Elegimos. Elegimos desde bien pequeños, elegimos las cosas más banales, parece incluso que estamos “obligados” a elegir: “¿Cuál es tu color favorito?”, ¿Quién es tu mejor amigo/a?, ¿Qué quieres ser de mayor?, ¿Cuál prefieres este o el de más allá?”…

 

A parte de ayudarnos a tomar conciencia de lo que queremos e ir desarrollando gustos y preferencias,  esta práctica seguramente de forma inconsciente lleva consigo un entrenamiento implícito: La toma de decisiones. Uno de los procesos más difíciles y que más quebraderos de cabeza provoca en las personas adultas.

 

Pasamos la vida eligiendo, elegimos incluso cuando decidimos no hacerlo. Pero en ocasiones nos encontramos ante situaciones en las que tenemos que tomar una decisión de crucial importancia en nuestra vida y surgen bloqueos, dudas, miedos, nos encontramos frente a un PROBLEMA.

 

Pero… ¿Qué entendemos por problema?

Según D´Zurilla y Nezu (2007): “por problema o situación problemática, se entiende cualquier situación de la vida, actividad, o tarea, presente o anticipada por el individuo, que demanda una respuesta para su funcionamiento adaptativo pero no dispone en este momento de ninguna respuesta efectiva…La ambigüedad, la incertidumbre, las demandas conflictivas, la carencia de recursos o la novedad son elementos que pueden estar en la base del problema”

Es decir el individuo carece de recursos y herramientas, no sabe aplicarlos o ninguna solución le satisface.

 

 

 

 

 

Emociones: Cómo intervienen en la Solución de Problemas

Orientación hacia el problema: La visión y la actitud de la persona frente al problema influyen enormemente… Así pues no es la trascendencia o el tipo de decisión,  sino cómo lo percibe el sujeto en función de sus aptitudes. Aspectos como tolerancia a la frustración, incertidumbre o atribución del origen del problema pueden desencadenar emociones positivas o negativas:

Emociones positivas: percibe el problema como normal o natural y tiene buenas expectativas (cree que es resoluble).

Emociones como la alegría o la euforia ayudan en la motivación y facilitan la resolución del problema, pero también pueden precipitar la decisión convirtiéndose en un arma de doble filo!

 

  • Puede sobrevalorar algunos puntos excesivamente. Por ejemplo: en un nuevo enamoramiento. Una mujer casada y con hijos se ha enamorado de su compañero de trabajo. Se plantea si divorciarse y empezar una nueva relación o seguir con su marido al que también sigue queriendo. En un caso como este hay que considerar el efecto de la “novedad” ya que es muy probable que le otorgue más valor. Intentar que los refuerzos positivos a corto o medio plazo no determinen las consecuencias a largo plazo.

 

  • Subestimar los riesgos. El entusiasmo puede llevar a que pasemos por alto aspectos negativos o algunos costes de la decisión. Por ejemplo: una oferta de trabajo que implica cambio de ciudad. Un joven acaba de terminar sus estudios y una gran empresa le ofrece una oportunidad de trabajo. Debe tener en cuenta la pérdida de reforzadores, como amigos, familia, cambio de estilo de vida (ruptura de cadenas conductuales),..

Emociones negativas: se percibe el problema como una amenaza. El miedo es una de las emociones más frecuentes y que más influyen. El miedo a decidir, a equivocarse, a no estar a la altura, a perder el control, a ser juzgados, a los riesgos, a las consecuencias,…

La persona de siente desbordada ante las demandas de la situación, ninguna solución le agrada, aumenta la negatividad, él estrés e impide pensar y valorar serenamente. En ocasiones si el nivel de malestar es muy elevado la persona puede llegar al colapso y paralizarse con las consecuencias que esto acarrea.

  • Por ejemplo: Cuando hay que tomar una decisión médica y elegir entre una operación arriesgada o enfrentarse a un tratamiento para una enfermedad grave. O cuando un trabajador recibe la orden de un superior de hacer algo que va en contra de sus principios. En este tipo de situaciones hay que tener en cuenta los objetivos y prioridades de la persona.

 

 

 

 

 

Problemas emocionales

          

Los trastornos como la depresión, ansiedad, enfado, abuso de sustancias, problemas interpersonales,…pueden desarrollarse por un mal afrontamiento de los problemas. Cuando una persona no sabe resolver un problema puede deprimirse. Y al revés, una persona deprimida no sabrá resolver bien los problemas.

 

Antes de tomar una decisión importante es crucial gestionar nuestra percepción y emociones ante el problema.      

Cuando las emociones interfieren excesivamente deberemos plantearnos la necesidad de intervenir con otras técnicas y herramientas como psicoeducación, terapia cognitiva, inoculación al estrés, relajación, etc. Antes de continuar con la resolución del problema.

         Creencias irracionales

Al igual que las emociones las creencias también influyen en este proceso, es frecuente encontrarnos con que la persona se vea inmersa en un bucle rumiativo: “Por qué a mí?”, “No es justo”, “No lo entiendo”, “Como voy a salir de esta”, “No tendría que haber hecho eso”, “estas cosas sólo me pasan a mi”, “Es horrible, no sé cómo he terminado así”,… Bucle del que deberemos sacar para continuar con el proceso resolutivo.

 

La importancia de tomar una decisión (Sujeto activo vs. Sujeto pasivo)

Los seres humanos tenemos la libertad de elegir por nosotros mismos, pero en ocasiones esa libertad genera un gran peso sobre la persona, sienten inseguridad, estrés, miedo a equivocarse, y los hay que prefieren delegar en otros o esconder la cabecita cual avestruz.

La paralización es un mecanismo de defensa innato que ayuda a que pasemos desapercibidos ante la amenaza de un depredador, pero cuando seguimos esta inercia en la vida real puede que lo que estemos haciendo es cavar nuestra propia tumba.

 

El papel activo es fundamental en la toma de decisiones, ya que en este caso es la persona la que tiene que identificar cuál es su problema y trabajar duro e implicarse para conseguir una solución.

En el modelo de D´Zurilla y Goldfried encontramos tres estilos resolutivos: el estilo racional (afronta el problema), estilo evitativo y estilo impulsivo.

Es de esperar que dependiendo de la historia de aprendizaje, creencias, modelos, se desarrollarán los diferentes estilos:

Hay personas con una indefensión aprendida desde pequeños, o con atribución extrínseca: “estaba escrito en el destino”, “es voluntad de Dios”, “ha sido mala suerte y ya está” que les “inmoviliza” frente a los conflictos y se conforman con esa resignación cristiana heredada de la generación de nuestros abuelos, sin plantearse qué pueden hacer ellos por cambiar la situación o al menos mejorarla.

Lo que ocurre en estos y muchos otros casos es que con el Estilo Evitativo, por no enfrentarse al problema en el momento adecuado o lo antes posible, se agrava la situación, se van perdiendo opciones y se termina respondiendo de forma impulsiva o desesperada ante la presión de la situación, es decir, actúan cuando tienen “el agua al cuello”, consiguiendo peores resultados y consecuencias.

 

 

La importancia de saber decidir (Beneficios más allá de la solución)

 

Cuando hemos tomado una decisión nos sentimos más tranquilos y satisfechos y al mismo tiempo obtenemos unas ganancias extra. Sea cual sea el resultado realizamos un aprendizaje a muchos niveles que nos servirá en el futuro:

 

– En primer lugar ganamos autoeficacia, hemos sido capaces de resolver un problema y eso requiere poner en práctica varias habilidades como trabajar, recabar información, ser valiente y asertivo, ganando independencia y mejorando la imagen de uno mismo y por tanto nuestra autoestima.

 

– Nos entrenamos en el pensamiento lógico, crítico y analítico.

 

– Aumentamos nuestro sentido de la responsabilidad y capacidad de aceptación y afrontamiento de las consecuencias.

 

– Crecemos ante la adversidad: nos hacemos más resilientes. Aprendemos a obtener aprendizaje en las crisis y momentos difíciles.

 

 

 

Lo que está claro que al final como psicólogos, como pareja, como padres, como personas, llegamos a un punto en la vida el que inevitablemente tenemos que tomar una decisión difícil, puede parecer que ninguna opción es buena, quizá ninguna la sea, pero hay que elegir la más conveniente antes de que la vida elija por nosotros.

 

Referencias bibliográficas:

 

Labrador Encinas, F.J. (2008). Técnicas de modificación de conducta. Editorial Pirámide.

 

– Nardone, G. (2016). El miedo a decidir. Editorial Paidós.

 

– Sevillá, J. y Pastor, C. Resolución de problemas. Apuntes del Máster en Psicología Clínica.

 

http://www.cop.es/colegiados/m-00451/tomadeciones.htm

 

http://www.psicologia-online.com/autoayuda/asertividad/toma_de_decisiones.shtml

SARA PELLICER ANDUJAR

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