Cuando empiezas a trabajar en la práctica clínica, experimentas  una  serie de preocupaciones y temores los cuales, no me detendré a detallar, pero que a la gran mayoría de los que nos dedicamos a la psicología clínica nos aparecen al inicio de nuestra labor.
Esos temores desaparecen cuando compruebas una y otra vez que sabes poner en práctica de manera eficaz todo lo que has estado aprendiendo a lo largo de la completa formación. Sin embargo existen una serie de aspectos que al inicio, pueden no causarnos preocupación alguna, pero no por ello debemos pasarlos por alto. Son pequeños aspectos que, si no se abordan de manera eficaz pueden convertirse en grandes obstáculos que interfieran negativamente en la terapia con el cliente.

A pesar de mi reciente inclusión en la práctica clínica, algunos de estos pequeños aspectos han aparecido en diferentes sesiones que he realizado.
El primer aspecto al que quiero hacer referencia es el intento de alianza que se da en las sesiones de terapia de pareja, por parte de uno de los miembros de la relación. Me encontré con este aspecto  cuando  reuní a una pareja para hacer una sesión conjunta, y uno de ellos intentó formar una alianza conmigo. Mediante su comunicación verbal (argumentos persuasivos, auto descripciones positivas carentes de defectos, etc.) y su comunicación no verbal (búsqueda de la mirada, aquiescencia excesiva, etc.) intentó “llevarme a su terreno” y convencerme de que era poseedor de la razón en la relación de pareja. Independientemente de que sus argumentos pudiesen ser más lógicos y coherentes que los que daba el otro miembro de la pareja, caer en esa trampa habría supuesto un gran obstáculo para la terapia. Así que, equilibrando los tiempos de participación, mirando a los dos por igual y haciendo extinción, entre otras cosas, logré redirigir la sesión y por supuesto evité el intento de aliarse.

Otro de los aspectos a considerar es el conocer qué esperan los clientes de la terapia. Recientemente tuve una sesión con los padres de un niño de 9 años y al finalizar la sesión con ellos,  les expliqué las tareas necesarias a realizar con su hijo durante la semana, con el fin de que los cambios que ellos mismos pedían para su hijo empezaran a instaurarse. Mostraron cierto asombro al escuchar mi planteamiento pues no esperaban que ellos tuvieran que hacer tarea alguna en casa. Sus argumentos demostraron que, esperaban que con las sesiones semanales de terapia con el niño, éste tuviera suficiente. Y es que, muchos padres tienen la creencia errónea de que el psicólogo es el que tienen que “arreglar” a su hijo sin que ellos como padres deban realizar nada al respecto. Por ello, fue necesario recordar el papel del psicólogo en el proceso terapéutico.

Siguiendo en la línea de sesiones con padres, observé en una de esas sesiones otro de los aspectos a los que vengo haciendo referencia, conocer los posibles tratamientos anteriores. Tener en mi mano esa información me ayudó a conocer qué otras posibles técnicas y pautas habían puesto en práctica esos padres y cuáles habían sido los resultados. Además, en las siguientes sesiones donde les planteé las pautas a seguir me comentaron que ya las habían aplicado en otras ocasiones y no les habían funcionado. Gracias a la información que pude recoger sobre ello en la evaluación pude plantearles los aspectos que podían mejorar, para que esta vez, pudiesen dar el resultado en el comportamiento de su hijo. Reforzando, antes de todo, el interés y esfuerzo que habían dedicado por conseguir cambios positivos en su hijo en ocasiones anteriores.

El último aspecto que me gustaría subrayar, es el que hace referencia a cómo llegan los clientes a terapia. Aprecié la gran influencia que tiene conocer esta información cuando empecé a  tratar con un adolescente que venía a terapia obligado por sus padres y al tratar con otro adolescente que había llegado por iniciativa propia por un problema social. El preguntar cómo habían llegado a terapia me ayudó a plantear la sesión de evaluación (preguntas abiertas o cerradas, refuerzos notables cuando se daba información detallada, etc.) de manera distinta. Todo ellos, me permitió manejar las respuestas monosilábicas y la escasa participación  que proporcionaba el adolescente obligado por sus padres y convertirla en una mayor participación y colaboración (que sí estaba presente en el adolescente que había acudido voluntariamente).

Así pues, las alianzas,  las expectativas de la terapia, los tratamientos anteriores y cómo llegan los clientes a terapia, son cuestiones  importantes a tener en cuenta en todos los casos, independientemente del problema que tenga la persona que acude a terapia. Aparte de los comentados, existen otros tantos. De modo que, será cuestión de seguir desarrollando la labor clínica para abordarlos eficazmente y de nuevo, darlos a conocer.

Ana Zamora. 22ª Promoción.

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