En un determinado momento en la formación del futuro psicólogo clínico, éste se plantea comenzar a poner en práctica los conocimientos técnicos y destrezas adquiridosdurante el aprendizaje, con el fin de comprobar “in situ” su eficacia, de pasar de la teoría académica a la práctica profesional. Las razones que llevan a ello pueden ser de diverso tipo: madurez personal y formativa, posibilidades económicas, oportunidades prácticas… o simplemente el azar.Independientemente de cuáles sean los factores que han determinado que se embarque en esta aventura,el nuevo profesional aterriza en ella cargado con una serie de expectativas, creencias, ideales acerca de lo que va a consistir llevar a cabo un proceso terapéutico, de lo que será el poner de manifiesto las habilidades técnicas y personales adquiridas,e incluso de posibles problemas que podrían surgir.

 

Esta cosmovisión se va adquiriendo, en gran parte, a lo largo de la formación universitaria. Sin embargo, muchos psicólogos estarán de acuerdo en que el aprendizaje que se consigue enla carrera es, en su mayoría, teórico y conceptual; se adquierargot psicológico y orientaciones generales, de vital importancia, sin duda, pero apenas pinceladas básicas de orientaciones terapéuticas sin demasiada conexión entre sí, y siempre sesgadas en función del corte ideológico imperante en cada facultad.Y además nunca es suficiente (suficientementeprofunda, suficientemente amplia, suficientementepráctica, suficientemente útil). En este sentido,la personaque finaliza la carrera,y quiere dedicarse a la psicología clínica tiene en la cabeza una serie de conocimientos teóricos aislados, sin saber muy bien cómollevarlos a la práctica.

 

Las cuestiones que se desprenden son obvias: ¿hasta qué punto el proceso de aprendizaje académico transmite una idea acertada de lo que va a ser la práctica profesional? ¿En qué medida estas expectativas pueden ayudarle a preparase para afrontarla de una manera más eficaz?

 

Bajo mi punto de vista, rotundamente la formación universitaria no ayuda todo lo que cabría esperar al futuro profesional a formarse una visión real de lo que es un proceso terapéutico, y por lo tanto, éste no puede prepararse de una manera adecuada para hacer frente a los muchos imprevistos de la psicoterapia.Algunas cuestiones importantes para las que el futuro profesional se debería preparar, al margen de la formación teórica en evaluación y técnicas de intervención, etc…, y que se suelen pasar por alto en la formación académica serían las siguientes:

 

 

  1. Directrices generales acerca del comportamiento del terapeuta. En ocasiones es posible que se conozcan muy bien las diferentes técnicas pero falle a la hora de ponerlas en práctica por su falta de habilidad personal. Conocer de antemano el talante general que el terapeuta debe mostrar, puede aumentar su habilidad como tal, puesto que le permite centrarse en sus déficits y corregirlos a través de la práctica adecuada. Ser capaces de transmitir actitudes de empatía, confianza, seguridad, profesionalidad, motivación… a través de un adecuado ejercicio de conductas verbales y no verbales.

  • Siguiendo esa línea, resulta de gran utilidad para el terapeuta conocer ciertas reacciones típicas que los clientes suelen mostrar en terapia (salvando la obvia variabilidad entre cada persona) y estar preparados para reaccionar con naturalidad cuando esto suceda. Por ejemplo, ante el llanto, impuntualidad, enfados, frustración, un ataque de pánico, y un largo etc…
  1. Autocontrol emocional. El terapeuta puede experimentar emociones muy variadas durante el curso de una terapia. Puede sentirse ansioso, sobre todo al principio, por la novedad de la situación y su rol, por inseguridad,o ante situaciones y reacciones del cliente que no tenía previstas.También puede sentirse triste o afectado ante los relatos que se escuchan desde el otro lado de la mesa o ante las emotivas reacciones de algunos clientes. El enfado es otro de los sentimientos que pueden aparecer ante clientes que no cumplen las tareas o llegan tarde reiteradamente, por ejemplo. Y sensaciones de frustración cuando la sesión no sale todo lo bien que esperamos, culpa cuando consideramos que nosotros hemos sido los responsables o que podríamos haber hecho las cosas de diferente manera, etc… Para manejarlas adecuadamente, el terapeuta puede autoaplicarse algunas de las técnicas que ya conoce como terapia cognitiva, inoculación de estrés… y ante todo la exposición.

 

Sería conveniente que todo profesional de la psicología clínica contemplara dichos aspectos antes de iniciarse en esta aventura y se preparara de algún modo para controlarlas y manejarlas adecuadamente.

Con esto no quiero transmitir la idea equivocada de que el terapeuta sólo experimenta sensaciones desagradables en consulta, nada más lejos. También experimenta otras muy gratificantes:satisfacción, alegría, orgullo tras una sesión bien llevada,tras manejar adecuadamente una situación difícil o inesperada, o cuando se empiezan a apreciar los progresos del cliente, y en definitiva, disfrute por el mero hecho de ejercer esta profesión.

De ahí el énfasis en señalar que, en una disciplina como la psicología clínica (así como en muchas otras), resulta de gran importancia continuar la formación, una formación especializada y profunda, que contemple una importante base teórica pero también aspectos prácticos esenciales para conformarse una idea más acertada, y por lo tanto, estar más y mejor capacitados para afrontar la futura práctica de la terapia.

Mª Luisa Martín Orgilés. Master Promoción 11ª

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