“No puedo más, llevo años sin dormir… y necesito que haga algo con él o me dará algo a mí”…

Comentarios de este tipo son los que transmiten los padres cuando llegan a la consulta del sueño. Son, generalmente, padres agotados y desesperados porque no duermen más de 4 horas seguidas a lo largo de una noche, como consecuencia de los problemas de sueño de sus hijos.

Dormir toda una noche es fruto del desarrollo psicomotor, gobernado por varios factores:

  • madurativos
  • constitucionales
  • genéticos.

 

Es algo que en parte se aprende y que es difícil de dominar y controlar, por lo que se puede convertir en una fatigosa labor durante la infancia.

Cuando hablamos de insomnio infantil, no podemos pensar en una causa única ya que depende del entorno, de las reglas educativas, del contexto psicoafectivo, del comportamiento de los padres, de los contrastes de horarios, de las imposiciones sociales, del propio organismo, del temperamento de niño, etc …

Habitualmente, las causas principales de insomnio en la infancia son:

 

  • malos hábitos y asociaciones:
          • alimentaciones nocturnas excesivas e innecesarias.
          • ausencia de un ritual de presueño claro.
          • miedos.
          • alteraciones del comportamiento.
  • alteraciones médicas y neurológicas.

 

Pero ¿qué es el insomnio?

 

Es un problema de sueño relacionado con el bienestar del niño o con el de la familia, donde existe una dificultad para iniciar o mantener el sueño a lo largo de toda la noche.

 

En los últimos tiempos uno de los problemas, en nuestra opinión, más importantes que observamos en la consulta diaria es la “obligación que los padres se crean para con los hijos”. Con ello nos referimos a cómo los padres tratamos de cubrir “inmediatamente” todas aquellas necesidades que tiene el niño desde que nace hasta… ¿qué se va de casa? ¿o incluso después?…

Desde que el niño nace, los padres se dedican a hacer por él todas aquellas cosas que creen que no es capaz de realizar, lo sobreprotege, en lugar de enseñarle cómo puede hacerlas y de permitirle que explore hasta que consiga realizarlas.

Esta tarea, al principio, cuando el bebe tiene pocos meses, es muy satisfactoria, pero poco a poco se convierte en una “obligación agobiante” para muchos padres: “no me deja ni un minuto sola, no se entretiene con nada, se lo he de hacer todo, si no le doy las cosas ¡ya! no para de llorar, ¡estoy harta! ¡si no fuera porque es mi hijo…!

 

Estos comentarios suelen hacerlos algunos padres que acuden a la consulta, desesperados y culpabilizados porque han perdido el control, y lo que se preguntan es… ¿qué habré hecho mal?

Realmente estos padres han hecho lo que han podido, creyendo que era lo más conveniente para sus hijos, y sin quererlo, como resultado han obtenido niños con muy baja tolerancia a la frustración que mandan continuamente; pequeños tiranos que no desarrollan un buen autocontrol.

No podemos olvidarnos de este contexto pues la noche es un continuo del día y no lo podemos separar; y en función de lo que ocurra durante el día, tendremos una noche más calmada o más movidita.

Para evitar problemas con el sueño, necesitamos un buen apego:

Pero ¿qué es eso del apego?: Durante los primeros años de vida y en función de los cuidados que recibe, el niño establece un vínculo afectivo con su madre o con la persona que lo cuida la mayor parte del tiempo. Esta es una tendencia del ser humano a estar vinculado y unido a otros y constituye el “apego” (el niño se “apega” afectivamente a la persona que le trasmite seguridad)

 

El apego es muy importante para el desarrollo de los patrones de sueño-vigilia, así como para la maduración integral del niño, su futura competencia social y su afectividad. Todo ello es, en buena parte, consecuencia del tipo de cuidado que recibe el pequeño en sus primeros años de vida.

El apego debe ser un elemento de seguridad: la persona a la que el niño se “apega” debe trasmitirle seguridad mediante una conducta educativa clara y definida que no implica sobreprotección.

El niño puede mantener varios vínculos de seguridad y autoconfianza (por ejemplo: la abuela y la madre) aunque la madre pase poco tiempo con el niño, lo importante es la seguridad en la relación y no únicamente la cantidad de tiempo.

No todas las relaciones le sirven al niño para desarrollar apego, solo aquellas que le dan sensación de seguridad y confianza y que le facilitan enganche social y familiar: Esta relación de apego-seguridad que establece durante los primeros 3 ó 4 años de vida van a determinar que su comportamiento sea adecuado o inadecuado.

Pero ¡ojo! El apego no es dependencia y va evolucionando a lo largo de los primeros años de la vida:

 

  • El apego está ausente al nacer y el niño es totalmente dependiente. De los 3 a los 7 primeros meses de vida, el niño inicia sus preferencias hacia una persona o un grupo de personas. Controla su sonrisa y nos provoca para que le hagamos caso.
  • A los 7 meses y hasta los 3 años, es el niño quién nos busca y se acerca activamente. Es aquí cuando ya debería estar establecido el apego.
  • De los 18 a los 24 meses, habitualmente y de forma transitoria, el niño que era independiente se vuelve “pegajoso”.
  • Entre los 20 y los 26 meses, la separación puede ser realmente difícil porque para el niño “si no te ve, cree que no existes”. En esta fase pueden empezar o agudizarse los problemas con el sueño.
  • A los 3 ó 4 años ya “aunque no te vea, sabe que existes”, por tanto sabe que su cuidador preferido aparecerá luego aunque no lo vea en este momento.

Así, según John Bowbly, la dependencia como estado de indefensión es máxima al nacer y mengua hasta la madurez.

 

Si pero… “es que mi niño es muy difícil”…

 

No todas las relaciones de apego se establecen de la misma manera porque no todos los niños son iguales, (cada uno tiene un temperamento distinto) ni sus padres y/o cuidadores se relacionan con ellos de la misma forma. Según la forma de ser de unos y otros, el apego se desarrollará de distintas maneras y dará lugar a tres tipos de niños distintos:

 

1.- El niño seguro:

Son niños que saben lo que su cuidador va ha hacer porque éste siempre responde de manera semejante ante situaciones semejantes. No se estresan por la separación y reciben con alegría y sonrisa a la persona a la que se sienten apegados.

Son niños con autoconfianza y buena autoestima porque cuando realizan una acción, sus padres o cuidadores responden siempre de la misma manera. La respuesta de los padres es inmediata a la del niño, manteniendo un contacto físico breve y frecuente con él y cooperando mutuamente.

Estos niños constituyen el 66% de la población infantil; no suelen tener problemas con el sueño y en caso de tenerlos, se solucionan con facilidad.

 

2.- El niño inseguro:

Son niños evitadores que no se enfadan ni lloran cuando se va su cuidador, pero ¡cuándo vuelve! no le hace caso, es como si lo castigase por haberlo “abandonado”.

Estos niños suelen recibir pocas caricias y besos. Cuando demandan algo reciben respuestas frías o escasas.

Los padres o cuidadores suelen ser intrusivos, controladores y activos, e imparten una educación rígida que coarta la autonomía del niño. Ante tanto control, el niño prefiere que le dejen en paz y reduce sus necesidades de apego.

Estos niños constituyen el 20% de la población infantil y cuando tiene problemas de insomnio por malos hábitos suele ser complicado de tratar debido a que no tienen autonomía por esta educación rígida.

 

3.- El niño resistente:

Son niños inseguros y resistentes. Se les reconoce porque es prácticamente imposible separarlos del cuidador, y cuando se consigue, no se sabe quién llora más, si el niño o el cuidador.

Estos niños no suelen separarse de la madre, cuando lo hacen se estresan mucho y cuando se reencuentran con ella, el “soponcio” les dura mucho.

Cuando piden algo e incluso antes, la respuesta de los padres es excesivamente rápida, desproporcionada e incluso asfixiante. ¡Cómo van a estar toda la noche solos en su cuarto, si por el día no lo están ni un momento!

Estos niños constituyen el 14% de la población infantil. No exploran el ambiente solos y tienen problemas con el sueño de tratamiento complicado, que en muchas ocasiones requiere la intervención de un experto.

 

Una vez explicados los tipos de niños, es fácil adivinar que será más difícil enseñar hábitos de sueño a un niño activo, demandante y tozudo, de ritmos irregulares, que apenas responde a los estímulos y se adapta mal a los cambios, que a un niño de características contrarias.

En los niños “difíciles” el apego que se establezca es de mucha importancia, ya que cuantas más características difíciles tenga el niño, más firme y seguro deberá ser el apego y más claros y precisos tendrán que ser los límites educativos.

 

Recuerda que para establecer un buen apego, un padre debe:

 

  • percibir con precisión las señales del niño
  • responder a ellas correcta y rápidamente
  • no pasarlas por alto
  • responder de la misma manera a las misma conductas del niño, aunque estemos cansados o distraídos
  • mantener contacto físico frecuente con el niño, sin agobiarlo
  • dejar decidir al niño, en lo que pueda, para que desarrolle su autonomía, sin ser excesivamente controladores.

 

Es decir, el profesional entrenará a los padres en modificación de conducta.

Todo esto está muy bien, pero a veces “los padres nos sentimos inseguros, poco informados”… y no sabemos qué hacer con nuestros hijos (esto es lo que comentan frecuentemente):

Desde el primer día que entramos en la consulta del pediatra siempre nos preguntábamos cuándo nos iba a dar el libro de “instrucciones” de nuestra hija, y cuándo se lo pedíamos, la mayoría de las veces se reía y no contestaba; pero para nuestra sorpresa y agrado, un día decidió en cada revisión darnos los consejos apropiados por escrito, según el momento evolutivo de la niña”.

Esto parece una tontería, pero no lo es; solo con esas líneas (que normalmente te cuentan lo que ya sabes) los padres se tranquilizan y están más seguros con respecto a lo que hacen o tienen que hacer”; esta es también nuestra misión.

Con el tema del sueño es mucho peor. Todos dan su opinión si el niño no duerme adecuadamente.

La madre dice…”serán los gases”… lo que tienes que hacer es…

La suegra dice…” serán los dientes”… lo que tienes que hacer es…

Tus amigos dicen… “te estás agobiando”… lo que tienes que hacer es…

El vecino dice…”no ha dormido nada el niño esta noche ¿eh?”… por qué no le…

Todos han dado su opinión, pero los padres no están seguros, no tienen una información fiable de lo quehan de hacer con su hijo para conseguir que duerma sin problemas, y suplican que se le pase pronto porque están agotados y angustiados… “¿qué tendrá este niño? ¿seremos nosotros…? ¿lo estamos haciendo bien…?”.Y todo esto genera mucha inseguridad, apareciendo una y otra vez en su mente la pregunta del millón “¿Qué actitud debemos mantener frente al sueño de nuestro hijo?”

Es importante saber que una de las condiciones que más favorece el buen dormir de un niño, y también el de sus padres, es la sensación de seguridad que se es capaz de trasmitir al niño, pero sobre todo la que es capaz de percibir él en el rostro de los padres, en su tono de voz, en su actitud (en general, en su conducta no verbal) …

 

  • el niño debe saber que pase lo que pase va a obtener la misma respuesta adecuada por parte del padre o cuidador
  • los padres deben estar convencidos que lo que están haciendo es lo adecuado para el beneficio de su hijo.

 

Además de una actitud de seguridad hemos de rechazar cualquier situación que permita relacionar el sueño con un castigo. Son muchas las ocasiones en las que oímos “a que te vas a la cama sin cenar”.

 

Debemos evitar que se envíe a los niños a la cama por algo malo que ha hecho, para que no asocie cama con:

  • rechazoEn lugar de:
  • castigo-Descanso
  • soledad-Placer

 

El sueño igual que el comer, no debería ser un objeto de castigo, sino una situación placentera que los padres, permiten y favorecen a los hijos desde su nacimiento.

 

¡Tan poco es para tanto! ¿QUÉ CONSECUENCIAS PUEDE TENER?

 

Es tremendo, pero durante el primer año de vida de un bebé, se calcula que los padres pierden entre 400 y 700 horas de sueño.

No es infrecuente observar a uno de estos padres falto de sueño, que precise una alarma de despertador cada vez más potente, que si algún día su hijo no le despierta se quede dormido mucho más tiempo, que cada vez tome más café, té o colas, que necesite cada vez más las siestas y éstas sean más largas, que si conduce más de una hora se encuentre somnoliento y agotado, que se duerma viendo la televisión, que le digan que le encuentran más irritable…

Esto son algunas consecuencias de la falta de sueño debido a que ésta afecta la actividad cerebral, alterándose la memoria, el lenguaje y los procesos de solución de problemas.

Esta falta de sueño se acumula, y en ocasiones puede suponer alteraciones en el estado de ánimo y decaimiento de la eficacia del sistema inmunitario (en niños que pierden más de 3 ó 4 horas de sueño al día de manera continuada).

Al igual que los adultos, los niños con falta de sueño también sufren unas consecuencias. Se ven afectadas:

 

  • la función cognitiva
  • la función motora
  • el estado de ánimo

 

El humor es el más perjudicado. Normalmente ante la falta de sueño aumenta la irritabilidad y la impulsividad, lo que hace que los padres llamen la atención continuamente al niño por su mal comportamiento, perdiendo así su autonomía y mostrándose más oposicionista y con menos tolerancia a la frustración, lo que provoca una situación límite que altera el entorno familiar.

Además disminuye la atención y el autocontrol, necesitando más esfuerzo y motivación para realizar las tareas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Falta de sueño

 

 

 

Aumento de irritabilidad e impulsividad

Disminución de la atención y el autocontrol

Afectación inicial del estado de ánimo

Propensión a las infecciones

Afectación probable de la hormona de crecimiento

 

 

 

Más atención negativa por parte de los padres

 

 

 

Oposición, menos motivación y más apatía.

 

 

Las leyes del sueño nos enseñan que:

 

  • Es muy importante evitar la fragmentación del sueño
  • Tanto la duración como la continuidad del sueño influyen en su valor de recuperación
  • La falta de sueño afecta al estado de ánimo y a la capacidad de concentración
  • Un buen dormir mejora las defensas de nuestro organismo.

 

Si, si, pero si mi niño no duerme… ¿QUÉ HAGO?

 

Esta es la pregunta del millón y lo que los padres esperan que les contemos.

Hay que tener en cuenta que para un niño el hecho de dormir puede implicar “separación”, y esto normalmente no le gusta nada. Por el contrario, los padres esperan con ansia esa “separación” que es su tiempo de relajación y descanso.

Según sea esa separación, el niño reaccionará de una manera u otra.

 

Una buena separación implica un acto predecible y rutinario, aportando satisfacción y seguridad tanto a los padres como al niño.

Una mala separación hace que el niño responda ansiosamente, que los padres se sientan presionados emocionalmente y que ambos puedan tener miedo o reparo ante nuevas separaciones.

 

Por tanto se deben establecer distanciamientos graduales durante el día, permitiendo que el niño esté a ratos en otras estancias, entreteniéndose él solo.

 

Hay que establecer límites flexibles. Es muy complicado para un niño sin límites educativos claros, ni rutinas en el aprendizaje de hábitos, establecer una conducta autónoma con respecto al sueño y la alimentación.

 

Pero no hay que ser esclavo de los límites y horarios, “un día es un día”, lo importante es recuperar la rutina lo antes posible, teniendo en cuenta que probablemente ese día el niño esté algo más irritable.

 

Recordemos:

  • establecer una buena separación
  • mantener límites flexibles

 

Para que un niño duerma bien, es conveniente establecer un ritual de presueño; es decir, se han de realizar siempre las mismas acciones (el baño, la cena, el cuento, la película, la canción…..), con la misma actitud (tono de voz tranquilo, transmitiendo seguridad…), en la misma habitación y en un horario parecido, para que el niño se tranquilice, relaje y esté dispuesto para recibir al sueño.

Pero ¡ojo! Recordáis que al principio del capítulo os hablaba de la “obligación que se imponen los padres para con los hijos”, pues aquí es justo donde hay que insistir para que no caigan en la “trampa”. La obligación como padres no es la de dormir al niño, sino facilitarle que sea él quién concilie el sueño y aprenda a dormirse solo.

 

¿Os habéis fijado en el comportamiento de alguien que está parado con las manos sobre el cochecito de un bebé? ¿o en el de alguien que esté de pie, parado, con un bebé en los brazos?

¡Sorprendentemente todos se balancean, incluso si el bebé está callado o dormido!

Estas personas han sido presas de la “obligación de tener que dormir o callar al niño”, y con este comportamiento se corre el riesgo de interferir en el desarrollo natural del niño y de acostumbrarlo a reclamar el balanceo cada vez que quiera que lo cojamos o que tenga que iniciar el sueño. Es un hábito que en principio el niño no necesita y que el adulto introduce, quitándole la oportunidad de aprender a dormirse solo.

Además del ritual de presueño, nos puede ayudar, en ocasiones, el usar un elemento transicional. Este puede ser cualquier objeto que el niño adopte como compañero nocturno y que le transmita seguridad. Su objetivo es el de calmar al niño cuándo lo necesita, especialmente en la transición al sueño, bien al inicio de la noche, bien en alguno de los despertares habituales que los niños de corta edad tienen a mitad de la noche.

Es mejor que el elemento transicional no requiera la presencia del adulto de forma continuada en la habitación. Así no sería un buen objeto transicional ni la mano de los padres, ni el pelo de cualquiera de ellos.

 

RESUMIENDO: PARA QUE UN NIÑO NO TENGA PROBLEMAS DE SUEÑO:

 

Lo que no se debe hacer para dormirlo:

 

  • Cantarle.
  • Mecerlo en su cuna.
  • Mecerlo en brazos.
  • Darle la mano.
  • Pasearlo en cochecito.
  • Darle una vuelta en el coche.
  • Tocarlo o dejar que nos toque el cabello.
  • Darle palmaditas o acariciarlo.
  • Darle un biberón o amamantarlo.
  • Ponerlo en nuestra cama.
  • Dejarle jugar y saltar hasta que caiga rendido.
  • Darle agua o leche o zumo.

 

 

Lo que se debe hacer:

 

  • Es fundamental establecer un buen apego.
  • Lo importante es transmitir seguridad. Los padres deben mostrarse tranquilos y seguros de lo que hacen y siempre hacer lo mismo.
  • El niño debe aprender a entretenerse solo y a estar algunos ratos, durante el día, sin la presencia de los padres o cuidadores.
  • Los límites educativos deben ser claros y flexibles; recuperando las rutinas lo antes posible.
  • Cada niño tiene un ritmo. Unos adquieren rápidamente hábitos saludables de dormir y otros necesitan más persistencia por parte del adulto que le enseña dichos hábitos.
  • No debemos esperar que un niño de temperamento difícil se duerma con facilidad; va a necesitar límites de horarios y comportamientos más claros.
  • Todos los adultos que participen en la enseñanza de los hábitos de dormir deben actuar de la misma forma.
  • Hay que establecer un ritual de presueño. El niño ha de asociar el sueño con una serie de elementos externos que permanezcan a su lado durante toda la noche. Todos los rituales deben terminar antes de que el niño sea colocado en la cuna para dormir.
  • Se le puede ayudar con un compañero nocturno (elemento transicional) que también permanezca con él toda la noche.
  • El niño debe acostarse despierto en su cuna o cama para que sea él quién concilie el sueño.
  • Los padres deben salir de la habitación antes de que el niño se duerma.
  • Los padres no tienen la obligación de dormir a su hijo.
  • No es el niño el que le dice a los padres cómo o qué necesita para dormirse. Son los padres los que tienen que enseñar el hábito de dormir a su hijo.
  • Si el niño reclama la atención de los padres mediante el llanto, los gritos, vómitos…, éstos deben entrar para darle confianza, sin hacer nada para que se duerma o calle, estando pequeños intervalos de tiempo, hasta que el niño concilie el sueño solo.

 

La diferencia entre un niño que duerme bien y uno que duerme mal está en la habilidad que tiene el primero para autocalmarse, estar solo, seguro y poder así conciliar el sueño.

Descartemos entre los padres la idea de que les ha tocado un niño difícil o que duerme mal. El buen o mal dormir se puede enseñar y corregir cuando sea necesario.

Magdalena Cubel, máster promoción 12 y Dra. Rosario Genis.

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