“Deseo que, por un día, papá no pueda mentir”. Esta frase pertenece a la película “Mentiroso Compulsivo”. Con ella pretendo extraer un elemento de nuestra vida cotidiana que queda reflejada en el cine, como tantas otras cosas. La mentira forma parte de nuestro día a día. Ésta, generalmente está mal vista pero no todas sus expresiones son iguales, ni los mentirosos, ni las razones para mentir, etc. Hablaremos de ello e intentaremos entenderlo en las próximas líneas.
La palabra “mentira o falsedad” procede del término griego “pseudos” y equivale a aquella manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa. Como vemos, supone un significado muy amplio para intentar describir algo que en cada caso es muy concreto. Por tanto, para especificar el término podríamos distinguir entre un tipo u otro de mentiras, englobándolas en cuatro grandes tipos:
– Mentiras esporádicas: Suponen el tipo más común y la idea general que tenemos de mentir. Son las que utilizamos la mayoría de nosotros en nuestro día a día. Dentro de esta categoría estarían las verdades a medias, las ocultaciones de información, las mentiras “piadosas” para no herir los sentimientos de alguien, etc. Éstas no constituyen en sí un problema.

– Mentiras evolutivas: Son propias de los niños al empezar a crear su capacidad imaginativa, los cuáles mienten como parte de éste proceso de construcción mental. Este tipo tampoco constituye un problema, siempre que aprendamos a diferenciar la fantasía de la realidad.

– Mentiras egoístas: En éstas, la persona miente deliberadamente para conseguir un beneficio secundario, ya sea económico o de cualquier otro tipo. Se miente para obtener ganancias, sin importar por encima de quién o de qué tenga que pasar. Quienes las usan suelen carecer de código moral o remordimientos al hacerlo, sólo experimentan vergüenza si son descubiertos.

– Mentiras repetitivas: Aquí encuadraríamos el trastorno llamado mitomanía, mentiras compulsivas, mentiras patológicas etc. En ellas, las personas mienten por el simple placer de hacerlo, ya que se sienten bien llevándolo a cabo, no se ven a sí mismas como mentirosas, ni creen que tengan ningún problema. Cabe destacar que este tipo de mentiras no son incompatibles con las egoístas o las esporádicas, por ejemplo. Son  las que más nos interesan por constituir un verdadero problema que puede agravarse y desembocar en algún trastorno ya sea del control de impulsos,  o de compulsión; aunque aún no hay acuerdo sobre su clasificación.
La mentira compulsiva no es un motivo de consulta en sí mismo, pero sí subyace como un problema en aproximadamente, un 35% de los pacientes tratados en muchos centros de psicología.
En determinados trastornos, la mentira es un elemento de gran importancia, Por ejemplo, en los pacientes con consumo de sustancias, dónde hay datos que apuntan que un 92% éstos pacientes mienten . Esta relación se observa en trastornos como en el alcoholismo o el juego patológico, dónde la persona miente deliberadamente para conseguir dinero y utilizarlo en las máquinas tragaperras, en el bingo, en apuestas, etc. Al principio la mentira obedecería a un acto más voluntario, creyendo el sujeto que puede controlar su hábito, pero ésta se vuelve más automatizada y es cada vez más difícil salir de ella.

El origen de un mentiroso puede estar originado en la infancia, dónde ya habíamos dicho que es más común mentir por la formación de la capacidad imaginativa y obteniendo el niño placer por ello. Pero si no se gestionan bien las mentiras esto puede acabar suponiendo un problema grave. Por ello, es importante no reñirle ni castigarle porque haya mentido, sino que es mejor explicarle y enseñarle a diferenciar entre fantasía y realidad. Además de este período evolutivo, es de vital importancia el entorno del niño, ya que si éste observa a modelos cercanos que utilizan la mentira como forma de eludir responsabilidades, o retrasar problemas, éste aprenderá que es un medio útil para alcanzar ciertas cosas y tenderá a utilizarlo. ¡Incluso los mismos adultos en ocasiones hacemos participar a los niños en nuestras propias mentiras! Y si a esto le sumamos las veces que nos enfadamos con ellos por decir la verdad, sobre todo en cuestiones asertivas (ej. “No quiero besar a ésa señora porque huele mal”), estamos enseñándole a ser “un pequeño mentiroso”.

En cuanto a la personalidad del mentiroso, los expertos coinciden en que éste suele tener una autoestima baja y ejerciendo la mentira se crea una imagen de sí mismo en la que sale mejor parado que en la realidad. La persona no se acepta completamente y por eso inventa cosas que no son reales, y/o evita mostrar otras que no le gustan de sí mismo. Quiere impresionar. Necesitan engrandecerse a través de sus expresiones para buscar el asombro, control o aceptación de las personas que les rodean.

A nivel teórico-explicativo, la mentira guarda la misma relación que en otros trastornos emocionales que tratamos en nuestro día a día en consulta, como pueda ser, la evitación en los trastornos de ansiedad. La mentira es utilizada para evitar o retrasar algo desagradable, por tanto cumple función de refuerzo negativo. También sirve para obtener algo agradable, como potenciar la creatividad o inducir un cambio en otra persona y sentirse poderoso por ello, por tanto, cumpliría también la función de refuerzo positivo.

En la mentira también se obtiene cierto placer. El sujeto se siente de alguna forma más listo que los demás. Además, el hecho de correr cierto riesgo favorece la elevación de la adrenalina. Si aprendemos a eludir responsabilidades y conseguir lo que queremos mediante la mentira, repitiéndolo durante mucho tiempo, ésta termina convirtiéndose en un hábito y cada vez cuesta más salir de ése círculo: el hecho mentir suele asociarse a seguir mintiendo y unirla con otras nuevas para que la historia tenga sentido, comenzando así un efecto de “bola de nieve”, ya que se han de cubrir sus mentiras previas con las nuevas.

Para concluir, es imposible saber realmente cuándo alguien miente. A nivel neurobiológico hay estudios que apuntan a que en el lóbulo frontal de los mentirosos hay más sustancia blanca que materia gris, pero los datos aún no están muy claros. Para intentar saberlo se han utilizado diversos aparatos, siendo el más conocido el polígrafo, que incluso se le ha llegado a llamar detector de mentiras. Éste ha sido incluso utilizado en el mundo televisivo para cierto tipo de espectáculo, pero no nos indica las mentiras, sino las reacciones fisiológicas del cuerpo. Pero como todos los aparatos, ¿hasta qué punto tienen la fiabilidad y la validez necesaria para inferir que cierta reacción correlaciona con el hecho de estar diciendo una mentira? Lo único que nos queda es estar atentos a ciertas pautas comportamentales como el nerviosismo, el hecho de tartamudear, el no mirar a los ojos, la utilización de respuestas demasiado detalladas, si se está a la defensiva, etc. Pero aún sigue siendo todo un campo a estudiar del que faltan muchos estudios concluyentes.

 
Bibliografía utilizada:

Ferrari, L. (2011). Cómo descubrir la mentira y al mentiroso. www.tusbuenoslibros.com

[VVAA] (2010). La mentira y el autoengaño en la sociedad actual. Madrid: Departamento de publicaciones Fundación Instituto Spiral.
Bibliografía recomendada:

Ekman, P. (2009). Cómo detectar mentiras: una guía para utilizar en el trabajo, la política y la pareja. Paidós Ibérica.

Martínez Selva, J. M. (2005). La psicología de la mentira. Paidós.

 

Maria Moreno Monzó
Curso 2010-2012
23ª Edición

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