INTRODUCCIÓN

Las relaciones afectivas son unos de los pilares básicos de la vida de las personas. Es innegable que la calidad de nuestras relaciones afectivas nos influye en un amplio espectro de nuestras vidas. Sin embargo, cuando analizamos el trato que las terapias cognitivas derivadas de Albert Ellis dan a la emocionalidad existe, a mi parecer, un enorme vacío conceptual. Leyendo la literatura donde la terapia cognitiva es aplicada a parejas, uno tiene la impresión de que lo realmente sano y aquello que en cierto modo nos “inmuniza” contra posibles daños, es mantener una actitud cercana al desapego afectivo. Soy consciente de que se hace referencia a aspectos positivos de la afectividad, pero ninguna de sus ideas irracionales base, ni los estilos de discusión de ellas derivadas hacen referencia a la posibilidad de que realmente el afecto sea algo necesario en nuestras vidas. Más bien al contrario, las discusiones cognitivas de todos los manuales que he leído, van en la línea de patologías relacionadas con la dependencia emocional. Pero yo me pregunto ¿y que ocurre con aquellos que priorizan su independencia a costa de una apertura emocional? ¿Realmente es por qué son más felices o hay algo más?.

En este trabajo, pretendo destacar la importancia de los vínculos afectivos humanos como necesidad básica. Para ello, voy a basarme en la teoría del apego de John Bowlby (1969, 1973, 1980) y, desde ella, expresar mi desacuerdo en lo relativo a cómo la teoría racional emotiva aborda ciertos aspectos de las relaciones afectivas.

 

La teoría del apego intenta explicar el modo en el que las personas nos manejamos en nuestras relaciones íntimas y sus repercusiones tanto a nivel emocional como conductual y cognitivo. Para entender esta teoría, hay que tener en cuenta que parte del supuesto de que la necesidad afectiva en cualquier etapa del desarrollo es innata en el ser humano. En un principio, psicoanalistas y teóricos del aprendizaje consideraban que el vínculo se producía como un proceso secundario, consecuencia de la satisfacción de las necesidades fisiológicas del bebé. Sin embargo, investigaciones como las de Konrad Lorenz (1935) y Harlow y Zimmerman (1959) demostraron que la satisfacción de las necesidades más elementales no era el factor determinante en el establecimiento del vínculo.

 

Concretamente, Harlow y Zimmerman, llevaron a cabo experimentos con monos rhesus en los que separaban a las crías de las madres desde el primer día de vida y, durante cinco meses, eran criadas por dos madres sustitutas: una de felpa y otra de alambre con un biberón incorporado cada una. A pesar de que la mitad de los monitos fueron criados por la madre de alambre, se observó que éstos se vincularon a la madre de trapo. Así, pasaban una media de 15 horas con ésta y sólo la hora correspondiente a la alimentación con la madre de alambre. Resulta impresionante ver como el monito, a pesar de ser alimentado por la madre de alambre, mantiene el contacto con aquella que le proporciona calidez al tacto.

 

 

Con estos y otros estudios similares, la búsqueda de contacto con la madre se convierte en algo independiente de la satisfacción alimentaria, poniendo de manifiesto la importancia de la formación del vínculo como un proceso primario, entendido como una tendencia conductual innata, favorecida por la selección natural dado su valor para la supervivencia.

Si partimos de que la necesidad de afecto es innata en el ser humano, esto implica asumir su continuidad a lo largo del desarrollo. El apego o estilo afectivo que manifiesta un adulto es el resultado de los esquemas mentales formados en las experiencias tempranas de interacción en el marco de la familia. Las expectativas generadas sobre el comportamiento paterno, son automatizadas y traspasadas a las nuevas relaciones donde juegan un rol activo percepción y gía de la conducta. Obviamente, la teoría no es determinista y asume que ciertas circunstancias (transiciones importantes, terapia, etc.) y especialmente las nuevas relaciones íntimas pueden hacer que el sujeto reevalúe y modifique sus esquemas. No obstante, si no se produce un cambio, el estilo afectivo que presenta un adulto es aquel que ha aprendido a utilizar porque le ha sido funcional en un momento determinado. Brevemente intentaré esquematizar como se logra este proceso.

Por ejemplo, un niño que ha sido criado en una familia donde el comportamiento de la figura de apego se caracteriza principalmente por su impredictibilidad, donde el niño se encuentra con que unos mismos comportamientos, unas veces complacen a sus padres mientras que otras consiguen el efecto contrario, supone una incertidumbre sobre la disponibilidad y capacidad de ayuda y respuesta de la figura de apego. En este caso estaremos ante un posible adulto ambivalente, caracterizado principalmente por una necesidad de agradar a los demás y un sentimiento constante de falta de cariño lo que le lleva a buscar desesperadamente la confirmación de que son queridos.

Imaginemos ahora unos padres que, a pesar de presentar consistencia en su comportamiento, se limitan a reforzar positiva y adecuadamente aquellos comportamientos referidos a la consecución de objetivos (logros, éxito, etc) a la vez que muestran frialdad afectiva. El adulto con estos antecedentes de rechazo afectivo tiene bastantes posibilidades de seralejadoo evitativo, caracterizado principalmente por la desactivación de sus necesidades de apego. Estos sujetos aprenden a negar tanto sus necesidades afectivas como la de los demás, mostrando una autosuficiencia emocional como mecanismo defensivo. Este mecanismo se activa mediante una idealización de los padres y el sí mismo y una gran necesidad de éxito, perfeccionismo, adicción al trabajo o materialismo. Muestran a su vez dificultades para intimar y permitir al otro sentirse entendido y querido, puesto que su objetivo es mantener a los demás los suficientemente alejado para no romper su coraza de autonomía.

Cuando la actuación parental se encuentra en el extremos de la insensibilidad, es bastante probable que surja un sujeto caracterizado por una imagen negativa de sí mismo junto a un miedo intenso al rechazo emocional (temeroso). Este es el estilo más cercano a la patología y con menos expectativas de éxito, puesto que presentan problemas de inhibición conductual que, unido al miedo al rechazo, hace que evite las situaciones sociales y las relaciones íntimas. En este proceso, ellos mismos socavan la posibilidad de establecer relaciones satisfactorias que pudieran modificar sus representaciones tempranas de apego.

Los estilos alejado y temeroso comparten la característica de la evitación de la intimidad; difieren sin embargo, en la necesidad personal de aceptación de los demás para mantener una consideración positiva de sí mismo. De forma similar, los grupos ambivalente y temeroso, se parecen en que ambos muestran una fuerte dependencia de los demás en la valoración de sí mismo, pero difieren en su disposición a implicarse en relaciones íntimas. Mientras el estilo preocupado “arriesga” buscando relaciones en las que implicarse emocionalmente, el temeroso las rehuye.

Por último, el estilo de apego ideal o seguro, se obtiene cuando existe una actuación parental que satisface las dos necesidades básicas: el ser tenido en cuenta y evaluado positivamente y la necesidad de control y predictibilidad. El modelo mental de relación de un sujeto seguro estaría formado por un sentido de confianza básico sobre la disponibilidad y accesibilidad del cuidador y una satisfacción de su necesidad de apego. Con esta seguridad de partida, es lógico que el sujeto seguro se atreva a explorar el entorno siendo capaz tanto de confiar en sí mismo como de pedir ayuda a los demás cuando la necesita.

Hemos de insistir en que la teoría no asume una evolución rígida del individuo. Así, un modelo de relación adulto seguro, no implica necesariamente unas experiencias infantiles de responsividad y disponibilidad. Significa que existe una flexibilidad cognitiva que permite la adaptación a las nuevas situaciones vitales del individuo, a través de la integración de información nueva y la modificación de la preexistente. La tabla 1 resume algunas de las características de estos estilos.

Hasta aquí he comentado brevemente la teoría del apego con el objetivo de que mis discusiones sobre la teoría racional emotiva tuviesen mayor claridad. Antes de comenzar, me gustaría señalar que si me he planteado estos interrogantes es, precisamente, porque considero la terapia cognitiva como uno de los mayores logros en la psicología. No me gustaría que mis dudas se entendiesen como meras críticas sino más bien como un intento de ampliar su perspectiva.

Cuando la terapia cognitiva es aplicada a problemas de relación, las actitudes disfuncionales que se trabajan son aquellas relativas a la excesiva dependencia de la pareja (Burns, 1980, Ellis,1989, Ellis, 2000). La tabla 2 señala las ideas pertenecientes a la subescala del amor que componen la escala de actitudes disfuncionales de Weissman.

 

 

No puedo ser feliz sin ser amado por otra persona
 
Si no gustas a otros, es probable que seas menos feliz
 
Si la gente que me preocupa me rechaza, significa que hay algo en mi que no está bien
 
Si alguien a quien amo no me ama, significa que no soy digno de amor
 
Estar aislado de los demás es razón para ser infeliz

Tabla 2. Subescala de amor del Das, Ariene Weissman

 

Se observa como las ideas de la subescala de amor tratan de las actitudes disfuncionales que desde la teoría del apego se asocian con un estilo de apego ambivalente pero, ¿dónde aparecen reflejadas las creencias del resto de los estilos afectivos inseguros? Es cierto que encontramos algunas actitudes disfuncionales relativas a aspectos de perfeccionismo que bien podrían servir para el estilo alejado, ¿pero que ocurre con las ideas relacionadas con la represión afectiva? ¿Acaso la independencia excesiva no puede ser signo de patología?

 

La idea irracional base sería “No puedo ser completamente feliz ni sentirme lleno como persona a no ser que sea amado por un miembro del sexo opuesto. El amor verdadero es necesario”. Como señala Burns “ La demanda o necesidad de amor para ser feliz es llamada dependencia” (Burns, 1980; p.267). Y mi pregunta es ¿siempre?

 

Mi posición es, en primer lugar, que necesitar a alguien, querer tener un vínculo afectivo con alguien no sólo no tiene porqué significar dependencia sino que además, si el vínculo es sano, implica una mayor seguridad personal. Que uno es más feliz en una relación de pareja ¿es realmente dependencia?, ¿no tiene parte de realidad? Me resisto a creer que los intentos por conseguir pareja se deban exclusivamente a los modelos sociales dominantes. Podrían alegarse otras múltiples razones, como la tendencia a lo largo de la evolución a formar relaciones, la crianza de los hijos, seguridad emocional, compañía, intimidad, desarrollo personal, etc. ¿Acaso uno no crece en una relación de pareja? No creo en la dependencia, sino en la construcción. Pero demos la vuelta a la pregunta “Uno es más feliz sin una relación de pareja”. ¿Por qué no se trata esta idea como irracional si fuese una pilar filosófico de la persona?. ¿Hasta que punto no está relacionada con un miedo al compromiso, un temor al daño emocional, una frialdad afectiva? Algunas dirán que no, pero ¿aquí no influyen los modelos de autosuficiencia e independencia marcadamente americanos?. Y si estas personas fueran además adictos al trabajo, anteponiendo su éxito personal a sus relacione afectivas en modo extremo, ¿ahí no habría que intervenir? ¿O es sólo necesaria la intervención cuando existe un “exceso” de manifestación emocional? Por supuesto que una dependencia emocional tiene consecuencias negativas, pero, en mi opinión, tantas como el desapego emocional.

Cuando se habla de amor, se tiende a asimilar a dependencia. Cuando digo que el tener un vínculo afectivo con alguien es una cuestión innata, no estoy haciendo referencia a tener un amor idealizado, que sea innato no implica una necesidad patológica que lleve a la persona a buscar desesperadamente y a costa de su propia valía el hombre o la mujer que le llene de felicidad. Lo que se consigue con un vínculo es que la persona desarrolle un sentimiento de seguridad afectiva básico cuya consecuencia no sea una búsqueda incesante del compañero, más bien al contrario, una seguridad que le permita sentirse bien a pesar de estar a miles de kilómetros de la figura de apego. Eso es un vínculo de calidad.

En su defensa de la individualidad, Burns continúa: “Si eres más independiente, no estás obligado a estar sólo- simplemente tienes la capacidad de sentirte feliz cuando estás sólo Cuanto más independiente eres, más seguro estarás en tus sentimientos” (Burns, 1980; p.268). No niego que ser autónomo sea más sano que ser una persona dependiente, pero ¿por qué enfatizar la autosuficiencia afectiva? Volvemos a asociar apego a dependencia. Y, ¿qué ocurre con las parejas de estos autosuficientes emocionales? ¿No corremos el peligro de tratarlas como dependientes cuando quizás sus demandas estén basadas en los problemas de interacción derivados?. Los estudios que han relacionado apego y calidad de la relación de pareja señalan que tanto los grupos ambivalente como los alejados presentan mayor número de rupturas en sus relaciones y una menor satisfacción en las mismas (Kirkpatrick y Hazan (1994); Jones y Cunningham (1996))

 

 

Ni dependencia ni autosuficiencia, opino que la solución ideal es mantener un equilibrio entre las necesidades de autonomía y necesidades afectivas. Sin menospreciar unas ni otras, puesto que como señala Bowlby “Tildar de regresiva la conducta afectiva de los adultos equivale a soslayar el papel vital que desempeña aquélla en la vida del hombre desde la cuna hasta la sepultura” (Bowlby, 1979, p. 129).

Antes de finalizar, me gustaría aclarar que si me he centrado en la pareja no es porque no considere las relaciones de amistad o las familiares menos importantes, sino porque conforme la persona crece, sus necesidades afectivas cambian y lo que en un principio significó la familia, o en etapas como la adolescencia, las amistades, en la etapa adulta creo que es la pareja la que ocupa un lugar principal. Es cierto que hay amistades que son un verdadero apoyo, pero prácticamente ninguna llega a alcanzar los niveles de intimidad e implicación emocional que se obtienen en una relación de pareja adaptada.

A modo de resumen y para terminar, mi crítica está referida al énfasis que los teóricos otorgan a las personas dependientes mientras olvidan por completo a aquellos sujetos que minimizan sus necesidades afectivas debido a una incapacidad para abrirse y disfrutar de la afectividad. Estoy convencida de que estas personas poseen una sería de actitudes disfuncionales que sería necesario descubrir, más aún teniendo en cuenta que hoy en día, los valores sociales les ayudan no a resolver sus problemas sino a endurecer aún más su coraza de independencia y su represión emocional. Espero que las personas dedicadas a la clínica sepan ver estas dificultades y a tenerlas en consideración.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Bartholomew, K. (1994). Assessment of individual differences in adult attachment. Psychological inquiry, 5, 23-27

Bowlby, J. (1969): Attachment and loss, Vol. 1: Attachment.New York: Basic Books. (Trad. cast.: El vínculo afectivo. Trad. por I. Pardal. Paidós. Barcelona, 1993).

Bowlby, J. (1973): Attachment and loss, Vol. 2: Separation. New York: Basic Books. (Trad. cast.: La separación afectiva. Trad. por I. Pardal. Paidós. Barcelona, 1993).

Bowlby, J. (1980):Attachment and loss. Vol 3, Loss, sadness and depression. New York: Basic Books. (Trad. cast.: La pérdida afectiva. Trad. por A. Báez. Paidós. Barcelona, 1993).

Bowlby, J. (1979): The making and breaking of affectional bonds.Londres:Tavistock Publications. (Trad. cast.: Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Trad. por A. Guerra. Morata. Madrid, 1986).

Burns, D. Feeling Good. The new mood therapy. New York, New American Library, 1980.

Ellis, A. (1989). Reational-emotive couples therapy. Pergamon.

Ellis, A. (2000). Problemas de amor y sexo en las mujeres. En Ellis, A. Y Grieger, R. Manual de terapia racional emotiva. Desclée.

Harlow, H.F. y Zimmermann, R.R. (1959). Affectional responses in the infant monkey. Science, 130, 427-432.

Lorenz, K.Z. (1935). Der kumpan in der unwelt des vegels. Journal fur ornithologie, 83, 137-413.

Kirkpatrick, L y Hazan, C. (1994). Attachment styles and close relationships: A four year prospective study. Personal relationships, 1, 123-142.

Jones, J. Y Cunningham, J (1996). Attachment styles and other predictors of relationship satisfaction in dating couples.

Reme Melero Cavero
Promoción 11ª

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Más información...

ACEPTAR
Aviso de cookies