por Mª Luisa Martín Orgilés, Psicóloga Clínica.

Centro de Terapia de Conducta; Psicólogos en Valencia; CETECOVA

Natalia está de pie, frente al espejo del baño. Odia la imagen que tiene enfrente. Los ojos hinchados, llenos de lágrimas, una expresión desencajada que ha visto demasiadas veces. En esta ocasión, el culpable ha sido su novio, “Me va a dejar, esta vez va en serio, ¿cómo voy a soportarlo?”. Está desbordada, el dolor y la desesperación son tan intensos que siente que no puede aguantarlos. Y una idea cruza su mente que automáticamente le hace sentir un poquito mejor. Y se miente: “Será la última vez, lo prometo”. A continuación, coge una cuchilla de afeitar y empieza a hacerse cortes en las piernas.

¿Por qué hace eso?”, pregunta su madre abatida, incapaz de entenderlo. ¿Cómo puede alguien en su sano juicio llegar a cortarse, quemarse con un mechero o golpearse la cabeza contra la mesa hasta aturdirse? La respuesta no es fácil, pero probablemente todo empieza con las emociones.

Centro de Terapia de Conducta; Psicólogos en Valencia; CETECOVA

Los seres humanos disponemos de un amplio abanico de respuestas emocionales que forman parte de nuestro legado biológico. A lo largo de la evolución, han ido demostrando su enorme utilidad para perpetuarnos como especie. Se disparan ante determinadas situaciones y desencadenan reacciones que nos preparan para llevar a cabo actos oportunos y comunicar información valiosa a los demás. Sentir alegría nos hace  estar más abiertos y comunicativos, lo que facilita la cohesión con el grupo, aumentando las probabilidades de supervivencia, además de proporcionarnos un estado de mayor creatividad, muy útil para resolver problemas prácticos; el miedo dispara un complejo mecanismo muy eficaz para huir de una amenaza o salir vencedores en caso de tener que enfrentarnos a ella; la tristeza, con su recogimiento y apatía, comunica a los que nos rodean que estamos sufriendo y despierta una reacción de protección y ayuda para sobrellevar la situación difícil en que nos encontramos; etc…

Las emociones están presentes la mayor parte del tiempo. Y no es raro que tengamos dificultades para gestionarlas apropiadamente, no sabiendo hacer, en ocasiones,  una lectura adecuada de ellas en una situación particular e intentando emprender acciones que, en vez de beneficiarnos, nos perjudican, dando lugar a problemas emocionales. Como cuando alguien tiene un percance con el coche, se asusta mucho y decide no volver a conducir más, en lugar de continuar conduciendo hasta que desaparezca el miedo; o alguien que está atravesando una mala racha y su vida le resulta tan difícil que se queda en la cama, evitando hacerle frente e intentar solucionar sus problemas.

Pero hay una vuelta más de tuerca. ¿Qué pasa con las personas que tienen un sistema más activo de  lo normal? Personas cuyas emociones se disparan a la mínima señal de aviso y lo hacen de una forma más intensa y prolongada de lo habitual. Ante sucesos relativamente cotidianos, pueden iniciarse reacciones absolutamente desproporcionadas: sentir una intensa ira o ataques de celos incontrolados, caer en una profunda desesperación, experimentar pánico o culpabilidad insoportable… Estas personas sienten que su vida es una montaña rusa con subidas, bajadas y giros inesperados que no controlan. Además, las reacciones que suelen provocar en su entorno, no ayudan a que se restablezca el equilibrio, sino más bien al contrario, puede que todavía les disparen más. No es difícil imaginar cómo nos sentiríamos si alguien cercano nos tratara de una forma explosiva injustificadamente, probablemente nos pondríamos a la defensiva y contraatacaríamos. Y si esto se repitiera con una cierta frecuencia, seguramente acabaríamos alejándonos. Esto es lo que suele suceder a las personas con una emocionalidad extrema.

Se estima que entre 1-2% de la población experimenta estas graves dificultades. Desarrollan lo que se ha llamado una fobia a las emociones y buscan, como en el resto de fobias, una fórmula que les funcione aunque sea brevemente para librarse de ellas. A veces se quedan en la cama, se toman pastillas, o drogas, y a veces optan por decisiones impulsivas y drásticas como dejar el trabajo o una relación precipitadamente (lo que a corto plazo puede que les alivie al pensar que se acabarán los problemas, aunque no tarda en llegar el pánico al ver las consecuencias, pánico del que intentarán de nuevo deshacerse…) o se hacen daño físico, en un intento desesperado por sentir algo diferente de la emoción desbordante que experimentan, llegando incluso a considerar quitarse de en medio para que todo cese.

Las consecuencias de estos inadecuados intentos de control implican desde dificultades en las relaciones con los demás, en mantener trabajos, conseguir las metas que se proponen a largo plazo, o conflictos con la ley… hasta las más preocupantes, sin duda, que tienen que ver con conductas que ponen en riesgo sus vidas -y en ocasiones las de los demás– como en el caso de la conducción temeraria, o  las autolesiones e intentos de suicidio, que se dan en el 75% de los casos, llegando a la escalofriante cifra de un 9% de suicidios consumados.

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¿Y qué se puede hacer ante esto? En primer lugar, recordar que  las emociones no duran siempre. Son como olas, vienen y van. Precisamente, no ser conscientes de esto puede hacer que actuemos de forma precipitada e impulsiva para deshacernos de estados internos que, en muchas ocasiones, acabarán cediendo solos. En segundo lugar, aprender a detectarlas y reconocer sus patrones; veremos que existe una regularidad en cuanto al tipo de situaciones que disparan determinadas pautas de pensamientos y de sensaciones físicas, ante las que solemos actuar de formas bastante predecibles. A continuación, comprender sus mecanismos de acción, entender el porqué de esas emociones en particular, cómo se despliegan y cómo favorecer que se regulen de forma adecuada, entendiendo por qué muchas de las cosas que están haciendo, son contraproducentes y contribuyen a que se prolongue el malestar.

Estas personas necesitan aprender un repertorio amplio de estrategias de autorregulación emocional, que serán las herramientas que emplearán en sustitución de los actuales patrones de conducta disfuncional.  Habilidades de autocuidado para reducir la vulnerabilidad (como descansar lo suficiente, una alimentación adecuada, disminuir el consumo de excitantes o de alcohol, hacer algo de ejercicio…).  Interpretar los acontecimientos de una forma menos extremista y dicotómica, más cercana a la realidad, cuando corresponda. Aprender a relacionarse con los demás de una manera más eficaz para reducir el estrés social, cuidando las relaciones y, en especial, cuando surgen dificultades. Resolver los problemas que se presentan en sus vidas, haciendo hincapié en que reconozcan las consecuencias, no sólo a corto, sino especialmente a largo plazo de las posibles alternativas…

Trabajar en esta línea va a ir mostrando cómo las emociones son más controlables de lo que parecía. Que dependen en gran medida de nuestra habilidad para manejarlas, de la calidad de nuestro descanso, del nivel de estrés percibido, de nuestro estado global de salud, del apoyo que recibimos… Y son muchas las cosas que podemos hacer al respecto. La meta no es dejar de sentir, sino conseguir que no interfieran en nuestras vidas, que no nos bloqueen y continuar adelante, desarrollando una vida que valga la pena.

Fuentes:

– Hollander, M. (2008): Helping Teens Who Cut. New York, NY: The Guilford Press.

– Miller, A. L.; Rathus, J. H. Linehan, M. M. (2007): Dialectical Behavior Therapy with Suicidal Adolescents. New York, NY: The Guilford Press.

– Spradlin, S. E. (2003): Don´t Let Your Emotions Run Your Life. Oakland, CA: New Harbinger Publications.

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