EL AÑO EN QUE MATAMOS A LA PSICOLOGIA (CLÍNICA)

Iba todo muy lento pero de forma satisfactoria. En el año 1968 se creó en España la posibilidad de estudiar psicología. Al principio, éramos una sección,  junto con  pedagogía, de la licenciatura de filosofía.

En el año 1984 fuimos ya, por fin, licenciados en psicología. Costó 16 años que nuestra disciplina fuera autónoma. Era normal, no teníamos la tradición como ciencia que tenían otras especialidades. Yo fui uno de esos jóvenes estudiantes que ya pudieron recoger el primer título oficial de licenciado en psicología.

Unos años más tarde, en 1991, fuimos reconocidos como profesión sanitaria, y exentos de IVA!. Ese sí fue un gran avance. Nuestras autoridades, a través del correspondiente Ministerio, dieron a nuestra ciencia el estatus que siempre debió tener: profesión sanitaria. Exactamente igual a como sucedía en toda Europa, Estados Unidos y el resto del mundo civilizado. Gran cambio!. Recuerdo que en 1984, cuando fui a Hacienda para sacar mi primera Licencia Fiscal, así era como se llamaba en aquella época el trámite legal/fiscal para poder ejercer la profesión, el funcionario no sabía en qué apartado incluirme, y al final, decidió hacerlo en uno que incluía feriantes, y adivinadores!. De eso,  a ser profesión sanitaria. Si!

En 1998 se creó el PIR y por lo tanto la especialidad de Psicología Clínica. También parecía un buen cambio, avanzábamos y abrimos nuestras botellas de champagne para celebrarlo. Pero nos equivocamos.

Nuestro país, no importa qué gobierno, es experto en hacer chapuzas, y la hizo. Creó un programa de Formación sin tener la infraestructura humana-profesional adecuada. Si no había psicólogos clínicos oficialmente, ¿quién iba a formar a los aspirantes a ser psicólogos clínicos a través del PIR? ¿Contrató el Ministerio a lo más parecido que había en aquella época a psicólogos clínicos (profesionales con formación y experiencia)? Claro que no!. Usó lo que ya tenía. Poco. O casi nada. Copió al MIR. Y ésa es una de las tragedias de nuestra ciencia, usar a la medicina como modelo. Señores gobernantes, por favor, asesórense. La medicina y la psicología son dos disciplinas sanitarias, pero diferentes. Con puntos en común, pero diferentes.

Y a partir de ahí es fácil imaginar lo que ha sucedido. Hemos creado generaciones de psicólogos PIR de bata blanca. Profesionales tremendamente influidos por la medicina. Cuya práctica esta deformada por el modelo médico.

Pero aún es peor. También parece que muchos de ellos han aprendido el estilo de relación social que caracteriza a muchos médicos. ¿Qué os pasa chicos? ¿Cómo es posible que llegarais a pedir al ministerio que diferenciara a los psicólogos clínicos en dos grupos, PIR y no PIR? ¿Qué sucede? ¿ que estáis tan seguros de vuestra formación que pretendéis eliminar posibles competidores a base de recursos y demandas? Recuerdo, con profunda tristeza, y vergüenza ajena, que a principios del año 2000, el COP de la Comunidad Valenciana, recibió una petición firmada por un grupo de especialistas por el PIR, entre ellos varios exalumnos del Master, para que dejáramos de utilizar la expresión “Master en Psicología Clínica”. Qué pena!
Lo que hubiera tenido que ser un cambio positivo, se convirtió en un cambio dudable. Creamos una mutación de psicólogo/médico, aspirante a abogado, de dudosa formación profesional, y más dudosa aún ética de trabajo.

¿No sería mejor que toda esa energía que dedicáis a interponer recursos contra hermanos de profesión, la dedicarais a hacer bien vuestro trabajo? ¿Creéis que ver a vuestros clientes (perdón, pacientes!) en el sistema público, una vez al mes o cada tres meses, es hacer una buena práctica profesional? En esas reuniones que tenéis, ¿a alguien se le ha ocurrido la probabilidad de plantaros, y decirle al Ministerio que no sois médicos, y que tenéis que ver a vuestros clientes con regularidad? No solamente haríais mejor vuestro trabajo, sino que se tendrían que crear más plazas públicas de clínicos Pensad en esto.

A partir de ahí, todo fue a peor. En 2003 apareció la Ley de Ordenación de Profesionales Sanitarios (LOPS) y ahí matamos a la Piscología.

Desde ese momento, la Psicología perdía su estatus de profesión sanitaria, que quedaba sólo en posesión de los Psicólogos Clínicos.

¿Cómo puede suceder esto? Probablemente por múltiples razones. En primer lugar, quizás, por la ignorancia de nuestros gobernantes. ¿Cómo es posible que en el resto del mundo civilizado, la psicología sea una profesión sanitaria, en cualquier especialidad, y aquí, desde 2003, no?  Por ignorancia, o porque, al parecer nos gusta hacer las cosas de forma distinta, “Spain is different” como se decía en los años setenta, para incentivar al turismo.

Qué duda cabe también de que la profesión médica ha influido. No sólo el Consejo General de Colegios Oficiales Médicos, sino todas las sociedades psiquiátricas existentes en nuestro país, interpusieron recursos judiciales con tal fin.

Y como no, la apatía, indiferencia y cobardía de la propia comunidad de psicólogos y de nuestros Colegios Oficiales, Asociaciones Científicas y Facultades de Psicología. Y de nuestros queridos PIR, que también interpusieron recursos para conseguir tener la hegemonía del campo.

No pretendo culpar a nadie, y entiendo que es difícil resistirse a una Ley aprobada legalmente en nuestros órganos de Gobierno. Pero ahí fue cuando la Psicología fue herida de muerte. Un médico, consigue su licenciatura, y puede ejercer la medicina, sin cursar el MIR. Un psicólogo obtiene su grado/licenciatura y no puede ejercer la psicología clínica o de la salud. ¿Por qué? Porque ya no somos profesión sanitaria.

En 2006, nuestro gobierno, adicto a las chapuzas, aprueba una orden ministerial en la que los psicólogos, pueden ejercer aún sin ser clínicos, habilitándose como sanitarios. Una solución cutre, o como se suele decir, buscar una puerta falsa de salida.

Y eso nos lleva al último capítulo de esta historia de despropósitos. La creación en 2011 de la Ley General de Salud Publica, en la que aparece la figura del Psicólogo General Sanitario (P.G.S.). A partir de ese momento, tenemos dos clases de profesionales habilitados para trabajar en el Campo Clínico y de la Salud. El psicólogo Clínico, que se formará a través del PIR, y el Psicólogo General Sanitario, que se formará a través del Máster Oficial Sanitario.

La Ley intenta diferenciar las atribuciones de ambas titulaciones, pero en mi opinión no creo que lo consiga, quizás porque es una tarea prácticamente imposible.

El psicólogo Clínico se dedicará a la “evaluación, diagnóstico, y la rehabilitación de los trastornos mentales, emocionales y relacionales y del comportamiento”.

Y el psicólogo General Sanitario se dedicara a la “investigación, evaluación e intervención psicológica sobre aquellos aspectos del comportamiento y la actividad de las personas que influyen en la promoción y la mejora de su estado general de la salud”.

¿Cómo se diferencia un tipo de problemática de la otra? Un trastorno de pánico, un TOC o una esquizofrenia no empeora “el estado general o de la salud” de una persona? Un problema de familia o de pareja, ¿no produce trastornos emocionales o relacionales? ¿Va a ser algo así como que los clínicos se ocupan de los problemas “graves” y los generalistas de los “simples”? ¿Quién decide si es grave o simple? ¿Habrá inspectores de “gravedad”?

Lo único que queda claro a nivel legal es que los clínicos pueden trabajar en ambientes públicos y privados, y los sanitarios, sólo en privados.

¿Por qué? ¿No hay espacio para el psicólogo Sanitario en la infraestructura sanitaria pública?¿Acaso en medicina, además de las especialidades, no hay médicos de familia o generalistas?

Luego, en otro orden de cosas, está el tema de la duración del proceso de Formación. Si todo este despropósito sigue adelante, y eso es lo que parece, para ser psicólogo Clínico, los aspirantes,  van a tener que hacer un recorrido formativo de 10 años. En primer lugar el grado en Psicología, 4 años. Luego el Máster Oficial Sanitario, 2 años. Y finalmente el PIR, 4 años más. Total 10 años!!. Como los médicos. Ser psicólogo clínico va a costar lo mismo que ser neurocirujano u oncólogo. Algunos pensaran que sí, que muy bien, que estaremos mejor formados. Ojalá! Ahora analizaremos como van a ser los Másters Oficiales Generalistas, pero en cualquier caso, una vez más copiamos a los médicos. Lo que en medicina está bien, no tiene el porqué estar bien en psicología. Y como prueba de ello, podemos ver qué pasa en Europa. Prácticamente en todos los países, la formación de psicólogos clínicos, implica un grado de cuatro años y una amplia variedad de Másters de dos años de duración. Una vez más, seguimos siendo diferentes!

Y llegamos al Máster Oficial Sanitario. Estamos ante otro hito histórico como en su momento fue la creación del Programa de Psicólogo interno Residente (PIR). ¿Lo hará esta vez bien el Ministerio? ¿Creará una infraestructura humana y logística adecuada para este programa?¿Contratará a expertos en el tema?¿Habrá practicas reales supervisadas? Probablemente, seguramente no. Y menos en estos tiempos de penuria económica que nos está tocando vivir. Es casi seguro que es a alguno de los Másters Oficiales ya existentes se le cambie el nombre por el de Máster Oficial Sanitario y zas, por arte de magia, y bien barato, ya tengamos los nuevos Programas en marcha. Y seamos realistas, ¿estamos contentos con la calidad de estos Programas? Es lógico que no tengan altos niveles de calidad. La conducta eficaz requiere refuerzo, y aquí no lo hay o muy poco. Hablad con los profesores.

Otro problema práctico. ¿Cuántas plazas se ofrecerán? Muy pocas comparándolas con la demanda. Supuestamente, una gran cantidad de profesiones, miles en realidad, que llevan años trabajando, para poder seguir haciéndolo, deberían cursar este Máster. ¿Será eso posible? ¿quiénes tendrán prioridad, los alumnos que se gradúen el año anterior, o los profesionales?

Y eso nos lleva a la peor de las consecuencias de esta absurda situación que sólo beneficia a los psiquiatras. Que si todo esto sigue su curso, cada vez habrá menos psicólogos trabajando en Salud Mental.

¿Qué va a pasar con esos miles de profesionales, muchos de ellos con largas trayectorias profesionales, que han cursado no uno, sino varios postgrados y máster, pero que no son Clínicos? ¿Tendrán que hacerse Sanitarios? ¿Y mientras tanto podrán ejercer?

¿Habría soluciones? Creo que sí. Una, que sabemos que se tuvo en mente y que varios colectivos profesionales propusieron, y que al parecer, se rechazó. Usar recursos ya instalados, y que han probado su eficacia y utilidad: los Programas de Formación Postgrado en Psicología Clinica y de la Salud que cumplan unos requisitos.

No sería muy complicado crear un Comité Nacional formado por personal técnico del Ministerio, Profesores de Psicología Clínica, COP y Profesionales Clínicos de reconocido prestigio, para crear unos estándares, criterios o baremos para evaluar los Programas de formación actuales: másters oficiales, de título propio, universitarios, del COP o privados.

Es fácil objetivizar usando parámetros claros como formación y currículum del profesorado, programa teórico o número de horas prácticas y calidad.

Una vez elegidos esos programas, a todos aquellos profesionales que ya los hubieran cursado, se les homologaría su formación, capacitándoles para la práctica de la psicología de la salud. Y los recién graduados, podrían elegir entre una amplia variedad de programas de Formación, en función de sus preferencias y deseos personales. De esta manera no habría congestión ni listas de espera para los Máster Oficial Sanitarios, y ningún profesional quedaría en un terreno de nadie.

Pero claro, esto sería solucionar un problema grave de la situación de nuestra disciplina, con un cierto grado de lógica. ¿Se hará así? Lo dudo mucho. Mucho. Soy muy pesimista, y por ello creo, de verdad, que entre todos hemos matado a la Psicología.

Juan Sevillá Gascó. Psicólogo Clínico. Centro de Terapia de Conducta de Valencia.

ARTICULO DE OPINIÓN: “Manual del psicólogo de familia. Un nuevo perfil profesional”

El presente texto es un artículo de opinión sobre un manual de psicología y una reflexión sobre lo que en él se plantea. El libro se titula “Manual del psicólogo de familia. Un nuevo perfil profesional” coordinado por Luis M. Llavona y F. Xavier Mendéz.
Quisiera explicaros en primer término cómo conozco este libro y por qué lo elegí para este artículo de opinión.
Algunos de los casos con los que he trabajado son personas con problemas de ansiedad o de depresión que tras realizar una evaluación completa llegas a la conclusión de que parte del problema tiene que ver con dificultades en la educación de los hijos, problemas en las relaciones familiares, conflictos con hijos adolescentes, problemas en la adquisición de hábitos básicos de autonomía personal de los niños, etc. En otras ocasiones, son directamente estos problemas (de manejo de los hijos, de los conflictos familiares, etc.) la demanda principal.
Así pues decidí buscar bibliografía en relación con estos aspectos que a menudo se originan dentro del ámbito familiar.
Entre los distintos manuales este llamó mi atención en primer lugar por su título (y es que, ¿qué es eso del psicólogo de familia?) y en segundo lugar, por el contenido del mismo.
Empezaremos por el contenido del manual. El libro consta de 21 capítulos, aunque la presentación de los mismos no sigue ningún orden concreto, a mi me parece que sí que se pueden agrupar en diferentes bloques.
Por un lado se habla de situaciones vitales que generan malestar y que requieren un esfuerzo de adaptación. Estamos hablando de la adopción, separación y divorcio, familias reconstituidas, familias con personas mayores, familias con enfermos crónicos, el afrontamiento de la muerte en la familia, y familias de doble empleo.
Por otro lado de dificultades relacionadas con la crianza/educación de los hijos, como son problemas conductuales (desobediencia, agresión, hiperactividad),  conflictos padres-adolescentes, relación paterno-filial durante los tres primeros años de vida, problemas de hábitos básicos de autonomía personal (sueño, alimentación y control de esfínteres), ansiedad por separación y miedos infantiles.
Y también hay varios capítulos dedicados a problemas de otra índole como la violencia de pareja, la violencia ascendente (hijos que agreden a sus padres), la familia y los problemas de adicción y la detección de trastornos de salud mental por el psicólogo de familia.
Finalmente destacan varios capítulos dedicados a la educación para la salud de la familia, las escuelas de entrenamiento de padres, la educación positiva de los hijos y las dificultades frecuentes en la intervención con padres. Así como un capítulo dedicado al psicólogo de familia y otro a la familia en la sociedad actual.
El capítulo primero, el psicólogo de familia, dedica sus últimas páginas a hacer un breve resumen de los distintos capítulos, lo cual me parece una idea muy útil para saber de una manera rápida lo que ofrecer la lectura de ese texto.
Por este motivo, en lugar de hacer un resumen de cada capítulo me ha parecido más atractivo destacar de entre todos aquellos que me han resultado más interesantes por diferentes motivos.
Me parece enriquecedor para aquellos terapeutas que tengan que trabajar con progenitores, el capítulo dedicado a las dificultades frecuentes en la intervención con padres de R. Ramos-Paúl, en este se explica de manera clara, breve y con ejemplos algunas de las actitudes a abordar con los padres cuando empezamos una terapia, así como problemas básicos que suelen plantearse a la hora de implementar las técnicas.
También me ha resultado interesante, el capitulo escrito por I. Espinar e I. Carrasco dirigido a la intervención y prevención familiar en las familias reconstituidas. Puesto que en la sociedad actual es muy frecuente este tipo de familias, tendremos que disponer de herramientas  para poder abordar sus problemas.
El capitulo hace en primer lugar una explicación del ciclo evolutivo de la familia y luego las peculiaridades de la familia reconstituida. Describe las áreas a evaluar, así como algunas escalas que se suelen emplear con el objetivo de determinar las variables responsables de la disfunción familiar. Luego habla de la intervención, que se centra sobre todo en la psicoeducación, la terapia marital y técnicas de reestructuración cognitiva. Finalmente explica un programa de enriquecimiento para familias reconstituidas de Michaels.
Para mí un tema totalmente desconocido es el de la violencia ascendente: los hijos que agreden a sus padres. C. Gesteira, M. González, M.P. García-Vera, I. Fernández y J.L. Graña explican muy bien en el capítulo, las características clínicas de los hijos agresores y de los padres agredidos, así como una explicación detallada de cómo hacer la intervención tanto en los menores como con los padres. Me parece también interesante la descripción de los factores a tener en cuenta para prevenir el problema. Y la idea de la importancia en este problema tanto de las variables individuales, como de la interacción entre las personas que componen la familia y la relación de ellos con su entorno.
En el capítulo dedicado a los conflictos padres-adolescentes que presenta C. Inglés, E. Estévez, J.A. Piqueras y G. Musitu, se hace una síntesis de los principales temas de discusión entre padres e hijos adolescentes, para posteriormente abarcar de una manera más extensa tanto los dos recursos fundamentales para prevenir el conflicto que son: la comunicación positiva y empática, y el estilo democrático en las interacciones sociales y la resolución de conflictos. Más adelante se habla de la intervención propiamente dicha, es decir, cómo trabajar con los padres y adolescentes cuando ya ha aparecido el conflicto. Finalmente, se describe de forma breve tres programas de intervención para la resolución de conflictos en la esfera familiar.
En general, los capítulos están estructurados de una manera muy didáctica, con subapartados que facilitan la lectura, cuadros y tablas donde se resume la información, diagramas explicativos y ejemplos tanto de casos como de cuestionarios de evaluación.
La redacción es sencilla pero rigurosa, lo que hace la lectura amena. La información que proporciona permite adaptar y utilizar gran parte de su contenido en la práctica clínica. Además cada capítulo cuenta con su bibliografía al final de este, lo que permite poder acceder a las fuentes originales citadas.
Creo que es un buen manual para tener en la biblioteca personal, estoy segura que lo consultareis con frecuencia, como me ha pasado a mí.

Y ahora vamos a por el título: “Psicólogo de familia”. ¿Qué es eso?
Los autores reivindican la necesidad de establecer un ámbito psicológico propio de la familia, a pesar de que los psicólogos clínicos, educativos, del ámbito de la intervención social o jurídica ya realizan intervenciones en las que implican a las familias. Consideran que el campo de la familia tiene la suficiente importancia y relevancia dentro de la sociedad como para que se considere al psicólogo de familia como un ámbito de actuación diferenciado.
Si nos paramos a reflexionar un poco sobre ello, todas las personas en algún momento de nuestra vida nos tenemos que enfrentar a situaciones vitales que generan malestar, y que requieren un esfuerzo de adaptación. Algunas personas percibirán estas situaciones como estresantes y harán una mala adaptación a las mismas. No obstante, no deberíamos confundirlas con reacciones psicológicas normales ante las frustraciones de los acontecimientos estresantes.
Si tenemos en cuenta las teorías del estrés, sabemos que una situación se percibe como estresante cuando la persona cree que no dispone de recursos suficientes (incluyendo las propias habilidades de afrontamiento, el apoyo social, los recursos materiales, etc.) como para hacerle frente y esta situación pone en peligro su bienestar personal.
Cuando nos encontramos ante esta situación que aparece dentro de los tres meses siguientes a la aparición del estresor, con presencia de síntomas emocionales o conductuales como respuesta a éste, los síntomas o comportamientos generan malestar mayor del esperable o deterioro significativo en la actividad social o laboral/académica, no respondiendo la sintomatología a una situación de duelo, estamos delante de un trastorno adaptativo según el DSM-IV-TR. Sabemos que las reacciones predominantes en un trastorno adaptativo suelen ser depresión y ansiedad.
Ahora pues, imaginemos que la figura del psicólogo de familia está normalizada dentro de la sociedad y del sistema de salud. Que tenemos un psicólogo de familia accesible en atención primaria, como pasa con otros profesionales sanitarios. ¿Cual podría ser el papel de este nuevo perfil profesional que se plantea en el libro?. Yo me imagino que podría jugar un papel fundamental a tres niveles:
Un primer nivel que consistiría en fomentar la adaptación de las personas ante situaciones vitales complejas que generan malestar a través de la psicoeducación (reacciones comunes a acontecimientos estresantes, el significado de las dificultades y los problemas y el impacto de los acontecimientos estresantes en nuestras vidas), la potenciación de recursos propios y pautas concretas que faciliten esa adaptación en función de cada persona.
Un segundo nivel que se centraría en prevenir la aparición de trastornos emocionales. Reacciones emocionales normales ante situaciones vitales pueden derivar en trastornos adaptativos, de ansiedad o trastornos del estado de ánimo principalmente.
Y un tercer nivel encaminado a tratar los trastornos emocionales en caso de que aparezcan.
Como idea final me gustaría destacar el papel del psicólogo en el campo de la prevención de patologías y no solo del tratamiento de las mismas. De hecho la apuesta por un psicólogo de familia creo que pretende enfatizar esta parte del trabajo de la psicología.
Tal vez, en estos momento la sociedad y el sistema aun no estén preparados para la figura del psicólogo de familia que se plantea en este texto, pero estoy segura que algún día la veremos instaurada dentro de nuestro sistema de salud.

BIBLIOGRAFIA:
LLavona, L. M. y Méndez, F.X. (coords.). (2012). Manual del psicólogo de familia. Un nuevo perfil profesional. Madrid: Pirámide.

Rosella Mallol Sales

ENTENDIENDO LAS MENTIRAS

“Deseo que, por un día, papá no pueda mentir”. Esta frase pertenece a la película “Mentiroso Compulsivo”. Con ella pretendo extraer un elemento de nuestra vida cotidiana que queda reflejada en el cine, como tantas otras cosas. La mentira forma parte de nuestro día a día. Ésta, generalmente está mal vista pero no todas sus expresiones son iguales, ni los mentirosos, ni las razones para mentir, etc. Hablaremos de ello e intentaremos entenderlo en las próximas líneas.
La palabra “mentira o falsedad” procede del término griego “pseudos” y equivale a aquella manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa. Como vemos, supone un significado muy amplio para intentar describir algo que en cada caso es muy concreto. Por tanto, para especificar el término podríamos distinguir entre un tipo u otro de mentiras, englobándolas en cuatro grandes tipos:
– Mentiras esporádicas: Suponen el tipo más común y la idea general que tenemos de mentir. Son las que utilizamos la mayoría de nosotros en nuestro día a día. Dentro de esta categoría estarían las verdades a medias, las ocultaciones de información, las mentiras “piadosas” para no herir los sentimientos de alguien, etc. Éstas no constituyen en sí un problema.

– Mentiras evolutivas: Son propias de los niños al empezar a crear su capacidad imaginativa, los cuáles mienten como parte de éste proceso de construcción mental. Este tipo tampoco constituye un problema, siempre que aprendamos a diferenciar la fantasía de la realidad.

– Mentiras egoístas: En éstas, la persona miente deliberadamente para conseguir un beneficio secundario, ya sea económico o de cualquier otro tipo. Se miente para obtener ganancias, sin importar por encima de quién o de qué tenga que pasar. Quienes las usan suelen carecer de código moral o remordimientos al hacerlo, sólo experimentan vergüenza si son descubiertos.

– Mentiras repetitivas: Aquí encuadraríamos el trastorno llamado mitomanía, mentiras compulsivas, mentiras patológicas etc. En ellas, las personas mienten por el simple placer de hacerlo, ya que se sienten bien llevándolo a cabo, no se ven a sí mismas como mentirosas, ni creen que tengan ningún problema. Cabe destacar que este tipo de mentiras no son incompatibles con las egoístas o las esporádicas, por ejemplo. Son  las que más nos interesan por constituir un verdadero problema que puede agravarse y desembocar en algún trastorno ya sea del control de impulsos,  o de compulsión; aunque aún no hay acuerdo sobre su clasificación.
La mentira compulsiva no es un motivo de consulta en sí mismo, pero sí subyace como un problema en aproximadamente, un 35% de los pacientes tratados en muchos centros de psicología.
En determinados trastornos, la mentira es un elemento de gran importancia, Por ejemplo, en los pacientes con consumo de sustancias, dónde hay datos que apuntan que un 92% éstos pacientes mienten . Esta relación se observa en trastornos como en el alcoholismo o el juego patológico, dónde la persona miente deliberadamente para conseguir dinero y utilizarlo en las máquinas tragaperras, en el bingo, en apuestas, etc. Al principio la mentira obedecería a un acto más voluntario, creyendo el sujeto que puede controlar su hábito, pero ésta se vuelve más automatizada y es cada vez más difícil salir de ella.

El origen de un mentiroso puede estar originado en la infancia, dónde ya habíamos dicho que es más común mentir por la formación de la capacidad imaginativa y obteniendo el niño placer por ello. Pero si no se gestionan bien las mentiras esto puede acabar suponiendo un problema grave. Por ello, es importante no reñirle ni castigarle porque haya mentido, sino que es mejor explicarle y enseñarle a diferenciar entre fantasía y realidad. Además de este período evolutivo, es de vital importancia el entorno del niño, ya que si éste observa a modelos cercanos que utilizan la mentira como forma de eludir responsabilidades, o retrasar problemas, éste aprenderá que es un medio útil para alcanzar ciertas cosas y tenderá a utilizarlo. ¡Incluso los mismos adultos en ocasiones hacemos participar a los niños en nuestras propias mentiras! Y si a esto le sumamos las veces que nos enfadamos con ellos por decir la verdad, sobre todo en cuestiones asertivas (ej. “No quiero besar a ésa señora porque huele mal”), estamos enseñándole a ser “un pequeño mentiroso”.

En cuanto a la personalidad del mentiroso, los expertos coinciden en que éste suele tener una autoestima baja y ejerciendo la mentira se crea una imagen de sí mismo en la que sale mejor parado que en la realidad. La persona no se acepta completamente y por eso inventa cosas que no son reales, y/o evita mostrar otras que no le gustan de sí mismo. Quiere impresionar. Necesitan engrandecerse a través de sus expresiones para buscar el asombro, control o aceptación de las personas que les rodean.

A nivel teórico-explicativo, la mentira guarda la misma relación que en otros trastornos emocionales que tratamos en nuestro día a día en consulta, como pueda ser, la evitación en los trastornos de ansiedad. La mentira es utilizada para evitar o retrasar algo desagradable, por tanto cumple función de refuerzo negativo. También sirve para obtener algo agradable, como potenciar la creatividad o inducir un cambio en otra persona y sentirse poderoso por ello, por tanto, cumpliría también la función de refuerzo positivo.

En la mentira también se obtiene cierto placer. El sujeto se siente de alguna forma más listo que los demás. Además, el hecho de correr cierto riesgo favorece la elevación de la adrenalina. Si aprendemos a eludir responsabilidades y conseguir lo que queremos mediante la mentira, repitiéndolo durante mucho tiempo, ésta termina convirtiéndose en un hábito y cada vez cuesta más salir de ése círculo: el hecho mentir suele asociarse a seguir mintiendo y unirla con otras nuevas para que la historia tenga sentido, comenzando así un efecto de “bola de nieve”, ya que se han de cubrir sus mentiras previas con las nuevas.

Para concluir, es imposible saber realmente cuándo alguien miente. A nivel neurobiológico hay estudios que apuntan a que en el lóbulo frontal de los mentirosos hay más sustancia blanca que materia gris, pero los datos aún no están muy claros. Para intentar saberlo se han utilizado diversos aparatos, siendo el más conocido el polígrafo, que incluso se le ha llegado a llamar detector de mentiras. Éste ha sido incluso utilizado en el mundo televisivo para cierto tipo de espectáculo, pero no nos indica las mentiras, sino las reacciones fisiológicas del cuerpo. Pero como todos los aparatos, ¿hasta qué punto tienen la fiabilidad y la validez necesaria para inferir que cierta reacción correlaciona con el hecho de estar diciendo una mentira? Lo único que nos queda es estar atentos a ciertas pautas comportamentales como el nerviosismo, el hecho de tartamudear, el no mirar a los ojos, la utilización de respuestas demasiado detalladas, si se está a la defensiva, etc. Pero aún sigue siendo todo un campo a estudiar del que faltan muchos estudios concluyentes.

 
Bibliografía utilizada:

Ferrari, L. (2011). Cómo descubrir la mentira y al mentiroso. www.tusbuenoslibros.com

[VVAA] (2010). La mentira y el autoengaño en la sociedad actual. Madrid: Departamento de publicaciones Fundación Instituto Spiral.
Bibliografía recomendada:

Ekman, P. (2009). Cómo detectar mentiras: una guía para utilizar en el trabajo, la política y la pareja. Paidós Ibérica.

Martínez Selva, J. M. (2005). La psicología de la mentira. Paidós.

 

Maria Moreno Monzó
Curso 2010-2012
23ª Edición

CIA: CONSECUENCIAS DEL Consumo Intensivo de Alcohol en una muestra de adolescentes

PATRÓN DE CONSUMO DE ALCOHOL ENTRE LOS JÓVENES
La complejidad y la extensión del consumo de alcohol entre la juventud española, constituye un fenómeno social que trasciende el ámbito autonómico, local e individual, considerándose necesario una correcta evaluación multidimensional que permita identificar sus determinantes. Esto constituye un reto, un debate permanente, cuya solución requiere de la participación de cada integrante de la comunidad, sus instituciones y Administración en general.
El alcohol es la droga que causa más problemas sociales y sanitarios. En los últimos años, se ha experimentado un descenso en su consumo pero su vinculación con problemas laborales, urgencias e ingresos hospitalarios, accidentes de tráfico, violencia doméstica, maltrato infantil, y en general con una mayor morbilidad y mortalidad está ampliamente probada.
En las últimas décadas se han experimentado cambios muy importantes tanto en las cantidades ingeridas, como en los patrones y en el significado atribuido al consumo, sobre todo por parte de la población más joven.
Desde el estudio epidemiológico realizado en los años cincuenta por Strauss y Bacon en población estadounidense, diversos autores de todos los países han mostrado el alarmante incremento del consumo de alcohol entre jóvenes universitarios, empezando a plantearse la existencia de un patrón de consumo de riesgo en esta población (Parada et al. 2011).
Actualmente puede concluirse que los jóvenes europeos, tanto varones como mujeres, se caracterizan por la ingesta de cantidades elevadas de alcohol, realizada durante pocas horas, principalmente en momentos de ocio de fin de semana, con algún grado de pérdida de control y con aparición de períodos de abstinencia entre episodios (Cortés, 2006). Además, este patrón suele ir unido a una escasa percepción de riesgo (Anderson y Baumberg, 2006; Bloomfield, Stockwell, Gmel y Rehn, 2003; Calafat, 2007; Farke y Anderson, 2007; Gmel, Rehm y Kuntsche, 2003; Kuntsche, Rehm y Gmel, 2004; Wechsler, Davenport, Dowdall, Moeykens y Castillo, 1994).
Con motivo de conocer la magnitud del problema de consumo juvenil de drogas en nuestro país, la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas (DGPNSD), con la colaboración de Gobiernos de las Comunidades Autónomas (Planes Autonómicos sobre Drogas y Consejerías de Educación) y el Ministerio de Educación, realizan una Encuesta Estatal entre los Estudiantes de Enseñanza Secundaria (ESTUDES), esta encuesta viene realizándose desde 1994 de forma bienal con estudiantes de 14 a 18 años y permite conocer la situación actual, las tendencias de consumo de drogas, los patrones de consumo, las actitudes ante las drogas y los factores asociados (tiempo de ocio, percepción de riesgo, disponibilidad percibida, problemas sociales o de salud derivados de éste, actitud de los padres, información recibida y consumo de drogas en el grupo de iguales). Los resultados obtenidos facilitan poder diseñar políticas de intervención preventivas ajustadas en tiempo, magnitud y necesidad. En 2008 se realizó la última encuesta ESTUDES observándose, concretamente que el 81,2% de los estudiantes entre 14 y 18 años toman bebidas alcohólicas alguna vez en la vida, un 72,9% consume en el último año y la proporción de consumidores actuales de alcohol, es decir, aquellos que lo han consumido alguna vez en los 30 días previos a la encuesta, es del 58,5%.
Precisamente en la Comunidad Valenciana se obtienen porcentajes mayores de consumidores de alcohol en comparación con la prevalencia estatal. De los 3.119 entrevistados, el 84,4% había tomado bebidas alcohólicas alguna vez en la vida, un 76,9% lo había consumido en los últimos 12 meses y un 65% en los últimos 30 días.
En 2008 las sustancias con un consumo más temprano fueran el tabaco y el alcohol, situándose en todos los casos entre los 13 y los 14 años, independiente del sexo. La prevalencia de borracheras (29,1% en 2008), ha vuelto a situarse en cifras parecidas o superiores a las de 2004 (28%), parece que aumenta la tendencia a beber de forma más intensiva entre los que beben.
Con respecto a este consumo intensivo o problemático, se investigan las borracheras y el consumo de cinco o más vasos o copas en la misma ocasión, entendiendo por “ocasión” el tomar las bebidas seguidas en un intervalo aproximado de dos horas. En 2008 un 56,2% de los estudiantes de 14-18 años se había emborrachado alguna vez en la vida y el 29,1% lo había hecho en el último mes (29,4% chicos, 28,7% chicas).
En cuanto al indicador de consumos en atracón el 41,4% de los estudiantes que habían consumido bebidas alcohólicas en los últimos 30 días (38,3% chicas y 44,7% chicos), había ingerido al menos una vez durante ese período 5 o más consumiciones y el 15,2% lo había hecho más de 4 veces durante el último mes.
Uno de los fenómenos que favorece la consolidación de este patrón de consumo de riesgo juvenil en nuestro país es el botellón, iniciado en la década de los noventa y que representa actualmente una práctica generalizada a lo largo de todo el territorio español (Cortés, Espejo y Giménez, 2007). Un aspecto que destacan todos los estudios sobre este fenómeno es el del elevado porcentaje de jóvenes que consumen alcohol durante el mismo, entre un 70-90% de los entrevistados (Alternativajoven, 2006a,b; Baigorri, Fernández y GIESyT, 2003; Calafat et al., 2005; Cortés et al., 2007, 2008, 2010; Navarrete, 2004; Nogués, Borrás, Segura, Ruiz y Botella, 2004; Sánchez y Rubio, 2001), tanto varones como mujeres, en su amplia mayoría, realizan un consumo en forma de atracón o Binge Drinking (Cortés et al., 2007; 2008; 2010).
Casi todos (99,8%) los que habían bebido en fin de semana, un 23% de los estudiantes había bebido todos los fines de semana.
Conforme aumenta el riesgo percibido ante el consumo de una droga, tiende a disminuir la extensión o la intensidad del consumo y viceversa. En ESTUDES (2008) las conductas de consumo de drogas que los  estudiantes asocian a un menor riesgo, son tomar 5 ó 6 cañas/copas de bebidas alcohólicas en fin de semana, tomar 1 ó 2 cañas/copas diariamente y tomar tranquilizantes esporádicamente.
Por el contrario, las conductas asociadas a un mayor riesgo no se relacionaron con el  alcohol, su visión  no es precisamente alarmante.
Otro de los elementos que todas las investigaciones señalan como relevante en el inicio y mantenimiento del consumo de drogas, es la actuación del grupo de iguales. El adolescente es especialmente vulnerable ante la presión del grupo de iguales pues necesita sentirse partícipe de él, compartir los rasgos que lo definen, tener un papel que desempeñar en el mismo, sentirse valorado por sus amigos, etc.
DEFINICIÓN CONSENSUADA DE CONSUMO INTENSIVO DE ALCOHOL (CON NIVEL DE EVIDENCIA 4).
A día de hoy continua sin disponerse de una definición consensuada a nivel internacional por todos los investigadores sobre lo que se considera un BD. En España, un grupo de expertos en adicciones concluyeron en la 1ª Conferencia de Prevención y Promoción de la Salud en la Práctica Clínica realizada en Madrid en 2007, que la terminología más adecuada en castellano para dar cuenta de este patrón de consumo era la de Episodio de CIA al referir un consumo esporádico de elevadas cantidades de alcohol, realizado en un intervalo de pocas horas. Además, lo definieron aludiendo a tres parámetros: cantidad consumida, intervalo temporal y nivel de alcoholemia alcanzado. Concretamente, la definición recomendada y que será utilizada en el presente trabajo es la de consumo de 60 o más gramos, en varones y 40 o más gramos, en mujeres, realizado durante un intervalo de 4-6 horas y en el que se alcanza un nivel de alcoholemia de 0,8g/l.
CONSECUENCIAS DERIVADAS DE UN CIA
Al centrarse en las consecuencias bio-psico-sociales que este patrón de consumo puede provocar entre los consumidores de estas edades.
Concretamente, desde hace una década se intentan delimitar las consecuencias más o menos graves a corto, medio y largo plazo que pueden generarse a partir de un CIA en la gente joven, ya que se reconoce que los problemas con el alcohol que manifiestan la población adulta no se corresponden con los propios del consumo juvenil (Kahler y Strong, 2006; Verster, Van Herwijnen y Kahler, 2009). Además se ha sugerido que el CIA durante la adolescencia es un factor de riesgo para el desarrollo posterior de abuso/dependencia de alcohol en la edad adulta (DeWitt, 2003; García-Moreno et al., 2008; Grant et al., 1997; MrCarty et al., 2004). Incluso se especifica que los consumidores intensivos que presentan este patrón de forma más frecuente (3 o más veces en las dos últimas semanas) son los que tienen más probabilidad de presentar abuso/dependencia (MSC, 2008).
Autores como O’Malley y Johnston (2002); Presley et al. (1996); Wechsler et al. (2000) apuntan que el beber en exceso se asocia con una gran cantidad de consecuencias negativas. Estas consecuencias varían en frecuencia y en gravedad (Perkins, 2002), oscilando desde riesgos leves negativos tales como llegar tarde a primeros trabajos, clases… a consecuencias más severas tales como la agresión interpersonal y la victimización sexual (Abbey, 2002; Donovan y McEwan, 1995; Perkins, 2002; Presley et al., 1996).
Los estudios neuropsicológicos que están permitiendo evidenciar las consecuencias que esta forma de consumo tiene sobre la maduración cerebral (Cadaveira, 2009; Chambers, Taylor y Potenza, 2003; Spear, 2002; Tapert, 2007; Winters, 2004), repercutiendo en cuestiones de aprendizaje, seguimiento de normas o regulación emocional.
El consumo abusivo ocasiona daños en el cerebro siendo la corteza prefrontal (CP) una de las regiones más afectada, provoca un peor rendimiento en tareas neuropsicológicas como Dígitos, Corsi o Stroop.
La investigación con modelos animales demuestra los graves efectos estructurales y funcionales que este patrón de consumo puede tener a estas edades. Algunas regiones como el cortex prefrontal y el hipocampo, de maduración más tardía, y los importantes procesos que éstas organizan, parecen diana especial de la acción del alcohol. Concretamente estudios como los de Tapert y Brown en San Diego con adolescentes que habían estado presentes en al menos 100 sesiones de CIA permitieron verificar los peores rendimientos que estos obtenían en test de aprendizaje, memoria y funcionamiento visuoespacial. En un estudio de seguimiento efectuado durante 8 años (desde los 16 a los 24) se comprobó un efecto acumulativo que se trasladaba a los resultados en pruebas de aprendizaje y memoria.
Atendiendo a la necesidad de concretar las consecuencias que este nuevo patrón de CIA genera entre los jóvenes españoles, en el presente trabajo se pretende evaluar en adolescentes que realizan CIA –evaluado según la propuesta anteriormente citada del grupo de expertos españoles, (MSC, 2008)- la presencia de diferentes tipos de consecuencias, de carácter interno y externo, recogidas previamente a partir de una revisión de lo publicado en la literatura internacional de los últimos cinco años.
MÉTODO
INSTRUMENTO DE MEDIDA
Para la elaboración del instrumento utilizado en este trabajo se ha utilizado, por una parte, el registro del patrón de consumo diseñado por el equipo de investigación de la Dra. Cortés en investigaciones anteriores (Cortés et al., 2008) y por otra parte la recopilación de consecuencias derivadas del CIA y motivos por los que éste se lleva a cabo, todo ello obtenido a partir de la revisión de diferentes estudios (Anderson y Baumberg, 2006; Caamaño, Corral, Parada y Cadaveira, 2008; Dennis, White y Ives, 2009; Farke y Anderson, 2007; Field, Shoenmakes y Wiers, 2008; Kahler, Hustad y Barnett, 2008; Read, Beattie, Chamberlain y Merrill, 2008; Read, Kahler, Strong y Colder, 2006; Verster, Herwijnen, Olivier y Kahler, 2009; Wechsler, Daverport, Dowdall, Moeykes y Castillo, 1994; Winters, 2001). El cuestionario  definitivo incluye junto con la información sociodemográfica  aspectos relacionados con el CIA: edad de inicio, si son consumidores habituales de alcohol o no, patrón de consumo, motivos, expectativas y creencias acerca del consumo intensivo realizado y consecuencias derivadas de esa ingesta.
MUESTRA
Se entrevistó a 343 jóvenes de entre 14 y 27 años en la ciudad de Tavernes de la Valldigna (Valencia), de los que se excluyeron los cuestionarios realizados por jóvenes no consumidores de alcohol.
Los datos fueron recogidos en centros educativos diferentes tanto colegios como institutos, siempre dentro del rango de edad establecido, utilizando el mismo instrumento y procedimiento de evaluación.
ANÁLISIS
Motivos y expectativas del consumo de alcohol
Se realizó un análisis de varianza (ANOVA de un factor) considerando el tipo de consumidor como VI, para comprobar si existen diferencias entre motivos y expectativas sobre el CIA.
Consecuencias del consumo de alcohol
Se ha comprobado mediante pruebas ?2 si el número de jóvenes que experimenta cada una de las consecuencias difiere en función del tipo de consumidor.
DISCUSIÓN
En este estudio el número de estudiantes que realiza un CIA  ha sido mayor respecto al número de estudiantes que no consumen de esta forma. Manifestando así un notable incremento de este patrón de consumo entre jóvenes adolescentes, tendencia que coincide con diversos estudios anteriores (Comisión Clínica PNSD, 2007; Comisión de Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria, 2007; Cortés et al., 2007, 2008, 2010; Navarrete et al., 2004; OED, 2008, 2009).
A más edad  el consumo es mayor, pero la edad de inicio ha disminuido, se consume a temprana edad. Entre edades de 14 y 15 años ha aumentado  el consumo de manera notable, respecto a las demás edades coincidiendo valores con la ESTUDES de 2009.
El CIA durante la adolescencia es un factor de riesgo para el desarrollo posterior de abuso/dependencia de alcohol en la edad adulta (DeWitt, 2003; García-Moreno et al., 2008; Grant et al. 1997; MrCarty et al., 2004). Diversos investigadores afirmar la correlación existente entre el CIA y  sufrir dependencia y abuso en etapas posteriores de la vida (Hill, Whote, Chung, Hawkins y Catalano, 2000; Oliva, Parra y Sánchez, 2008), apoyan la idea de que existe un elevado nivel de riesgo a quedar inmerso en el proceso adictivo. Consumir con este patrón a edades tempranas también es una variable predictora para el posterior consumo de otras drogas y experimentar aditivamente sus propias consecuencias psicosociales de cada una (Artamendi et al., 2010).
Además los jóvenes que adquieren este patrón de consumo, consumen más número de bebidas independientemente de la situación, tanto en salidas consideradas normales como en celebraciones (Baigorri, Fernandez y GIESyT., 2003; Canmaño Isorna, Corral, Parada y Cadaveira, 2008; Cortés et al., 2007, 2008, 2010; Courtney et al., 2009; Kahler et al., 2004; Luczak et al., 2001; Maddock et al., 2001; Perking, DeJong y Kinkenbach, 2001; Read, Beattie, Chamberlain y Merrill, 2008; Rodríguez Martos, 2007; Tucker et al., 2003; Wechsler, 2000; Wechsler et al. 1994; 1995; 2001). En este estudio se obtuvieron cifras concretas: los estudiantes CIA consumían una media de aprox. 6 copas en una salida normal y 9 en una salida especial ingiriendo un máximo de 111gramos, cantidades que reflejan el elevado consumo.
El porcentaje percibido respecto al consumo del grupo de iguales es representado por los estudiantes mayor de lo que es en realidad, baremos que también replican la ESTUDES 2009, viendo así la percepción distorsionada del estudiante que tiene una concepción de atribuir al consumo normalidad, más de la mitad de los jóvenes apunta que todos o la mayoría de sus amigos con los que se relacionan han tomado bebidas alcohólicas.
Describen que beben de manera concentrada para llegar a estar más eufóricos o animados, sentirse bien, llegar a desinhibirse y divertirse consiguiendo así un estado de ánimo positivo. Esperando con ello aguantar más tiempo en la fiesta.
Ser más hábiles socialmente y poder hacer amigos con más facilidad también es uno de los motivos que atribuyen al alcohol.
Esperan obtener unos efectos propios de consumos de menor cuantía (Cadaveira, 2009; Cortés et al., 2007, 2008, 2010) sin embargo es evidente la necesidad de resolver estas falsas expectativas, notoriamente acentuadas conforme se incrementa el consumo de alcohol.
Sin embargo al centrarnos en las consecuencias bio-psico-sociales derivadas, se ve que consumir con este patrón intensivo  presenta  diversos problemas de salud, que el propio adolescente ya está notando y discriminando en sí mismo, Kahler et al., 2005 también recoge resultados similares.
Las consecuencias físicas registradas en este estudio van desde resacas al igual que en estudios anteriores (Wechsler, Dowdall, Davenport,y Rimm, 1995), tener vómitos, olvidos frecuentes de secuencias durante el consumo, o incluso por no poder levantarse a la hora normal en la que suelen hacerlo y padecer desmayos.
Los estudiantes también perciben consecuencias sociales derivadas del consumo, más de la mitad de la muestra estudiada reconocen haber causado bochorno o vergüenza a alguien, haber llegado a ponerse groseros o desagradables, arrepentirse de conductas realizadas durante el consumo y llegar ofender a los demás o generar disputas.
Con respecto a las consecuencias profesionales, porcentajes superiores a la media indican que muchos jóvenes no han asistido a clase por indisposición (95%), han asistido bajo los efectos del alcohol (88,60%) e incluso se añade que por los síntomas físicos experimentados no rinden igual que un día en el que no consumen (76,50% de la muestra). Reconocen, por tanto, dejadez en sus responsabilidades.
Las conductas de riesgo asociadas suelen seguir la misma pauta que las otras consecuencias, más de la mitad de los jóvenes CIA ha estado involucrado en peleas al tomar alcohol, mantener relaciones sexuales sin protección también es una consecuencia sobresaliente en este colectivo al igual que la realización de gamberradas, conducción temeraria de vehículos, conductas violentas y daños a la propiedad.
Asimismo, afirman realizar un mayor consumo de tabaco u otras sustancias al mismo tiempo que están consumiendo alcohol y dejar otras conductas lúdicas por preferir estar bebiendo alcohol.
Una de las consecuencias más reconocida por parte de los jóvenes consumidores, es el destacar su reconocimiento de que beben durante más tiempo o en mayor cantidad de lo acordado inicialmente o en momentos en los que se tenía previsto no hacerlo, más de la mitad de los estudiantes se han sentido ansiosos al dejar de beber.
Son conscientes de que actualmente necesitan consumir una mayor cantidad de alcohol que cuando se iniciaron hace años, notan una gradual pérdida de control sobre la conducta de consumo. A pesar de ello llama la atención que es menor el porcentaje de estos jóvenes que ha pensado o intentado dejarlo en algún momento.
Si se engloban todo lo enunciado, se prevé que las consecuencias evaluadas son diversas y sufridas por un porcentaje grande de jóvenes. Independientemente del tipo de consumo realizado y englobando al totalidad de los sujetos destacan  las consecuencias que reflejan la sintomatología física, seguido por las referidas al grado de control sobre la conducta de consumo y en tercer lugar las conductas de riesgo asociadas a esta ingesta.
El colectivo de consumidores no intensivos presenta menor puntuación en prácticamente la totalidad de consecuencias evaluadas. Aunque cabe destacar que también experimentan sintomatología como dolor de cabeza o de estómago o haberse sentido mal e incluso vomitado tras el consumo.
Con este trabajo experimental se pretendía realizar una sobre cuál es la situación actual de este patrón de consumo. Valorando cuáles son los motivos y creencias que llevan a los jóvenes a practicarlo.
Viendo que se espera de esta forma intensiva de consumir, más las diversas y numerosas consecuencias experimentadas del mismo consumo se espera poder realizar mejores políticas de prevención. Políticas no centradas en dramatizar consecuencias a largo plazo sino en las experimentadas en la actualidad y reconocidas por ellos mismos. Aumentar la autopercepción de riesgo y eliminar las creencias disfuncionales sobre el consumo de alcohol.
Es importante dar a conocer la propia consciencia que tienen de pérdida de control sobre la conducta adictiva, llegando a crear dudas o posibles planteamientos en la población juvenil. Todo esto con la finalidad de reducción del consumo.

Paula Sendra Manclús – CV: 10445

PATOLOGÍA DUAL EN PERSONAS CON DISCAPACIDAD INTELECTUAL. “PROGRAMA CONMIGO + DE LA FUNDACIÓN ASINDOWN”

A la hora de definir la discapacidad intelectual, se tendrá en cuenta, que son diversos factores los que se ven afectados en personas con retraso mental.
El retraso mental no depende sólo del  nivel intelectual ni de las habilidades de adaptación por separado, sino de ambos elementos. El  concepto se refiere así, a una limitación importante en el funcionamiento de la persona, consecuencia de la interacción de las capacidades restringidas del individuo con el medio en el que vive, no a las limitaciones de la persona en sí mismas.
El DSM-IV establece que el retraso mental se caracteriza por el déficit o alteraciones de ocurrencia en la actividad adaptativa actual (eficacia de la persona para satisfacer las exigencias planteadas para su edad y su grupo cultural), en por lo menos dos de las áreas siguientes: comunicación personal, vida doméstica, habilidades sociales /interpersonales, utilización de recursos comunitarios, autocontrol, habilidades académicas funcionales, trabajo, ocio, salud y seguridad.
La capacidad intelectual es además significativamente inferior al promedio: un CI aproximadamente de 70 o inferior en un test de CI administrado individualmente (en el de niños pequeños, un juicio clínico de capacidad intelectual significativamente inferior al promedio).
Éstos son los criterios de diagnóstico del retraso mental que aparecen en el DSM-IV como trastorno en la infancia, niñez y adolescencia, siendo el inicio anterior a los 18 años.
Asociaciones como la AAIDD (American Association on Intellectual and Developmental Disabilities), en 1os  títulos de las revistas y en la investigación  publicada  (Parmenter,  2004; Schroeder, Gertz y Velázquez,  2002), cada vez más se  utiliza el término discapacidad intelectual en lugar de retraso mental, por lo que a partir de ahora utilizaremos éste término.
Sin embargo, existen carencias en el diagnóstico y el tratamiento de la patología dual, entendiendo ésta como trastornos mentales que interactúan con la discapacidad intelectual. Un dato importante y significativo que me ha motivado a escribir este artículo es que la discapacidad intelectual afecta aproximadamente al 1,5% de la población en general y aproximadamente un tercio de las personas con discapacidad intelectual presentan trastornos de la conducta y enfermedades mentales. Los estudios de prevalencia han mostrado de forma consistente que entre el 20 y el 40% de las personas con discapacidad intelectual también tienen alguna forma de trastorno mental (Bouras, Holt, Day y Dosen, 1999). Lo que constituye uno de los principales retos que debemos afrontar los profesionales y servicios que les prestamos atención y apoyo.
La carencia de recursos sanitarios es significativo en lo que respecta a la investigación y a la formación sobre este tema. La discapacidad intelectual, la principal causa de costes sanitarios, es al mismo tiempo la que menos interés despierta entre los profesionales de salud, debido al desconocimiento y dificultad para diagnosticar.
En los últimos años ha cambiado de sentido debido a la presión de las asociaciones de familiares, y la progresiva conciencia de la  auténtica dimensión del problema por parte de las autoridades sanitarias. Hay que destacar sin duda los espectaculares  avances  acontecidos  en  el  conocimiento de la discapacidad intelectual  a diferentes niveles (genética, atención temprana, evaluación psiquiátrica,  psicofarmacología, intervención psicosocial, etc).
Tradicionalmente se ha sostenido que las causas de los trastornos mentales que aparecen en personas con discapacidad intelectual deben ser similares a las de los individuos  con inteligencia normal.  Sin embargo, la experiencia clínica apunta en otra dirección. Debido a su menor desarrollo cognitivo y habilidades de comunicación, así como al incremento  de riesgos de deterioro físico y  enfermedades asociadas, en las personas con discapacidad intelectual, los trastornos mentales se presentarán generalmente en forma de alteraciones de la conducta, señales físicas y/o quejas, pérdida de habilidades y de memoria, cambios en el apetito o en el ritmo de sueño, alteración de las capacidades cognitivas, etc. Estas alteraciones serán diferentes según los casos y dependerá de los diferentes trastornos asociados.
Así pues, la manifestación  clínica de un trastorno, su gravedad y la afectación sobre el funcionamiento, no pueden verse como el resultado de una causa única, aunque exista una conocida. Son el resultado de una  interacción  entre numerosos  factores  y  mecanismos (biológicos, personales y ambientales), los cuales determinan finalmente la adaptación social de la persona.
Por este motivo, por la necesidad de abordar una atención más integral a las personas con discapacidad intelectual y más concretamente a personas con Síndrome de Down, Asindown crea el PROGRAMA CONMIGO +:
Asindown fue fundada en 1989 por familias con hijos e hijas con Síndrome de Down (SD) de Valencia y su provinvia. Su objetivo es facilitar y promover cuantos medios sean necesarios para conseguir el desarrollo integral de las personas con Síndrome de Down y sus familias, y favorecer su plena inserción sociolaboral como miembros activos de la sociedad.
El Síndrome de Down es una alteración genética producida por la presencia de un cromosoma extra (o una parte de él) en la pareja cromosómica 21, de tal forma que las células de estas personas tienen 47 cromosomas con tres cromosomas en dicho par (de ahí el nombre de trisomía 21), cuando lo habitual es que sólo existan dos. El SD es la principal causa de discapacidad intelectual y la alteración genética humana más común: 1/700 concepciones.
Aquí es donde entra el rol del psicólogo, cuando surge la necesidad de mejorar las condiciones de vida de las personas con discapacidad intelectual, SD en este caso, que debido a problemas de salud mental, problemas físicos, psicológicos o sociales, no alcanzan las capacidades o habilidades esperadas, y que por tanto se separan de la evolución propias de otras personas con SD en su grupo de edad. Por todo esto, se crea un programa de apoyo, de atención directa a la persona con SD y su familia, desde una atención multidisciplinar, de creación, promoción y asesoramiento sobre recursos terapéuticos, psicológicos y sociales, llamado CONMIGO +.
Los principales trastornos mentales asociados al síndrome de Down son:
– Trastornos del estado de ánimo: depresión, manía y trastorno bipolar.
– Esquizofrenia y otros trastornos psicóticos.
– Autismo y problemas de comunicación y lenguaje.
– Trastornos de ansiedad: fobias, TOC
– Mutismo selectivo
– Trastorno de conducta: TDAH, oposición desafiante,…
– Demencia.
Dirigido a:
Conmigo + atiende las necesidades de personas con SD, que tienen o pueden  tener, si no todas, algunas de las siguientes características:
– Jóvenes que tengan reconocida una patología dual o cuyas características personales nos hagan sospechar de una patología dual.
– Dificultades relacionadas con el lenguaje y la comunicación de grado medio o severo y que dificulten de forma grave su desarrollo personal, emocional y social.
– Problemas de inadaptación, aislamiento o relación con un entorno social muy reducido.
– Regresiones y problemas en el desarrollo.
– Jóvenes cuya estructura familiar no favorece su desarrollo  personal.
– Jóvenes que necesiten adaptaciones físicas y/o psicológicas.
La experiencia ha demostrado que lo más importante a la hora de trabajar con este colectivo, y para garantizar el mayor éxito en el tratamiento, es el conocimiento en profundidad de la persona con discapacidad.
¿Cómo se trabaja?
La atención a las personas con SD que presentan necesidades específicas de apoyo, se iniciará en el mismo momento en que dicha necesidad sea identificada y detectada bien por la familia, centro educativo o profesional, asegurando la participación de los padres o tutores en la toma de decisiones a lo largo de todo el proceso de trabajo.
Equipo de trabajo profesional multidisciplinar: este programa está compuesto por profesionales psicólogos, pedagoga, médicos psiquiatra, neurólogo y pediatra, profesor de educación especial y voluntarios profesionales del sector.
La metodología de trabajo, se regirá bajo los principios de la Planificación Centrada en la Persona destacando, entre otros, los siguientes:
– Creación de grupos de trabajo de profesionales que se centren en la persona.
– Poner como punto de partida las capacidades y habilidades de cada uno, para trabajar las necesidades específicas.
– El desarrollo de un trabajo compartido entre los diferentes profesionales implicados y todos los agentes que interactúan con la persona, familia, centro escolar, ocupacional, comunidad, etc.
Procedimiento
La Derivación de casos al programa se podrá realizar, a través de:
– La demanda de la propia familia.
– Propuesta de los profesionales de Asindown.
– Centros escolares y centros ocupacionales
– Programa de Salud. Equipo de profesionales sanitarios que de forma voluntaria realizan una atención para la prevención y el diagnóstico precoz de enfermedades asociadas al SD.
– Otros recursos socio-sanitarios con los que, previamente, se ha presentado el programa y son susceptibles de colaborar.

1. Entrevista familiar:
– Recogida de información relevante.
– Expresión de necesidades, inquietudes y expectativas de la familia.
– Información sobre la metodología del programa.

2.  Fase de Recogida/ Intercambio de información sobre el usuario:
– Con el Usuario.
– Con la Familia.
– Con su entorno más cercano.
– Centro escolar y ocupacional.
– Con profesionales de Asindown.
– Otros profesionales socio-sanitarios.
Mediante entrevistas, cuestionarios específicos y adaptados, registros, observación en los entornos habituales de interacción.
3. Consolidación del grupo/red de trabajo
– Construir el grupo de apoyo: familiares, amigos, profesionales que le atienden.
– Toma de decisiones de actuación.
– Detectar las necesidades y áreas de mejora.
– Elaboración del Plan de Trabajo Individual.
– Establecimiento y valoración de las acciones de apoyo.
– Reparto de responsabilidades y funciones de los componentes del grupo de apoyo.
– Contacto con otras entidades.
– Formación continua del personal de atención directa.

4. Intervención y Apoyo centrada en el usuario.
– Intervención en las áreas de mejora establecidas.
– Coordinación continuada sobre los procesos de intervención.
– Valoración de los progresos.
– Modificaciones en los planes de acción si se requieren.
Devolución constante de información y revisión de la toma de decisiones.

5. Valoración continúa de las acciones de apoyo.
La necesidad de apoyo podrá ser temporal o permanente, aspecto que será valorado por todo el grupo de trabajo multidisciplinar y por la persona receptora de las acciones de apoyo.

¿Qué se pretende conseguir?
+ Desarrollo de capacidades:
De la persona SD, mediante apoyos terapéuticos de atención psicológica, con un entorno que comprenda sus necesidades y que permita el desarrollo de sus habilidades, para que la persona con SD mejore su calidad de vida.
+ Intervención:
Dirigida a la persona con SD, su entorno y sobre todo a los padres y otros familiares, para coordinar con ellos, con el centro escolar, y con otros posibles profesionales, las acciones de intervención.
+ Comunicación:
FomentaR el uso de herramientas que amplíen las posibilidades de lenguaje,  tales como sistemas alternativos y aumentativos de la comunicación, nuevas tecnologías, etc.
+ Inclusión:
Con apoyo a la participación en actividades de ocio y tiempo libre, a fin de paliar el aislamiento y trabajar la adquisición de habilidades sociales, a la vez que se ofrece respiro familiar.
+ Cooperación:
Iniciando procesos de cooperación y colaboración con diferentes recursos socio-sanitarios existentes.
BIBLIOGRAFÍA
– FEAPS: Salud mental y alteraciones de la conducta en las personas con discapacidad intelectual – Guía práctica para técnicos y cuidadores.
– Martín Cristóbal, Ana Belén, Algazara Psicología. – Intervención Psicológica en personas con discapacidad intelectual. FOCAD

Teresa Miedes Tronchoni. Promoción 23º

Trastornos del Afecto asociados al Consumo de Cocaína

La presencia de síntomas depresivos durante el síndrome de abstinencia a diversas drogas como los psicoestimulantes y cocaína es un hecho muy contrastado. Es muy significativo que el humor disfórico sea un fenómeno común en la abstinencia y en la depresión, lo que hace pensar que constituye un aspecto de trascendencia en la dependencia a sustancias. Se ha podido constatar que aquellos individuos que exhiben más síntomas depresivos durante la abstinencia a la cocaína obtienen un mayor efecto subjetivo ante una nueva administración de sustancias. Por tanto la aparición de síntomas depresivos durante la abstinencia constituye un elemento de mayor riesgo para el fracaso del tratamiento de la dependencia a cocaína.
Los síntomas aislados tales como la disforia, irritabilidad, el insomnio no constituyen por sí solos un trastorno del estado de ánimo. En segundo lugar cuando existe una constelación de síntomas afectivos, se debe intentar distinguir si el trastorno es inducido o independiente. El trastorno inducido suele remitir con la abstinencia, mientras que el independiente persiste y suele requerir tratamiento antidepresivo. (Nanni, 2009).
A menudo la interrupción brusca del consumo de drogas capaces de producir dependencia física puede desencadenar un síndrome de abstinencia.
Esta situación habitualmente produce ansiedad, conductas dirigidas a proveerse de drogas y un cuadro clínico con manifestaciones físicas y psicopatológicas diferentes en cada grupo de drogas. La problemática que generan los servicios de urgencias de pacientes toxicómanos que presentan síndromes de abstinencia, es extraordinariamente compleja y de difícil solución (Casas et al., 1993).
La relación entre los trastornos depresivos y ansiosos y los provocados por uso de sustancias es compleja. Su estudio presenta dificultades comunes a cualquier patología dual, además de precisar diferenciación entre diversos síntomas del ánimo o de ansiedad que pueden aparecer durante la dependencia y un verdadero trastorno depresivo o  ansioso. En ambos casos pueden ser primarios, los depresivos y/o de ansiedad pueden ser secundarios al consumo o viceversa.

Hipótesis Explicativa de la Comorbilidad
• La intoxicación y abstinencia de sustancias ocasionan síndromes ansiosos o depresivos temporales.
• Trastornos del ánimo o de ansiedad como consecuencia de la dependencia. Estos trastornos son secundarios al consumo en 2/3 de los sujetos con Comorbilidad.
• Dependencia de sustancias  como automedicación ante un trastorno de ánimo o de ansiedad. La psicopatología es un factor de riesgo para la dependencia, antecede a la adicción en el 23-40% (con mayor frecuencia en mujeres) y constituye un factor de severidad.
• Presencia de factores de riesgo comunes.

Los pacientes con trastorno del ánimo o de ansiedad que consumen sustancias complican su trastorno de base. Modifican los síntomas, empeora el curso de la enfermedad con aumento de la cronicidad y del riesgo suicida y disminuye la eficacia del tratamiento. Tanto la intoxicación como la abstinencia de estimulantes y depresivos agravan los trastornos de ansiedad y depresión. (Ochoa, 2006).

Cocaína y Depresión

Al igual que ocurre con otros trastornos por uso de sustancias, el abuso o dependencia a cocaína se asocia con un mayor riesgo de depresión. La asociación con el trastorno depresivo mayor se ha estimado en un 18%. Así en estudios realizados con sujetos que se encontraban en tratamiento por trastornos relacionados con el consumo de cocaína, se han descrito de un 20% a un 61% de antecedentes de trastornos afectivos.
Estos sujetos que presentaron ambos trastornos, resultaron ser más refractarios al tratamiento.
La presencia de un trastornos afectivo condiciona una mayor severidad de la dependencia a cocaína. Dos estudios realizados en consumidores de cocaína, demostraron que los consumidores se encontraban deprimidos, presentaron mayor grado de euforia asociada tras la administración de cocaína, que los consumidores de cocaína sin depresión asociada. (Martínez, Peñas, Chamorro, Aragües, Martín y Rubio, 2010).
Los efectos sobre el estado de ánimo de la cocaína son conocidos desde hace siglos. Tampoco es reciente el conocimiento acerca del uso frecuente de sustancias psicoactivas en individuos melancólicos o deprimidos. Sin embargo los trastornos por uso de sustancias y los afectivos, los adictos y los deprimidos, han sido durante años estudiados y tratados de forma  paralela, sin tratar de establecer los puntos de conexión entre unos y otros. El reciente impulso proporcionado por el concepto  de patología dual ha permitido buscar una visión más integral de estos dos grupos de trastornos, que nos permita una serie de aportaciones tanto en el campo de la investigación como en la práctica clínica terapéutica. Esto tiene una especial relevancia  si consideramos la elevada prevalencia que ambos trastornos presentan por separado. La depresión está considerada por la Organización Mundial de la Salud como la cuarta en lista de enfermedades que más discapacidad generan a nivel mundial en el momento actual, y es esperable que alcance el segundo puesto en el 2020. Por otro lado, los trastornos por uso de cocaína presentan una prevalencia cada vez mayor en los pacientes que acuden para tratamiento a unidades específicas de adicciones, por ejemplo, la mitad de las personas atendidas en régimen ambulatorio en la Unidad de Conductas Adictivas (UCA), consultan por consumo de cocaína. Además, se ha descrito que muchos de los pacientes que acuden a tratamiento a una UCA asocian Comorbilidad con trastornos afectivos o con trastornos de personalidad. (Ripoll, Álvaro y Knecht, 2010).
Cocaína y Trastornos de Ansiedad
Dentro de la PD, la Comorbilidad de trastornos de ansiedad con conductas adictivas es muy elevada. Dentro de la prevalencia de trastornos duales el estudio ECA (Epidemiological Chatchruen Area) indica que en pacientes con dependencia de drogas distintas del alcohol el 28,3% tiene asociado un trastorno de ansiedad. En esta línea cuando el diagnóstico inicial es algún trastorno de ansiedad se ha observado que el 23,7% desarrolla un TUS.
El estudio NCSR (National Comorbidity Survey Replication) indica la prevalencia de los trastornos por uso de sustancias y su asociación a diferentes trastornos mentales. Este estudio pone de manifiesto una mayor relación entre dependencia de drogas con los trastornos de ansiedad como las fobias específicas, fobia social, trastornos por ansiedad generalizada y trastorno por estrés postraumático.
Por otro lado, en el Estudio NESARC (National Epidemiologic Survey on Alcohol a Related Conditions), realizado en EE.UU., se observa que la prevalencia de un trastorno de ansiedad independiente en los últimos 12 meses fue de 11,08%, de un trastorno por uso de cualquier droga fue de 9,35%, de Alcohol 8,46% y de cannabis fue de 1,45%.
La prevalencia en el último año de cualquier trastorno de ansiedad en individuos con TUS fue del 17,75%.
Debido al aumento observado en los pacientes que acuden a los dispositivos de drogodependencias y que nunca han pasado por servicios de Salud Mental se valora la necesidad de identificar la prevalencia de los usuarios con trastorno de PD en nuestra realidad actual para tener datos de la población española y por comunidades. Siendo pioneros en este campo, la Sociedad española de Patología Dual (SEPD), ha realizado un estudio epidemiológico para determinar la prevalencia de PD en la Comunidad de Madrid (2008) recogiendo los datos tanto de los Servicios de Salud Mental como de los dispositivos de asistencia a drogodependientes. Los resultados ponen de manifiesto que dentro de los pacientes con TUS, el 25% presenta un trastorno de ansiedad generalizada, 6% estrés postraumático, 9% trastorno obsesivo compulsivo, 13% fobia social, 15% agorafobia y 29% trastorno de angustia. Las sustancia más consumidas en los pacientes con PD son la cocaína 63%, alcohol 61% y cannabis 23%. Un 55% de los pacientes consumían dos o más sustancias.
La sintomatología ansiosa aparece con alta frecuencia entre los pacientes  con TUS. Suele aparecer  en el contexto de abuso, intoxicación o síndrome de abstinencia. Hay que tener un buen conocimiento de los diferentes efectos de las distintas sustancias, valorar la importancia del tóxico en el cuadro de ansiedad, la vulnerabilidad personal del individuo que realiza el consumo así como el ambiente y contexto en el que se realiza, ya que todos estos factores van a determinar la gravedad subjetiva y objetiva de la situación. La sintomatología ansiosa puede aparecer durante la abstinencia por determinadas drogas depresoras del sistema nervioso central como los opiáceos, alcohol, benzodiacepinas, etc. Sucede algo muy similar durante la intoxicación de estimulantes del sistema nervioso central: cafeína, cocaína, anfetaminas. El consumo de estas sustancias puede inducir al desarrollo de distintos trastornos de ansiedad como crisis de pánico, ansiedad generalizada, fobias,
obsesiones y comportamientos compulsivos. Con las sustancias perturbadoras del sistema nervioso central o alucinógenos, como el cannabis o  el LSD, la ansiedad aparece asociada a síntomas psíquicos de diferentes características tales como la suspicacia o autorreferencias, lo que aumenta el grado de ansiedad por los efectos perturbadores y negativos del consumo.
A continuación se hace referencia a los aspectos clínicos de mayor relevancia de la cocaína, en relación con los trastornos de ansiedad:
No es necesario que exista dependencia de cocaína para que aparezcan síntomas de ansiedad como estimulante en el consumo ocasional o con su abuso puede desarrollar niveles de ansiedad alta aunque no exista dependencia. En este tipo de consumo agudo los síntomas de ansiedad van a variar tanto en la rapidez de su instauración como en la gravedad dependiendo de la vía de consumo de la cocaína: a) Vía inhalada/esnifada, los efectos empiezan entre 30 s y dos minutos y desaparecen  sobre los 60 minutos; b) Vía fumada (crac o base libre), los efectos de ansiedad son casi inmediatos, 10 s, la duración aproximada es de 10 min y c) Vía intravenosa, los efectos son similares a la forma fumada, inicio 10 s, con una duración de acción 10-20 min.
En una intoxicación por cocaína el cuadro que presenta es taquicardia, aumento de la tensión arterial, intranquilidad, disnea, arritmias, crisis comiciales, etc., y siempre va acompañado de un grado de ansiedad alto. En la abstinencia según la definición clásica de Gawin y Cléber, desde la segunda fase hacia el final aparece ansiedad acompañado de deseo irrefrenable de consumo. En esta misma línea, es bien conocido como el estrés aumenta el deseo de consumo de droga y el riesgo de recaída en individuos con dependencia. Esto se ha confirmando en un estudio realizado en pacientes con abuso de cocaína y alcohol sometido a situaciones de estrés donde se diferenciaron dos grupos según la frecuencia de consumo. Los resultados mostraron que los consumidores a altas frecuencias de alcohol y cocaína presentaban un aumento del deseo de consumo significativamente mayor, igual ocurrió con la ansiedad y con la respuesta cardiovascular (frecuencia cardiaca, tensión arterial, etc.).  Los psicoestimulantes como la cocaína se asocian principalmente a los ataques de ataque pánico. L a experiencia clínica nos confirma este dato ya que esta situación puede ser el desencadenante para que un consumidor de cocaína decida iniciar tratamiento. (Manzanares, García, Celorrio, Sánchez y Rubio, 2010).
Bibliografía
Casas, B. (1992). Trastornos Psíquicos en las Toxicomanías. Barcelona: Ediciones en Neurociencias.
Gónzalez, Juan Carlos y Poyo, Félix (2006). Manual práctico sobre manejo de adicciones y patología asociada. Madrid: Softmed.
Haro, G., Bobes, J., Casas, M., Didia, J. y Rubio, G. (2010). Tratado sobre Patología Dual. Barcelona: MRA.
Nanni, Ricardo I. (2009). Tratado de Patología Dual. México D.F.: Bioquimed.

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