Son las 7.30 am de un sábado, Cristina se despierta en cuanto suena el despertador. O quizá ya se había despertado unos segundos antes. ¿Debido a los nervios? Puede ser, hoy toca competición.

Lo primero que piensa al abrir los ojos “hoy no…”. Después van llegando otros pensamientos a su cabeza como “no quiero ir”, “no lo voy a hacer bien”, “todas irán mejor preparadas que yo”, “seguro que me descalifican”.

Su corazón se acelera, o estaba acelerado antes de despertarse. No lo sabe, todo pasa muy deprisa y no conoce la manera de pararlo.

Aunque parezca que esta secuencia es desconocida para Cristina, la verdad es que le es muy familiar. Cada vez que se enfrenta a una competición, vuelve a revivir las mismas sensaciones, desde que se despierta hasta que finaliza su prueba. Es más, estas sensaciones y pensamientos aparecen días antes.

Cristina tiene 15 años y compagina sus estudios con la natación. Desde bien pequeñita pertenece a un club en su ciudad, disfruta del deporte, de los entrenamientos y de su progreso. Existe un único problema, siente pánico ante las competiciones.

Cada vez que se enfrenta a una prueba competitiva le ocurre lo mismo. La ansiedad le invade. Una vez en la piscina, el entrenador y sus padres le repiten que se concentre en sí misma, pero ella no puede. Mira inquieta a las gradas, observa a sus rivales, las cuales se encuentran colocadas en cada una de las calles restantes… Su cabeza sigue repleta de pensamientos negativos y se siente bloqueada.

El árbitro manda a las nadadoras al banco de salida. Cristina se coloca, le tiembla el cuerpo y sigue pensando que lo va a hacer mal. Suena el pitido de salida y todas las deportistas saltan al agua. En pocos minutos la prueba ha finalizado y Cristina se ha quedado en buena posición. La ansiedad casi ha desaparecido, se siente más tranquila, pero piensa que podría haberlo hecho mejor.

El caso de Cristina es un caso ficticio, sin embargo, podría hacer referencia a muchos jóvenes deportistas, los cuales se encuentran en una situación similar.

Soy psicóloga y desde hace año y medio trabajo en mi propia consulta donde ofrezco atención y tratamiento psicológico desde una perspectiva cognitivo-conductual. Recientemente, me ofrecieron la oportunidad de impartir una charla a compañeros de un club de natación, especialmente a los más jóvenes, con el título “¿Miedo a competir?”. Una buena experiencia, en la que pude confirmar de primera mano los principales miedos que afectan a los pequeños deportistas y cómo estos les perjudican negativamente en el disfrute del deporte.

Cuando nos encontramos con una persona deportista, de calidad, pero con grandes limitaciones relacionadas con su autoestima, autoconfianza y autoeficacia, una persona que a pesar del esfuerzo físico realizado en los entrenamientos, se siente débil emocionalmente en el momento de la competición, es importante plantearse lo siguiente: al igual que entreno mí capacidad física y mi técnica para conseguir una mejor actuación…¿porqué no entrenar también mi mente y mis emociones si me están boicoteando mi calidad como deportista?

Actualmente, la psicología deportiva trabaja activamente en estos aspectos. Si leemos alguno de los textos publicados en nuestro país sobre psicología y deporte como Psicología aplicada a la actividad físico-deportiva de Mora, García, Toro y Zarco (2000), observamos como la mayoría de técnicas utilizadas en este ámbito para controlar las variables psicológicas que influyen en la ejecución deportiva de un deportista tanto profesional como amateur, se basan en la psicología cognitivo-conductual.

Siguiendo con nuestro ejemplo, si nos centramos en el análisis funcional de la conducta de Cristina, encontramos una secuencia clara y característica.

Ante cada situación previa a una prueba competitiva, aparecen pensamientos de ineficacia, utilizando un lenguaje descalificativo, absoluto, dicotómico, en el que predominan expresiones como “seguro que…” o “debería…”, las cuales están llenas de autoexigencia. “No lo voy a hacer bien”, “seguro que  me descalifican”, “voy a decepcionar a mi entrenador y a mis padres”, “no debería haber venido”. A la gran carga negativa que aparece en el vocabulario dichos pensamientos le añadimos la total credibilidad que Cristina le da a su contenido, asegurando prácticamente al cien por cien que todo lo que pasa por su mente es verídico y va a ocurrir.

Por supuesto, es lógico asumir que cualquier persona que piense de esta manera y que realmente crea en la veracidad de esos pensamientos, tendrá unas reacciones emocionales específicas e intensas. Aceleración del corazón, sudor frío, temblor, respiración entrecortada…son reacciones fisiológicas comunes en una respuesta de ansiedad y siempre aparecen con rapidez en Cristina.

Dicha respuesta conlleva a nuestra nadadora a realizar una serie de conductas que le ayuden a controlarla o eliminarla. Hace sesiones de entrenamiento extra para mejorar su técnica, asiste horas antes a la piscina para poder preparar todo al detalle, e incluso busca excusas para no ir a la competición. Es decir, realiza una serie de conductas de escape y/o evitación que le proporcionan una determinada seguridad.

Tras mi experiencia con los jóvenes nadadores, pude observar como este ejemplo secuencial se repetía en varios de ellos. Es decir, entre los asistentes había jóvenes que sufrían ansiedad ante momentos de competición y en la mayoría de los casos no sabían cómo afrontarla. Los principales miedos eran a la evaluación negativa de los demás, a cometer errores y al fracaso.

Estas situaciones pueden desencadenar sentimientos mayores de ineficacia, y convertir el deporte practicado, actividad anteriormente admirada, en algo aversivo. Así mismo, puede disminuir cada vez más el autoestima y la autoconfianza de la persona.

A todo esto, también añadimos que estamos hablando de jóvenes en plena adolescencia, una etapa de la vida que en muchos casos está repleta de inseguridades, una necesidad imperante de gustar a los demás y donde no se permiten cometer errores. Esto no hace más que aumentar su vulnerabilidad.

Por lo tanto, dentro de los clubes deportivos, incluso tratándose de pequeños clubes locales, sería conveniente que los entrenadores pudieran detectar este tipo de miedos en aquellos casos en los que el problema está afectando seriamente al joven deportista y él mismo no es capaz de salir de la situación en la que se encuentra. Así podría asesorarle para buscar la ayuda psicológica necesaria por parte de un especialista.

Ante un caso de este tipo, ¿qué técnicas podríamos utilizar para intervenir?

En primer lugar, la terapia cognitiva resulta de elección para tratar los pensamientos catastróficos que aparecen ante el miedo a la competición y que van a desencadenar el resto de respuestas específicas como la ansiedad y las conductas de seguridad.

Estos pensamientos negativos son automáticos y aparecen de manera involuntaria. Suelen tener forma de interpretación y valoración negativa de la propia valía o de los hechos en sí.

Según Mora et al. (2000), basándose en los errores de pensamiento recogidos por Albert Ellis y Aaron Beck, listan una serie de errores cognitivos que nos podemos encontrar en los deportistas. Algunos de ellos, podemos observarlos en la forma del lenguaje de los deportistas con ansiedad frente a la competición:

  • Pensamiento dicotómico: pensamiento del todo o nada. “Si no gano la prueba soy un fracaso”
  • Sobregeneralización: sacar conclusiones en base a un hecho concreto. “Mis rivales siempre van a ser mejores que yo”
  • Magnificación de lo negativo o minimización de lo positivo: darle la máxima importancia a un hecho negativo y la mínima a un hecho positivo. “He puntuado muy poco en la prueba de hoy, seguro que toda la temporada va a ser un fracaso” o “hoy he ganado pero porque he tenido suerte”
  • Autoexigencia: exigirse el cien por cien de la capacidad. “Solo me vale ganar”
  • Catastrofización: esperar lo peor de la prueba. “¿Y si me quedo el último?”
  • Personalización: asumir toda la responsabilidad de un hecho. “La media de tiempos de mi club es baja por culpa de haber hecho el peor tiempo en mi prueba”

Nuestro objetivo terapéutico consistiría en enseñar al deportista a cambiar su forma de pensar. Gracias a la terapia cognitiva, aprendería a reconocer sus pensamientos negativos automáticos y a cambiarlos por otros alternativos que sean más adaptativos. Para ello utilizaríamos técnicas de discusión cognitiva con las que buscar evidencias de la veracidad de dichos pensamientos.

Por otro lado, la persona también tendría que afrontar aquellas situaciones temidas, eliminando cualquiera de las conductas de seguridad que actúan por refuerzo negativo, disminuyendo el malestar. Por lo tanto, a la vez que trabajamos los pensamientos negativos, la persona se enfrentaría a una serie de experimentos conductuales para poner en entredicho sus pensamientos negativos automáticos. En el caso de Cristina, por un lado reforzaríamos el hecho de que no evitara ninguna competición. También eliminaríamos, por ejemplo, el excesivo entrenamiento y la alta preparación horas antes de la competición.

Por supuesto, cada caso tiene sus propias características, lo que implicaría una intervención individualizada y adaptada.

El principal objetivo de este artículo, es hacer reflexionar sobre la ayuda que podemos ofrecer a jóvenes deportistas que se ven incapaces de disfrutar de su actividad preferida por motivo de sus miedos e inseguridades. Muchos de ellos que finalmente se ven frustrados al observar cómo a pesar de horas de entrenamiento y mejora técnica, sus resultados deportivos se ven afectados por otros factores de carácter emocional que no saben cómo solucionar.

Es necesario dar información a los entrenadores sobre este tipo de problemáticas para que sepan reconocerlas. Así mismo, que le otorguen la importancia que deben tener, considerando que los aspectos emocionales pueden influenciar negativamente en el progreso deportivo.

En muchas ocasiones, con una rápida y breve intervención podremos conseguir que dichos jóvenes no abandonen su pasión por el deporte y puedan ver fortalecida su autoestima, lo cual podrá generalizarse a otros aspectos de sus vidas.

 

 

Bibliografía:

Juan Antonio Mora Mérida, José García Rodríguez, Salvador Toro Bueno, Juan Antonio Zarco Resa. (2000). Psicología aplicada a la actividad físico-deportiva. Madrid: Pirámide.

MARÍA PÉREZ NARCISO

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