Tantas noticias sobre agresiones y violencias, tantas quejas de personas solitarias, tantos miedos, venganzas y odios me hacen reflexionar sobre la naturaleza bondadosa del ser humano y si es verdad que el altruismo existe o no.

A lo largo de su historia, el hombre ha evolucionado y ha desarrollado técnicas que le han permitido situarse en lo más alto de la escala evolutiva de este planeta. Ha destacado, y con diferencia, sobre los demás seres vivos. Tales niveles de progreso han sido alcanzados gracias a la vida en sociedad.

Un grupo siempre será más productivo que la suma de la productividad aislada de las partes. Esto es así porque, gracias el grupo, mientras unos vigilan y defienden al colectivo, otros pueden descansar y comer tranquilos, cuidar a las crías e incluso dedicarse a otras tareas lúdicas o no relacionadas con la mera supervivencia. Es gracias al grupo que existe el tiempo libre y la energía sobrante para dedicarla a otros menesteres diferentes de la ansiedad por sobrevivir.

Gracias a la vida en sociedad, no sólo se encontraban aún más protegidos los individuos, sino que más de ellos podían disfrutar de más momentos sin tener que pensar en defenderse, atacar y comer. Una vez satisfechas las necesidades básicas, había vía libre para la expresión creativa.

Fue entonces cuando el hombre pudo comenzar a desear alcanzar nuevas metas y desarrollar en el intento sus procesos creativos. Inventó objetos para mejorar su forma de vida. Estos nuevos productos permitieron al hombre expandirse y colonizar tierras nuevas que anteriormente resultaban demasiado austeras o crudas para soportar su, en realidad, frágil vida.

La clave de todo este progreso está, pues, en la cohesión del grupo y, en su extensión, la sociedad. Para esto el ser humano desarrolló el instinto de la angustia de separación que garantiza el cuidado y la atención de los más pequeños y que impide que una madre abandone su cría. Generalizó dicho instinto, probablemente, a través de la dependencia (de los adultos del grupo) de individuos jóvenes, que ya no necesitaban buscarse la vida a tan temprana edad y, en cambio, podían seguir jugando y descubriendo el mundo con mayor tranquilidad. Esto contribuiría a un incremento de la plasticidad del cerebro, permitiendo en último lugar los grandes avances tecnológicos que nos distinguen.

Al desarrollar dicho instinto, la capacidad de poder sentir lo que siente otro individuo del grupo se convirtió en una rasgo adaptativo. La empatía, es por tanto, el rasgo que permite nuestra vida en sociedad. Entendiendo la sociedad como un agrupamiento de individuos de una misma especie que facilita un desarrollo y una adaptación muy superiores a la posible por individuos aislados o grupos reducidos que ocuparían un exceso de su tiempo vital en programas de supervivencia básica.

Con esta definición quiero recalcar el hecho de que si los individuos que pertenecen a un colectivo, enmarcado en un contexto supuestamente social, sienten elevados niveles de ansiedad, teniendo activados, por ende, sus sistemas defensivos, y viven a diario con sus instintos de territorialidad exacerbados, habría que cuestionar la naturaleza social del grupo. El estrés y la competitividad laboral de hoy en día han hecho que los individuos conecten de forma casi permanente su programa básico de defensa y supervivencia en un contexto que en realidad permite una satisfacción plena y sobrada de las necesidades básicas. Esta activación del organismo es consecuencia de una forma de vivir individualista, contraria a la de la sociedad, como la he definido anteriormente. A su vez, tiene en su causa la desconexión con los sentimientos de los demás individuos. Es decir, la desaparición de la empatía. Así, a modo de círculo vicioso, aunque pensemos lo contrario, nos estamos alienando de lo que es vivir en sociedad.

 

 

 

 

 

Volviendo a las funciones de la empatía, en un desarrollo posterior, el individuo que era capaz no sólo de ponerse en lugar del otro, sino de anticipar sus movimientos, tenía una mayor capacidad de adaptación. La anticipación de futuros acontecimientos y actuaciones de los demás individuos presentaba una clara ventaja no sólo al portador de semejante atributo, sino al colectivo al que pertenece, al anticipar y solventar posibles dificultades venideras.

La empatía es la clave de nuestra evolución y los sentimientos egocéntricos (son reflejo de la activación del programa de supervivencia) llevan a un estancamiento en nuestro desarrollo.

Pero, en términos estrictamente conductuales, ¿qué es la empatía? Siguiendo esta línea de razonamiento, podríamos definirla como un refuerzo positivo interno, cuando lo que sentimos es el bienestar del otro. Es decir, sentir la felicidad de los demás nos hace sentir felices, determinando nuestra conducta en ese sentido. De la misma forma, la desdicha ajena, obraría a modo de castigo, al causarnos dolor o malestar, por lo que dejaríamos de ejecutar aquellas conductas que produjeran tales efectos adversos.

De todo esto concluyo que en una sociedad la territorialidad está fuera de lugar, así como la agresividad y la necesidad de defenderse contra miembros del propio colectivo (que en definitiva siempre se reduce a defender la supervivencia propia). Si ocurren estas situaciones agresivas y defensivas, la sociedad deja de cumplir y facilitar su función. Si se vive en sociedad, permitiendo que la empatía sea uno de los reforzadores principales, el desarrollo se ve favorecido y la sociedad como colectivo avanza y se ve capacitada para entretenerse en y perfeccionar el proceso creativo.

En definitiva, el altruismo existe , aunque comprendo que en la actualidad resulte difícil ver debido a la dinámica agresiva-defensiva en la que estamos inmersos y que probablemente sea resultado de la dificultad de adaptación de una gran mayoría de individuos a los avances técnico impulsados por una sociedad que ha evolucionado demasiado rápidamente para su “metabolismo”. En otras palabras, se nos ha “indigestado” la evolución y consecuentemente estamos perdiendo aquello que nos ha permitido llegar hasta esos precisos niveles de progreso.

La solución, a estas alturas, no creo que radique en dar un paso atrás, involucionar un poco, para luego ponernos al día a un ritmo más pausado, aunque con una guerra mundial quizá sea lo que ocurra, sino más bien resida en concienciarnos de cómo tantos cambios nos están afectando, de cómo nuestros mecanismos de supervivencia están activados innecesariamente, de qué manera la empatía y, en definitiva, el altruismo están desapareciendo. Creo que recuperando la comunicación entre las personas tanto en su formas más esenciales (las caricias y sonrisas) como en la más habitual (la conversación superficial) y, por supuesto, en su forma más evolucionada (la comunicación de ideas propias y proyectos de futuro) recuperaríamos la empatía perdida que nos facilitaría, a su vez, una adaptación menos dificultosa a todos aquellos cambios vertiginosos de nuestro mundo actual.

El psicólogo, que además es claramente un ser con motivaciones altruistas (la empatía es la base de la que parte), tiene en su trabajo la clave del saneamiento de la sociedad. Tenemos un importante papel que jugar en la mejora del mundo en que vivimos.

Guiomar Ramírez-Montesinos Krogulska

Psicóloga. Col: PV-6915. Tel: 606 16 40 40. Jávea

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