tiene una baja autoestima, siente vergüenza, cree que ella exagera, que “no sirve para nada” y que sin su compañero no va a poder seguir adelante. Siente una gran necesidad de estar cerca de él y ayudarlo cediendo cada vez en un mayor número de sus áreas vitales reduciendo su existencia diaria a su rol de pareja y madre.
Marta, Clara, Teresa, Lucía y Begoña, son algunas de muchas. Todas ellas grandes personas y grandes mujeres que se han reencontrado tras haber vivido una auténtica tortura psicológica, base del maltrato físico y sexual. Trabajar diariamente con estas mujeres supone presenciar en primera fila como la fragilidad da paso a la fortaleza y como la seguridad y la independencia (emocional, económica y personal) se instalan o reinstalan en sus vidas.
La intervención psicológica de orientación cognitivo conductual es una de las vías que favorece el proceso de recuperación integral de las víctimas de violencia. En la base de los mapas cognitivos de éstas encontramos diferentes distorsiones cognitivas y pensamientos automáticos a los que las mujeres víctimas otorgan una credibilidad 100% sin haberlos cuestionado. Es sumamente importante cribar y analizar estos pensamientos sometiéndolos a diferentes filtros (criterios de objetividad/veracidad, utilidad, emocional y formal) con el fin de valorar si se ajustan o no a la realidad y si son saludables. Es importante que las distorsiones cognitivas pierdan fuerza y se reemplacen por pensamientos alternativos idóneos y adecuados ya que estos son los que encienden las otras modalidades de respuesta más visibles e incapacitantes (respuesta fisiológica y motora).
Como profesionales, transmitir esperanza, acompañarlas y guiarlas hacia la salida respetando sus ritmos es una responsabilidad y un reto constante.
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Susana Tárrega Verdú
Lic. psicología, Lic. criminología, Máster en psicología clínica por el Centro de Terapia de Conducta de Valencia.
Actualmente trabajando como psicóloga en atención directa con mujeres víctimas de violencia en un recurso público.

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