“Desde que mi marido faltó hace ya más de dos  años siento como si ya no me quedara nada. Cuando él estaba salíamos con unos amigos, íbamos a pasear… pero ahora no tengo ganas. He dejado de salir y de hacer todas las cosas que hacíamos juntos y estoy todo el día sola en casa mirando la televisión. Ni siquiera tengo ganas de cocinar para mí, antes preparaba muchas cosas porque él era muy buen comedor y le gustaban mucho mis recetas, salía a hacer la compra… pero ahora prácticamente ni como. Mis hijos vienen a visitarme una vez por semana pero la mayor parte del tiempo me siento sola y la soledad es muy mala porque te hace darle demasiadas vueltas a la cabeza. A veces pienso que mi vida ya no tiene sentido y lo mejor sería morirme, así no molestaría a mis hijos y yo acabaría con esta pena que tengo por dentro.”
Éste es el testimonio de una señora de 82 años, viuda desde hace dos, que reside en un medio urbano y que podría coincidir con el testimonio de muchas otras personas mayores. Es cierto que las emociones cambian a lo largo de toda nuestra vida y que en el último tramo de nuestras trayectorias éstas parecen aflorar con mayor facilidad. Por ello mucha gente podría pensar que un testimonio como el anterior podría deberse sin más a “cosas de la edad”, sin embargo, en muchas ocasiones es necesario ir un poco más lejos y tratar de descubrir si tras esas “cosas de la edad” se encuentra algún problema de fondo de peores implicaciones.
En estos últimos años estamos asistiendo a un fenómeno excepcional en la historia de la humanidad, y es que cada vez las personas somos capaces de vivir más años, lo que está dando lugar a una sociedad cada vez más envejecida. Según las estadísticas, a principios del año 2011 la proporción de personas mayores respecto al total poblacional era del 17’2% y lo que es aun más sorprendente es el porcentaje cada vez mayor de los octogenarios alcanzando el 5’1% de la población. Estos datos muestran cómo el colectivo de personas mayores cada vez tiene más peso y relevancia en nuestras sociedades por lo que es necesario atender a todas sus necesidades.
Los avances en los campos de las nuevas tecnologías y en la medicina, unidos a las mejoras en la alimentación, hábitos de higiene, políticas y recursos sociales, etc., están dando cobertura a gran parte las demandas de este colectivo, sin embargo queda mucho camino por andar, ya que la atención y mejora para estas personas debe abarcar todos los ámbitos de sus vidas, sin embargo muchas veces nos olvidamos de la parte emocional pudiendo desembocar en problemas psicológicos que pongan en riesgo el bienestar de la persona.
Actualmente la depresión es uno de los principales problemas de salud a los que tienen que hacer frente las personas mayores. Existen numerosos estudios sobre la depresión en la tercera edad y a pesar de encontrar resultados muy dispares en función del instrumento de evaluación o del grupo poblacional (personas hospitalizadas, institucionalizadas o en su entorno), existen grandes coincidencias en cuanto a los déficits que hay tanto en el diagnóstico como en el tratamiento de estos pacientes.
Parte de estos déficits en el diagnóstico, y por consiguiente en el tratamiento, se deben a una serie de características especiales que tiene la depresión en las personas de tercera edad. Aunque la depresión pueda considerarse como una disminución relevante del estado de ánimo, muchos ancianos pueden no manifestar estos sentimientos de tristeza por considerarlos “normales” a su edad, y sin embargo pueden agravarse problemas de salud física por la somatización del estado emocional negativo. Lo que tendrá como consecuencia una depresión enmascarada que será difícil de detectar puesto que las quejas serán de tipo físico.
Por otro lado, también existe problema para diagnosticar cuando nos encontramos con posibles cuadros de demencia, porque aquí nos surge la cuestión de qué fue primero: ¿está deprimido porque es consciente de su pérdida de capacidades provocada por la demencia o es el estado depresivo el que merma su cognición dificultando su atención, memoria, razonamiento, etc.?
Lo que es indiscutible e inevitable es que el envejecimiento está íntimamente relacionado con la palabra pérdida. En este período de la vida existen pérdidas a todos los niveles.
? Pérdidas físicas: disminución en la movilidad, disminución en el estado de salud, disminución de la capacidad sexual, y disminución del funcionamiento en general.
? Pérdidas sociales: pérdida de status, de roles, de ingresos, de amigos, del cónyuge…
? Pérdidas psicológicas: disminución autoestima, de la capacidad mental, aumento de la dependencia…

Todas estas pérdidas pueden desembocar o agravar en el anciano un problema depresivo. Además existe un grave riesgo entre la población geriátrica con depresión, el alto índice de suicidios. Los estudios demuestran que, aunque es difícil de determinar exactamente, la proporción de pacientes geriátricos que tienen ideas de suicidio o que llegan a consumarlo es mayor respecto al resto de la población deprimida. Según estos datos nos encontramos ante un problema muy serio que ha de ser tenido en consideración y para el que hay que desarrollar nuevas y más precisas estrategias y para detectarlo precozmente.

Por otro lado, si atendemos al tipo de tratamientos que actualmente se utilizan para la depresión nos encontramos con otro problema añadido ya que en muchas ocasiones los antidepresivos no son recomendables en el paciente anciano porque interaccionan con otros medicamentos. Los fármacos más utilizados son los ISRS, que aunque presentan algunos efectos secundarios, han demostrado buena eficacia. En pacientes donde la farmacología no es posible por las posibles interacciones, cabe la posibilidad de utilizar TEC (terapia electroconvulsiva) que también ha demostrado buenos resultados con este colectivo. Sin embargo, en la práctica se observa que estas medidas son insuficientes y que hay que desarrollar tanto recursos sociales como psicológicos para afrontar este grave problema. Algunos aspectos importantes que debemos tener en cuenta a la hora de manejar la depresión con este colectivo son: crear, ampliar y reforzar los contactos sociales, obtener el apoyo familiar, eliminar barreras arquitectónicas que aumenten su nivel de dependencia, permitir a la persona que exprese cómo se siente y enseñarle a trabajar con sus emociones negativas y sus pensamientos derrotistas.

Hay una cosa que no debemos olvidar y es que a pesar de que el envejecimiento es una época de pérdidas, no todas las personas mayores se deprimen, e incluso muchas de estas personas hacen de la vejez una época de crecimiento y disfrute personal, de nuevos aprendizajes y experiencias de las que no habían podido disfrutar en etapas anteriores. Por ello sería interesante conocer y entender  cómo piensan y cómo actúan estas personas, qué estrategias utilizan en su día a día, en qué tipo de actividades invierten su tiempo, etc., porque pueden darnos muchas ideas sobre cómo hacer frente a este problema.

La depresión en el paciente anciano no es una batalla perdida a pesar de las dificultades con las que nos encontramos, si no todo lo contrario, es un campo abierto a la investigación y al progreso en el que aún queda mucho camino por recorrer. Tanto para desarrollar mejores métodos de evaluación que nos ayuden a detectar rápida y eficazmente a estos pacientes deprimidos como para buscar métodos y terapias eficientes que den respuesta a las necesidades especiales de este colectivo.

FUENTES CONSULTADAS

http://www.imsersomayores.csic.es/

http://www.geriatrianet.com

ABELLÁN GARCÍA, Antonio; ESPARZA CATALÁN, Cecilia (2011). “Un perfil de las personas mayores en España, 2011. Indicadores estadísticos básicos”. Madrid, Informes Portal Mayores, nº 127. [Fecha de publicación: 28/10/2011].

LÓPEZ TRIGO, JOSÉ ANTONIO (2001). “La depresión en el paciente anciano”. Málaga, Revista Electrónica de Geriatría y Gerontología, vol. 3, nº 2.

ZARRAGOITIA ALONSO, IGNACIO (2003). “La depresión en la tercera edad”. La Habana (CUBA), Revista Electrónica de Geriatría y Gerontología vol.5, nº2.

YANGUAS LEZAUN, J.; PRIETO SANCHO, D.; BUIZA BUENO, C.; ETXEBERRIA ARRITXABAL, I.; GONZÁLEZ PÉREZ, M.; GALDONA ERQUIZIA, N; URDANETA ARTOLA, E. “Emociones y envejecimiento”. Fundación Viure i Conviure de la Obra Social de Caixa Catalunya

Mª Ángeles Rodríguez López. Promoción 22ª

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