Así podría tutularse el libro de Paul Britton The jigsaw man , que podríamos traducir como “El hombre del rompecabezas”. Este inglés, nos relata, en primera persona, cómo llegó a ser psicólogo clínico primero, forense después y cuales han sido su papel, su arte y su ciencia a la hora de colaborar con la policía británica en la resolución de algunos de los casos más espeluznantes de los últimos años. Espeluznante no es una palabra gratuita si consideramos que algunos de estos casos han saltado las fronteras británicas y dejado horrorizadas a las sociedades de medio mundo; de hecho, algunos de los casos no son desconocidos para el lector español.

Nacido en el 46, Britton habla de una infancia de posguerra, pero no especialmente dura, con madre católica y un padrastro ruso que se incorporó a sus vidas cuando Britton ya tenía doce años. También cuenta las desventuras del tan deplorable sistema educativo de la época, que incluía en el paquete la aplicación de una disciplina especialmente feroz. Al terminar el colegio, a los dieciséis, Britton trabajó en la policía como cadete durante un año y luego se ganó las lentejas de mil formas distintas, incluido un trabajo como croupier de casino. Mientras tanto, se casó y tuvo dos hijos y no fue hasta el 74 cuando, con 28 años, se acercó a la psicología. Después de obtener su licenciatura en un tiempo récord y al comenzar sus estudios de posgrado, por fin “disfrutó” de unas prácticas sin sueldo como psicólogo clínico, que se convirtieron más tarde en su primer trabajo pagado como psicólogo.

Fue años más tarde, al recibir la primera llamada de la policía, pidiéndole ayuda en la investigación del asesinato de una mujer de treinta y tres años, cuando, sin saberlo, Britton empezó su carrera profesional como psicólogo forense. A partir de ese momento, y de modo gradual, se convierte en el más importante colaborador de la policía en el área psicológica. También se convierte en un experto forense.

Básicamente, lo que la policía le pide es saber más sobre el tipo de persona que puede haber cometido un delito determinado. De esta forma, el número de sospechosos disminuye y las detenciones se realizan más rápidamente. Para saber esto Britton estudia el modus operandi del criminal en cuestión, a partir del cual describe un perfil psicosocial. El modus operandi del propio Britton se basa en cuatro preguntas: qué pasó, cómo, a quién y por qué. Sólo después se enfrenta con cierta seguridad a la quinta: ¿quién lo hizo?. Aunque todas las preguntas son importantes, el rigor con el que contesta a las tres primeras afecta mucho a la cuarta: Britton busca el disparador de una conducta concreta en un momento dado. Si hay víctima, ésta misma puede haber formado parte del disparador. Por lo visto, no todos tenemos la misma probabilidad de ser víctima, aunque a veces el elegido es cualquiera. Una vez que sabe exactamente qué es lo que motiva a una persona a cometer el delito, puede dar una forma precisa al funcionamiento de la personalidad de ésta y retrotraerse a través de su vida desde el delito hacia atrás y empezar a bosquejar su familia, amigos, relaciones y nivel de educación: se trata de una persona en cierto margen de edad, casado o conviviendo con alguien, o sin las habilidades necesarias para mantener una relación, con un trabajo de horario fijo o por turnos o desempleado, es un trabajador cualificado o no, de una inteligencia normal o bien por encima o por debajo, se trata de un psicópata asesino, o de un tipo que pretende jugar a ser más listo que la policía, pero que no haría daño a nadie. Si se trata de un violador: cómo encontraremos que son sus fantasías sexuales, qué tipo de material pornográfico es posible encontrar en su casa, si es posible que haya sido fichado por delitos sexuales menores, etc. Es decir, busca un perfil psicológico criminal.

Dos de los casos que recogieron los noticiarios en España, son el del matrimonio en cuyo jardín se hallaron enterrados, los cuerpos descuartizados de doce mujeres a las que habían sometido a todo tipo de maltrato sexual, y el de dos niños de diez años que se llevaron a un crío de dos, de un centro comercial, mientras su madre creía que jugaban con él. Le mataron a golpes y luego lo pusieron sobre la vía del tren para que su muerte pareciera un accidente. En otros casos se trata de secuestros, con o sin agresiones sexuales, asesinatos más o menos psicópatas, más o menos en serie, más o menos rituales, o más o menos “artísticos”, chantajes a empresas de comida para animales o para bebés: “he envenenado unas cuantas latas de comida para perros, si no me dais tal cantidad de dinero todos los años, no os digo cuáles son ni dónde están”, un robo de bebés, un asesinato conyugal por dinero, una violación perpetrada por un conocido de la víctima, etc.

Por supuesto, otras funciones que Britton asume como psicólogo forense son decidir si alguien está en condiciones mentales suficientes para entender un juicio, sea víctima o agresor, si es seguro para una niña dejarla pasar cierto tiempo con su padre, averiguar si es cierto que una mujer con síndrome de Down ha sido

 

violada, o prestar testimonio como experto en los juzgados. Britton está especialmente orgulloso de haber colaborado en la creación de una base de datos que incluye múltiples clasificaciones para delincuentes y perfiles criminales muy completos. En este programa han colaborado expertos de campos muy variados tanto de la policía como universitarios y no sólo británicos sino de otros países europeos, en especial Holanda. Su colaboración con el FBI norteamericano, si bien fue fructífera, le hizo ver que no podían simplemente copiar su estructura sin más, ya que las peculiaridades británicas en particular y europeas en general, difieren demasiado de las norteamericanas.

Hoy en día, una vez que ya ha perdido, gracias a un error de la policía, su preciado anonimato en Inglaterra, Britton aparece, como experto, en los medios de comunicación de vez en cuando. También es profesor universitario en cursos de posgrado sobre distintas facetas de la psicología forense.

Al escibir este libro, Britton no ha pretendido hacer un manual de psicología forense. Más bien es un libro de divulgación para el público general, fácil (no es necesario un gran dominio del inglés) y ameno de leer, aunque con detalles bastante escabrosos (aunque él ya avisa que omite muchos). Desde luego no es apto para momentos depresivos y en ocasiones requiere un esfuerzo de distanciamiento (ojo con las pesadillas). Es especialmente interesante el capítulo en el que describe la trampa psicológica que pone la policía a un asesino psicópata, a través de anuncios en la sección de contactos de una revista. No nos ofrece demasiados detalles sobre su forma de trabajar para no dar pistas a los delincuentes. El libro está editado por Bantam Press, con un precio de 16.99 libras esterlinas y que yo sepa no ha sido traducido.

SUSANA RUBIO Séptima Promoción.

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