La autoestima es un tema de gran interés entre las personas, por ello, no es de extrañar que llegue a consulta más de un cliente buscando ayuda para mejorar su autoestima, sentirse más a gusto consigo mismo o agradarse más.

Pero si nos ponemos unas gafas más clínicas, veremos que una buena autoestima no es solamente un medio para sentirnos bien con nosotros mismos, sino que  se convierte en un gran protector frente a la aparición de diversos problemas emocionales como trastornos de la alimentación, depresión, pensamientos suicidas o fobia social.

Si quisiéramos buscar una definición exacta de qué es la autoestima veríamos que no hay una definición consensuada entre los investigadores. Según el Diccionario de la Lengua Española, se entendería como “la valoración, generalmente positiva, que una persona hace de sí misma”.

Otras definiciones diferencian entre autoestima sana o deseable -aquella que nos lleva a tener un buen funcionamiento psicológico y emocional en nuestra vida y nos ayudan a tener pensamientos, emociones y conductas sanas- y autoestima insana o problemática -que nos llevaría a tener un funcionamiento problemático o perjudicial para nuestro bienestar emocional y psicológico-.

Desde la perspectiva cognitiva la autoestima está directamente relacionada con los esquemas mentales, creencias y pensamientos que tenemos acerca de nuestra persona. Entendemos entonces, que en nuestra mente se forma una idea mental o esquema de quiénes somos y unos pensamientos coherentes con esta imagen mental acerca de nuestras capacidades, competencia, virtudes, limitaciones o carencias.

Estas creencias o percepciones son las opiniones subjetivas o las valoraciones que hemos ido desarrollando a lo largo de la vida sobre nosotros mismos.

Lo que pensamos y lo que creemos sobre nosotros es lo que va a determinar nuestras emociones y sentimientos, y por tanto, nuestra forma de comportarnos en el mundo.

Ahora bien, ¿las personas con baja autoestima piensan únicamente cosas negativas de sí mismas? Las nuevas investigaciones en este campo sugieren que las personas con baja autoestima no se autoevalúan negativamente de manera global, sino que existen áreas en las que tienen opiniones negativas de sí mismas y otras áreas en las que tienen una buena opinión.

Las áreas en las que suelen opinar peor son las relacionadas con la aceptabilidad social -como el atractivo físico, la inteligencia…-. Sin embargo, en aquellas otras áreas relacionadas con virtudes o rasgos comunes como la bondad, el afecto o la comprensión, pueden tener opiniones casi tan favorables como las de las personas con buena autoestima.

Una de las características de las personas con baja autoestima es que no tienen un autoconcepto claro de sí mismos. Su autopercepción es confusa, por lo que tienen dificultades para verse a sí mismos de manera objetiva.

Además, suelen centrarse en los aspectos negativos de su persona dándoles muchísimo peso e importancia, pero no son conscientes o no valoran adecuadamente sus puntos fuertes y sus virtudes. Aquí se crea un desequilibrio en su autopercepción ya que su interpretación de sí mismos estará sesgada en negativo. Por ello, no es de extrañar que les cueste creerse los piropos que les puedan decir otras personas.

Las personas con baja autoestima pueden tener expectativas y metas tan buenas y óptimas como las personas con una autoestima sana -como por ejemplo, conseguir un ascenso, pedir un aumento de sueldo, ganar seguridad en sí mismos, pedirle una cita a la persona que les gusta, etc.- sin embargo, no se creen capaces de lograrlo ni de obtener éxito.

Otra de las peculiaridades de las personas con baja autoestima es que no siempre correlaciona el funcionamiento real que tienen en el mundo con su nivel de autoestima. ¿Qué quiere decir esto? Que aunque puedan ser muy buenos en su trabajo, o muy atractivos físicamente o muy valorados y queridos socialmente, pueden seguir teniendo una autoestima baja.

 

  1. ¿Cómo se desarrolla la baja autoestima?

Hace poco entró un cliente en mi consulta y me contaba que en general se siente muy mal consigo mismo. Nunca se ve bien a la hora de vestirse, tampoco se gusta a sí mismo en las fotos. Le asusta arriesgarse en la vida y en las interacciones sociales tiende a sentirse culpable enseguida aunque no haya hecho nada malo.

Esta persona suele decirme “Si yo te leyera mi currículum pensarías que es imposible que pueda tener la autoestima tan baja como la tengo” ya que ha estudiado una carrera universitaria, tiene un trabajo fijo relacionado con sus estudios y habla varios idiomas.

Sin embargo, como veíamos antes, los logros personales no siempre correlacionan con nuestro nivel de autoestima. Pesan mucho más las creencias que hayamos desarrollado sobre quienes somos.

De hecho, una parte fundamental de nuestra autoestima se forja durante la infancia y la adolescencia. Lo que vivamos durante estos años de nuestra vida puede marcar los esquemas mentales que tengamos sobre nosotros a lo largo del tiempo e incluso puede que nos persigan hasta la edad adulta.

Si estas creencias no son favorables, son negativas, nos quitan valor, nos empequeñecen tenderemos a tener pensamientos que vayan acordes a estas creencias, como por ejemplo, “no valgo nada”, “nadie me quiere”, “no soy atractivo”, “seguro que me rechazan”, “no estoy a la altura”, “haré el ridículo”….

Pero, ¿cómo llegamos a forjar dichas creencias negativas o cómo aprendemos a valorarnos y juzgarnos de forma negativa? Por un lado, todas las experiencias negativas vividas en la infancia/adolescencia en las que no nos hayamos sentido queridos o valorados pueden hacer que concluyamos que no merecemos el amor de los demás. Por otro lado, aquellas experiencias traumáticas o negativas que experimentemos en la edad adulta pueden herir tanto nuestra dignidad humana que aparezcan secuelas de sentimientos de poca valía.

Veámoslo punto por punto:

  1. Experiencias tempranas negativas

 

  • Castigos sistemáticos, negligencia o abuso por parte de los padres a los hijos.

 

  • No cumplir con las normas parentales. En niños más inquietos o revoltosos puede dar lugar a que los niños reciban el siguiente trato:   Castigos menores y críticas; tratarle como si no hiciera nada bien; que los padres se enfoque en sus debilidades y errores sin tener en cuenta sus logros o fortalezas; burlarse o ridiculizarle; hacerle sentir inferior o pequeño.

 

  • No cumplir las normas del grupo de referencia. Especialmente en la adolescencia, cuando estamos desarrollando nuestra identidad adulta. El rechazo de nuestro grupo de iguales puede ser un mazazo para nuestra autoestima y el adolescente puede sacar conclusiones negativas sobre sí mismo como que no vale nada, que no es interesante, que no es atractivo…

 

  • Percibir el estrés o disgustos de otros. Por ejemplo, en padres que están atravesando un momento personal complicado (pérdida de trabajo, llegada de un hermanito,…) y comienzan a vivir estresados, infelices, preocupados. Esto provoca  ante las travesuras naturales de la infancia: poca paciencia, dando lugar a la frustración y el enfado; poco autocontrol, dando lugar a la ira; pocas habilidades de manejo de situaciones.

 

Los niños son demasiado pequeños para comprender el cambio que ha ocurrido y pueden desarrollar un sentimiento de que no son aceptados que pueden llevar a la adultez y aflorar con las críticas o disgustos de los demás.

 

  • Pertenecer a un grupo social o a una familia que es foco de prejuicios (familia con una posición socio-económica precaria, pertenecer a una clase social marginal…)

 

  • Ausencia de cosas buenas (afecto, calidez, interés, elogios).

 

  • Ser la oveja negra de la casa. El rarito.

 

  • Ser el rarito en la escuela.

 

 

  1. Experiencias Traumáticas en la Edad Adulta.

 

  • Intimidación en el lugar de trabajo o bullying.
  • Relaciones abusivas o de maltrato.
  • Experiencias prolongadas y sostenidas de estrés o trabajo duro.
  • Estar expuesto a eventos traumáticos.

 

  1. ¿Qué mantiene la baja autoestima?

Es curioso que aún a pesar de que las personas traten de mantener a salvo su autoestima o potenciarla, sigan teniendo con el tiempo una autoestima frágil o baja. Quizás, el quid de la cuestión sea que lo que hacen para sentirse seguros es precisamente lo que impide que su autoestima siga creciendo o desarrollándose.

En el caso de mi cliente, me contaba que en el colegio fue el foco de burlas de sus compañeros por tener un poco de sobrepeso y por sacar muy buenas notas. Los niño/as se metían con él, le menospreciaban y envidiaban sus magníficas notas. Esto sumado a unos padres muy sobreprotectores, una madre muy estricta que le criticaba en cuanto a la forma de vestirse o las parejas que elegía, pudo ser el origen de su baja autoestima con creencias del tipo “no sé hacer nada sin mis padres”, “no tengo que destacar porque se molestarán conmigo”, “he de pasar desapercibido o no gustaré”, “no soy nada especial”

Sin embargo, una vez instaladas sus creencias negativas acerca de sí mismo, mi cliente hizo un esfuerzo por adaptarse a su vida tratando de mantener su autoestima intacta o a salvo. Y aquí viene lo interesante, ¿qué hizo para proteger su autoestima y seguir sintiéndose aceptado? En el colegio adquirió la estrategia de quitarse valor, quitarle importancia a sus buenas notas e intentar no destacar por sus virtudes entre sus compañeros. De este modo no se enfrentaba al posible rechazo y a quedarse solo.

Y, ¿qué hizo para sentirse aceptado por sus padres? Aprendió a preguntarles su opinión o consejo constantemente antes de tomar cualquier tipo de decisión en su vida, desde las más banales hasta las más importantes con el fin de sentir que tomaba la decisión acertada, lo que hizo que con el tiempo no supiera tomar ningún tipo de decisión sin antes preguntarles y que su miedo al fracaso se fuera acentuando con los años.

¿Qué empujó a mi cliente a tomar estas medidas? Sencillamente el miedo a que ocurriera algo que para él era muy malo (fracasar y ser rechazado). Es decir, fue la anticipación de que algo malo iba a pasar lo que hizo que su ansiedad se disparase, que sintiera peligrar su autoestima y, por tanto, que naciera en él la sensación de que tenía que ponerse a salvo para no sufrir.

A corto plazo, evitar tomar una decisión por sí mismo y arriesgarse a ver qué ocurría o evitar mostrar sus virtudes como su inteligencia, le hacía sentir seguro, a salvo, cómodo y tranquilo; sin embargo, con los años su nivel de insatisfacción e infelicidad consigo mismo fue aumentando y su baja autoestima en lugar de mejorar se fue perpetuando.

¿Qué podemos concluir de todo esto?

  1. Que van a haber situaciones (estímulos) en nuestra vida que hagan que nuestros pensamientos o esquemas negativos acerca de nosotros (ideas distorsionadas y subjetivas) se activen.

 

  1. Los pensamientos negativos (“no voy a estar a la altura”, “no voy a gustarles”…) activarán el miedo a que algo malo ocurra (anticipaciones catastróficas): desde que nos dejen de lado, que no caigamos bien o que fracasemos (social, laboral o afectivamente). Cada persona teme cosas distintas y la naturaleza de su miedo estará relacionada con la naturaleza de la situación que lo activa.

 

  1. Como nos estamos poniendo en lo peor e imaginando un futuro en el que de alguna manera salimos perdiendo, las emociones (respuestas fisiológica/emocional) que experimentaremos serán negativas: ansiedad, angustia, inseguridad, incomodidad, culpa, vergüenza…

 

  1. La intensidad de estas emociones es lo suficientemente intensa como para que queramos protegernos, ponernos a salvo y asegurarnos de que aquello tan desagradable que estamos imaginando nunca ocurra y tratamos de no poner a nuestra autoestima en un lugar comprometido. Por lo que evitamos enfrentarnos a dichos estímulos o situaciones disparadoras de nuestro malestar, como por ejemplo, evitar destacar por nuestras virtudes, rechazar una invitación a una fiesta en la que no conocemos al resto de invitados por miedo a no encajar, rechazar un ascenso de trabajo por miedo a no estar a la altura.

 

O escapamos, es decir, afrontamos la situación, pero ponemos en marcha toda una seria de conductas innecesarias para sentirnos a salvo de nuestro miedo. Por ejemplo, aceptar ese ascenso, pero trabajar muchas más horas de las necesarias en el trabajo con tal de asegurarnos de que tendremos éxito.

 

  1. Al evitar o escapar de estas situaciones ocurren varias cosas:

 

  • Nos quedamos en nuestra zona de confort, sin atrevernos a enfrentar un nuevo reto de la vida. Sí, esto hace que nos sintamos mejor a corto plazo, a salvo, seguros, cómodos en nuestra vida, pero a largo plazo, la baja autoestima no se supera, sino que se estanca.
  • Que no llegamos a comprobar que lo que tanto tememos (anticipaciones catastróficas) probablemente jamás ocurra, o si llegara a ocurrir, seguramente no será tan malo como lo habíamos imaginado en nuestra mente.

Espero haber arrojado algo de luz sobre esta cuestión que tanto preocupa actualmente en nuestra sociedad. En mi opinión, hemos de aprender a fortalecernos ante la vida saliendo de nuestra zona de confort y aceptando nuevos retos por muy nerviosos que éstos nos pongan, ya que es la única vía para seguir conociéndonos, amándonos y haciéndonos grandes por dentro y por fuera.

 

Bibliografía

 

–       Elia Roca Villanueva (2012). Autoestima sana. Una visión actual basada en la investigación. ACDE Psicología.

–       Melanie Fennell (1999). Overcoming Low Self-Esteem. A self-help guide using Cognitive Behavioral Techniques.

SANDRA MUÑOZ TORTAJADA

 26 Promoción

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.Más información...

ACEPTAR
Aviso de cookies