Muchos psicólogos tenemos la sensación de que nuestra profesión no goza del prestigio y de la aceptación social que se merece. Cierto que hemos avanzado mucho en los últimos tiempos, y que en la actualidad hay psicólogos en prácticamente todos los centros de enseñanza pública, en muchas empresas y equipos deportivos, y que la práctica clínica está completa-mente asentada. Pero honestamente todavía estamos en condiciones de inferioridad con respecto a otras profesiones, digamos más tradicionales. Centrándonos en el área clínica, que nosotros conocemos muy directa-mente, por ejemplo suceden cosas como: en un porcen-taje altísimo de ocasiones en que se invita a un experto a darsu opinión en un medio de comunicación, el invitado suele ser un médico psiquiatra y no un psicólogo clínico, en la mayoría de los centros públicos de salud mental el profesionalque tiende a recibir a los clientes (pacientes en este contexto) en la primera entrevista es un médico que luego decide si lo va a derivar al psicólogo, y todavía peor, encasi todos los programas de formación PIR que hay en marcha en nuestro país, el director es de nuevo un psiquiatra. ¿Cómo y por qué es esto posible?. Las razones son variadas. En primer lugar nuestra disciplina no tiene la antigüedad y tradición que poseen otras profesiones. Basta con decir que la licenciatura de psicología en Valencia data de 1984, antes éramos filósofos, y la licenciatura en medicina viene de siglos atrás. En ese sentido es lógico entender que nuestra profesión no sea tan conocida para el gran público como la abogacía o la medicina. Sin embargo, y en segundo lugar y a ello vamos a dedicar estas reflexiones, creemos que existe toda una serie de razones de la que somos responsables nosotros mismos.

Muchos psicólogos parecen confundir la práctica de la psicología clínica con la de la medicina. Han exportado el modelo médico a la psicoterapia: evalúany toman decisiones terapéuticas siguiendo las pautas médicas, se relacionan socialmente con sus clientes como los facultativos, e incluso a algunos hasta les gusta vestirse con bata blanca y que les llamen Dr. Tal. Si nos compor-tamos como seudomédicos, el gran público nos verá como tales y no como profesionales con una entidad propia y diferenciada. Estas confusiones de roles se ven muy claramente en el manejo del lenguaje, en el uso de la jerga profesional. En psicología clínica se ha genera-lizado el uso de un gran número de términos que provienen de la medicina, pero que su uso en psico-terapia es como mínimo cuestionable. La palabra enfermedad se usa constantemente para denominar problemas psicológicos tan corrientes como los ataques de pánico o las obsesiones. En más del 99% de los casos que tratamos en consulta no hay ningún desarreglo anatómico, bioquímico, hormonal, lesión o malfunciona-miento de sistemas orgánicos como para hablar de enfermedad. A partir de ahí es equívoco e inadecuado usar palabras como: curación, paciente, síntomas, dar el alta y otras más. Tenemosnuestro propio lenguaje: trastorno emocional, terapia psicológica, cliente, malestar o dolor emocional, superar el problema , etc. Usar nuestro propio estilo de comunicación facilitará nuestra autonomía profesional.

Ya que estamos hablando de nuestras relaciones con la medicina y más en concreto con la psiquiatría, nos gustaría comentaralgunas creencias al respecto que, al parecer un buen número de clínicos profesany que no nos ayudan a progresar profesionalmente. Por ejemplo, la idea de que los problemas graves deben ser tratados por psiquiatras y los leves por psicólogos. Si por problemas graves entendemos trastornos como la esquizofrenia o el trastorno bipolar, entonces ese mito seríarazonablemente aceptable. La investigación demuestra que la aproximación farmacológica a estos problemas es la prioritaria, aunque también tenemos datos cada vez más sólidos de que la adición de técnicas cognitivo-conductuales mejora el pronóstico. Sin embargo, muchas veces cuando un clínico recibe a un cliente con un problema de ansiedad en el que la activación fisiológica es elevada, automáticamentele deriva al psiquiatra pensando algo tan absurdo como: “estámuy mal, para empezar que tome fármacos y que se tranquilice, luego ya haremos terapia”. ¡Por favor¡ esa persona tiene un problema psicológico no una enfermedad, necesita desaprender sus miedos, no tomar drogas. Además es una cuestión de datos no de opiniones. El tratamiento farmacológico es una buena opción para las psicosis, el trastorno bipolar e incluso para la depresión, pero no para los trastornos de ansiedad, de pareja , sexuales o de ingesta, en los que la terapia psicológica es mucho más eficaz. Quitémonos esos complejos, esas absurdas ideas de que somos una especie de profesionales de segunda categoría y reclamemos nuestrajusta posición social.

En ocasiones, encontramos estilos terapéuticos, formas de relacionarse con los clientes que no benefician el que seamos aceptados y respetados profesionalmente por el ciudadano medio. Por ejemplo,elpsicólogo-gurú. Sus consultas parecen los aposentos de un lama tibetano, su forma de hablar está llena de aforismos y parábolas, y sus técnicas parecen provenir más del esoterismo y de la filosofía oriental, que de la investigación. Lo peor de todo no son las formas, que desde luego poco hacen por nuestra imagen pública, sino el hecho de que el objetivo de estos tratamientos es algo así como ponerse en paz con el orden cósmico, en vez de superar el problema que plantea el cliente. Estos terapeutas crean acólitos y su s enfoques se parecen más a una religión o filosofía que a un tratamiento psicológico. Otro caso es el psicólogo-samaritano. Sus intencionesson magnificas: ayudar al prójimo. El problema es que este exceso de afecto crea graves complicaciones en terapia: la excesiva implicación emocional del terapeutamerma su habilidad profesional y le hace poco asertivo a la hora de manejar situaciones difíciles como el incumpli-miento de las tareas terapéuticas, la falta de puntua-lidad o la violación de roles. Estos terapeuta s crean clientes dependientes o amigos a sueldo. Otro modelo inadecuado es el psicólogo-inexpertoo ignorante. Sencillamente no está cualificado o formado para hacer terapia en general o para aceptar un tipo de trastornos en particular. Tenemos que reconocerlo, el clínico medio no dedica un gran presupuesto a cursos y congresos, no esta suscrito a muchas revistas científicas, y su biblioteca profesional no está muy nutrida. Además, en este campo hay absurdas ideas verdaderamente dañinas. Quizás la peor es considerar que la única manera de aprender es practicando. Es cierto que la práctica es un elemento esencial de la formación, pero la experiencia terapéutica no dirigida, sin asesoramiento experto, sólo sirve para asentar más y más los errores. Es lamentable oir que a un cliente obsesivo se le ha intentado aplicar detención de pensamiento o a otro agorafóbico, desensibilizaciónsistemática. Otro ejemplo podría ser el del psicólogo-a largo plazo. Serían profesionales que postulan estrategias de intervención que se prolongan durante mucho tiempo, a menudo durante años. Con estos enfoques es dudable que, si se producen mejorías, se puedan atribuir a la terapia. No se puede establecer una relación de causa-efecto. Es comprensible que, desde la administración, se nos trate de poco rentables, productivos o eficaces. Imaginemos a un clínico trabajando en un centro público cuya media de dedicación a un cliente sean 150 sesiones.

¿Cómo debería ser un buen psicólogo clínico?¿cuál debería ser el perfil idóneo para garantizar su definitiva instalación social?. Posiblemente no existe un modelo único, pero a nuestro entender sí debería reunir unas características básicas. En primer lugar debería dedicarse a la práctica clínica por vocación, porque le guste, porque disfrute haciéndolo, porque el mundo de los trastornos psicológicos y la mejor manera de solucionarlos le entusiasme. No porque quiera “ayudar a los demás” en abstracto, ni porque de pequeño tuvo un problema, ni porque tenga un hermano esquizofrénico y por supuesto, mucho menos porque algo había que estudiar, y psicología era fácil. En segundo lugar, tendría que ser un profesional competente. Debería formarse sólidamente y a partir de ahí mantener un programa de reciclaje constante: cursos, congresos, libros y artículos tendrían que ocupar una parte significativa de su tiempo. Es muy importante estar al día de los datos nuevos que se están publicando constantemente y usar técnicas realmente eficaces y no sólo que nosotros creamos eficaces. En tercer lugar, sería estupendo que estuviese orgulloso y seguro de ser psicólogo. Que fuera consciente del estatus científico de la disciplina que practica, y que eso le permitiese hablar con otros profesionales y con el gran público en general sin complejos absurdos. Finalmente, a la hora de relacionarse con los clientes debería tener una actitud cálida pero profesional, manteniendo sin confusiones los roles e intentando crear autonomía personal.

Si estás leyendo esto estamos seguros de que cumples estas características.

Juan Sevilla y Carmen Pastor

Centro de Terapia de Conducta

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